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Sobre la corrupcion
Por José Pablo Feinmann

t.gif (862 bytes) Será deseable que nuestra democracia –y las democracias de América latina– se fortalezca tanto como para castigar a los corruptos con la misma convicción con que se busca castigar a los genocidas. Que si ese castigo no se hace acá aparezca un Baltasar Garzón para los que utilizaron el Poder para delinquir y los persiga con la Ley y con el apoyo entusiasta de todos quienes hemos sido heridos por la voracidad de esos miserables delincuentes. El delito de corrupción es un delito contra los derechos humanos. El corrupto es, a su especial manera, un homicida. Lo es, sobre todo, en países donde la economía se recorta contra un marco de hambre. El corrupto les quita el pan a los hambrientos. Ayuda para que padezcan, agonicen y mueran. Un personaje de Albert Camus, en Los justos, dice: “¿Han visto morir de hambre a los niños? Yo sí. Y la muerte por una bomba es un placer comparada con ésa”. Seamos precisos: morir de hambre es casi como morir en la tortura, ya que se muere lentamente, agónicamente, todos los días un poco, sin esperanza y con dolor. ¿Cuántos niños mueren de hambre en la Argentina? ¿Cuántas de esas muertes serían evitadas con el dinero de la corrupción o el de los lujos desaforados, esa forma ostentosa y blasfema de la corrupción? No nos preguntemos cuántos. Digamos: uno. Si un solo niño pudiera serle arrebatado al hambre por medio de los dineros de la corrupción y no lo es, la culpable de su muerte es, entonces, la corrupción. En suma, la corrupción mata. Los corruptos comparten el modus operandi de los genocidas: matan, producen estrago y aniquilamiento en los cuerpos.
En setiembre de 1992 salió en la primera plana de todos los diarios la siguiente noticia: “Aprobaron la venta de YPF”. Arriba del titular se mencionaba la cifra: “Valdría 8000 millones”. Una foto acompañaba la noticia: eran los diputados del bloque justicialista que se abrazaban eufóricos, desbordados por la alegría, como si festejaran el más espléndido de los goles. Confieso que esa foto quedó en mí grabada para siempre. Aún la tengo y miro los rostros de los campeones. ¿Qué festeja? ¿Qué gol festejan en medio de un estadio lleno de harapientos silenciosos? ¿Por qué esa alegría les pertenece a ellos y a nadie más? ¿No privatizaron YPF por la patria, por los intereses de la nación? ¿Por qué, entonces, el resto de los habitantes no se abraza, no salta de alegría como saltan ellos?
Supongo que la lucha contra la corrupción, que la investigación de los actos ilícitos cometidos durante el último decenio, habrá de tener muchas puntas. Una de ellas será mirar otra vez esa foto de setiembre del ‘92 y preguntarles –sin malicia, sin prejuicios, sólo con el deseo de saber–, preguntarles, dijo, a esos alegres diputados, de qué diablos se reían.

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