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No basta, sin embargo, con
escucharla en CD. Su canto con caja, si bien no tiene la crudeza de, por
ejemplo, una Gerónima Sequeira, es un instintivo disparador de emociones.
En el reciente Festival de Cosquín fue la mimada del circuito under,
privilegio que la obligó a trajinar madrugadas de peña en peña.
"Yo me quedaba hasta las 8 de la mañana, pero después al otro día
me enteraba de que había gente que se quedaba hasta las 11. En ese
momento lo hacía sin darme cuenta, pero después tuve que estar una
semana para recuperarme", cuenta en la entrevista concedida a Página/12.
Si bien desconocida para el
gran público, su historia artística le permite integrar, con brevedad
Melania necesita reencontrarse
periódicamente con el canto aborigen de las comarcas más alejadas de su
provincia natal. "Me voy de escondidas, me siento al lado de ellos,
presencio los carnavales sin decir nada, para compartir sus vivencias.
Entiendo ese lenguaje, no trato de interpretarlo", apunta.
--¿Por qué cree que en una
ciudad tan hostil como Buenos Aires hay gente que pueda interesarse por un
ritmo como la baguala?
--Será porque necesitan
encontrar nutrientes ajenas, ya que les cuesta buscar raíces propias. Y
que las hay. Yo llego a Buenos Aires y me dan ganas de cantar bagualas,
traigo a mi mente la soledad del terruño y la relaciono con la soledad
que existe en la gran ciudad. Con los años aprendí a querer a Buenos
Aires, y a reconocerla a través de la música de Piazzolla, que fue lo
primero que escuché cuando llegué a los 16 años.
--Ya
vino dos veces a la Capital. ¿Esta es la definitiva?
--Sí, y me doy cuenta porque
esta vez me costó mucho más venirme. Ya tengo una vida organizada y no
puedo andar con vueltas. Sé que con esta decisión, a los 52 años, estoy
empezando una vida nueva.
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