Por Horacio Cecchi ¿Banana?... debe andar
por allá, es el de remera roja y ojos celestes el muchacho estira su brazo
señalando hacia una placita el cuadrado, según la llamó, mientras desarma
las piezas del motor de un Dodge 1500 sobre la vereda, muy cerca de un Escort quemado. Y
efectivamente, encerrada entre dos monoblocks, grises de viejos, hay una placita de tierra
apisonada, y en la placita está el Banana. Horacio Banana Galbán, con
b larga para más datos, padre de uno de los menores detenidos la madrugada
del martes pasado por mantener durante cuatro horas como rehenes al ingeniero Gustavo
Bauer y familia. Banana está sentado al borde de la placita sobre la que da vueltas en
bicicleta una nena, la menor de sus diez hijos. El lugar es una especie de Harlem sudaca a
espaldas del Comando Patrullas de San Isidro y a pocas cuadras de la ostentación de lujos
de La Horqueta y del Barrio Santa Rita. Cuídense, recomendó un policía
antes de que Página/12 se internara en territorio de los Bananitas.El barrio da la cara
sobre la calle Yapeyú, medio kilómetro al oeste del Acceso Norte. Físicamente está
dividido en dos áreas: cinco cuerpos de monoblocks del lado sur, y tres manzanas de los
llamados dúplex del lado norte. Dúplex no en el sentido inmobiliario de la palabra, sino
porque se trata de pequeñas casitas con techo a dos aguas: un agua para una familia y la
otra para el vecino. Hasta la década del 70, el lugar era un descampado sobre el
que se había asentado una villa. Primero se levantaron los monoblocks y hace dos años,
lo que quedó de la villa se transformó en 200 dúplex con jardincito al frente y el
beneficio de una pátina de cemento como piso. Sólo dos puntos de contacto parecen
existir al menos como mito entre sus habitantes y lo que los rodea. El
primero, el nombre. La villa se llama igual que un lujoso conglomerado residencial
aledaño: Barrio Santa Rita. El otro: los asaltos.En uno de esos dúplex de tres ambientes
húmedos, caóticos y carcomidos, vive Banana Galbán con su familia. Vive cada tanto,
intercalando en lo de uno de sus tantos hermanos también del barrio, porque está
intermitentemente separado de su mujer, María Teresa Becerro.¿Por qué lo buscan?
averigua Galbán antes de darse a conocer. Banana soy yo, ¿qué quieren?
e inmediatamente aleja a la pequeña de 9 años de su lado. Hiperkinético, ansioso,
se pone de pie, golpea constantemente su puño derecho contra su palma izquierda. Tiene
una remera colorada, 42 años, y ojos más grises que celestes. No le cuesta adivinar el
motivo de la entrevista.La fama es de los Bananitas, pero la desparramó la
policía. Roban en la esquina y la culpa la tienen los Bananitas. Los Bananitas no es una
banda, somos nosotros, mi familia. Ayer (por el miércoles) vinieron (por la policía).
Revisaron toda mi casa, buscaban armas y no encontraron nada.Uno de los chicos dijo
que se las habían alquilado en el barrio.Y qué iban a decir. Dijeron cualquier
cosa.Cada uno tiene sus amigos, cada uno con su yunta acotó Cristian, el
mayor de los Galbán, de 25 años, y que hace una semana perdió su trabajo como
distribuidor de gaseosas en Béccar.Galbán tiene 7 hijos varones y 3 mujeres. Cinco viven
con él, aunque no está claro dónde es que vive él mismo. Entre ellos el quinto, le
dicen Coqui, de 16 años, detenido en el asalto a los Bauer.Esto empezó hace varios
años. Yo estuve preso cinco o seis veces por droga. Eso fue antes. De mi pibe no sabía
nada, el tiene sus amigos, pero es bueno, no se mete con nadie. Si sabía que pensaba
chorear no lo dejaba. Pero si dijo que era para dar de comer es cierto. No tenemos
trabajo. Yo hago changas, cada tanto, pero no alcanza. Esta casita la estamos pagando. Son
57 pesos por cuota, es poca plata pero para mí es mucha. Y ya estoy atrasado 10 meses
y señala hacia el dúplex, reacio a dejar entrar en él-. No quiero mezclar en esto
a la familia. De todos modos, casi la mitad de la familia Banana ya está mezclada: María
Teresa, su ex, ahora está detenida y acusada de instigaciones varias y apología del
delito junto a Rosa Barrera, madre de otro de los colegas del quinto Bananita detenido, y
Claudia Beatriz Toro, hermana del Torito, también preso por el asalto a los
Bauer. Otro de los hijos de Galbán pena condena en Olmos, y uno más, posiblemente en
Sierra Chica. El quinto, que ahora ocupa la atención de todos, incluyendo jueces y
policías, está acusado de un raid tan fugaz como impactante: 14 asaltos en dos meses,
desde el 11 de julio hasta el último, el 7 de setiembre, en Villa Adelina, donde cayó
con sus tres amigos.Mi pibe (preso en Olmos) ya está por salir se
consuela.¿Y el que detuvieron ahora? preguntó Página/12.Si hizo algo,
tiene que pagar por lo que hizo.No se puede negar que hizo algo... estaba toda la
televisión.Lo hizo para dar de comer a la familia insiste. Banana mira a un
costado. Desconfía del ojo de la cámara pero después acepta posar mientras mira hacia
el interior del barrio, como si le fueran a echar en cara que se muestre. Suena extraño
cuando habla de los Bananitas: Es por mi nombre. Pero ahora resulta que todos son
Bananitas y nos echan la culpa de todo a mi familia. El único Bananita que había en ese
hecho (el asalto a la familia Bauer) era mi pibe. Los otros tres eran cualquiera,
aclara, y es difícil distinguir en su gesto si lo que busca es descargarse de culpas o
sostener el orgullo de su apodo.
Un crack en las canchas Antes de que marcara un mito en la Zona Norte, su nombre sonaba en el Bajo
Belgrano, especialmente en la villa, donde vivió toda su vida. Allí nacieron sus tres
primeros hijos. Horacio Galbán era más conocido como el Banana, el número 5 de
Defensores de Belgrano, que arrancó aplausos de la tribuna en la década del 80.
Sí, el Banana era todo un crack, de juego exquisito y estampa parecida a la de
Trobbiani, recuerda un hincha de Excursionistas, eterno rival del Defe.
Paradójicamente, Galbán siempre fue simpatizante de Excursio, donde aún hoy
es habitué de sus tribunas. Banana marcó estilo en el 84, cuando Defensores rozó
el ascenso a Primera A. Ese año Racing estaba en la B y el Defe lo paseó en un
partido. El mejor de la cancha fue Banana. Pasó un año por Deportivo Armenio y
estuvo a punto de firmar para el fútbol grande, en Independiente. Pero el pase se
pinchó. Fue muy amigo del Loco René Houseman. Estaba en la joda y
largó muy joven. Una pena. Cuando la dictadura erradicó el asentamiento por la
imagen del Mundial 78, Banana se mudó a lo de un hermano, en Thames y Juramento, en
Boulogne. Un tiempito, hasta que compró una casilla en el Barrio Santa Rita, cuando
todavía era una villa. Y cuando levantaron los dúplex se adjudicó uno y su nombre
quedó arraigado a los mitos de la zona. El Banana no tiene nada que ver con la
bandita. El está en otra cosa, y no sabe cómo salirse, aseguran los vecinos. |
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