Por Cecilia Hopkins
Auxiliada por un maquillaje
y un vestuario muy cuidados, Esther Goris demuestra en Coco de París
que cuenta con el physique du rol para interpretar a la modista que le
cambió el look a la mujer del siglo XX. Ahora, de la personalidad
de la diseñadora, el costado que la actriz ha captado mejor es
su espíritu altanero y temperamental, casi insolente. Estos rasgos
de carácter le aparecen en todo el cuerpo: sus posturas desafiantes,
los bruscos movimientos de hombros, sus brazos en jarra, acompañan
el discurso que mantiene la actriz con el público, mientras hace
gala de un sentido del humor agudo y áspero. Según la seguidilla
de ejemplos que enumera el personaje, cada uno de sus logros en materia
de moda representa un eslabón que le quita a la cadena de convenciones
vestimentarias que las mujeres de los primeros años del novecientos
debieron soportar hasta encontrarse a tono para buscarse un destino a
la medida de cada una. Como si recibiera el agradecimiento del público
femenino que la escucha, el personaje desliza de tanto en tanto algún
de nada.
Porque, entre muchas otras cosas, Chanel fue la responsable de sacarles
los miriñaques y caireles a las mujeres, la primera
en declarar que el tostado del sol es salud y que la comodidad debería
ser la ley al momento de decidir un estilo. Confort, comodidad, simplicidad
fueron las bases sobre las que se basaron sus famosas colecciones. La
mujer que me merece respeto dice Goris en la piel de Chanel,
es la mujer que busca sentirse cómoda. Otro de sus legados
fue la cartera diseñada para llevar colgada del hombro para que,
según aclaraba, la mujer pudiese tener las manos libres en el momento
de cerrar un negocio o bien para ocuparse en brindar y recibir caricias.
La expresión de la mademoiselle millonaria, ya vencida por la soledad
y por la falta de un compañero estable, presenta mayores altibajos
en el ritmo de la composición. El diálogo telefónico
y la entrevista televisiva son otros de los recursos utilizados por Daniel
Mañas para alivianar el peso del discurso solitario. El ping pong
de respuestas a la voz en off (que por momentos revela un engolado Osvaldo
Tesser) deja a las claras el humor con que fue concebido el texto escrito
por el mismo director (ver recuadro). Goris tiene oportunidad de acercarse
al público y entablar un vínculo mayor cuando revive la
breve época de cabaret de Coco, cuando era veinteañera y
cantaba el ingenuo cuplé que le dio el sobrenombre con el que se
haría famosa. Goris pasa de una Chanel a la otra alternando el
libre curso de sus recuerdos, pasando de la euforia al quiebre sentimental,
pero otras veces la transformación anímica se produce a
través del cambio de vestuario. Y para que no se note el escenario
vacío, desde una pantalla se proyectan dibujos y fotos que ayudan
a completar el ambiente de la época.
La escenografía de Valeria Ambrosio reconstruye un rincón
del lujoso atelier de la diva. De esta manera, una suntuosa escalera y
un mobiliario con reminiscencias art decó dan al espectador una
idea del aspecto imponente que tuvo la Maison Chanel en sus mejores épocas,
una empresa que supo mantener a unos 3000 empleados. El tema de los conflictos
laborales con su gente es el cariz menos simpático de esta criatura
que, nacida del abandono y la miseria, llegó a ser la amante del
nieto del Zar de Rusia y del Duque de Westminster. Los pobres son
tan previsibles, razona. Al tiempo que aparece en escena la cama
del cuarto del Ritz de París, la actriz abandona el glamour para
convertirse en la anciana Chanel. Lástima que, con el afán
de mostrar una muerte a la altura de una vida tan intensa, el espectáculo
termina con una escena desmesuradamente sentimental, poco convincente.
Dos ideas parecidas
Varios programas de televisión informaron en los últimos
días que una autora brasileña estaba reclamando la
autoría de Cocó de París, pieza que firma el
director Daniel Mañas. Consultado por Página/12, el
director confirmó que existió un reclamo, presumiblemente
hecho por el representante de la autora, quien envió a los
medios una gacetilla. El director, que reside en Estados Unidos
desde hace diez años, había escrito y registrado la
obra hace tres temporadas. No creo que haya problema en que
existan dos obras sobre el mismo personaje dijo Mañas,
simplemente ocurrió que dos personas tuvimos la misma idea...
eso es todo, de plagio no se puede hablar. Además, con el
trabajo que me llevó escribir esta obra no voy a perder tiempo
contestando una denuncia de gacetilla.
|
BADULAQUE,
DE CRISTIAN DRUT
Quiroga hecho teatro
Por C. H.
Después de iniciar su
vida en San Ignacio, son muchos los cuentos de Horacio Quiroga que dejan
sentir el peso del monte misionero sobre el ánimo de sus personajes.
Es así como las inquinas que surgen entre ellos o los secretos
males que les corroen la salud suelen intensificarse en tanto se acrecientan
a su alrededor los rumores de la selva, la humedad o el calor asfixiantes.
Al tiempo que rescata este efecto para intensificar el misterio de la
narración elegida, el joven director Cristian Drut entrecruza en
Badulaque varios textos del autor de Cuentos de la selva. El más
reconocible es Dieta de amor, cuento que integra Anaconda,
publicado en 1921. Aunque no participa del ámbito selvático,
Drut se las arregla para que el paisaje también se haga presente
desde los dichos de los personajes apelando a otro relato, Gloria
tropical, del que se extrae para esto la referencia a Fernando Poo,
paraje misionero tan exuberante que las hojas al caer a tierra ya echan
raíces, y tan peligroso por la amenaza del paludismo que su sola
mención provoca temor entre los presentes. El diseño sonoro
de Alejandro González Novoa y la idea de que un musgo insolente
va ganando terreno en la sala familiar colabora también en
esto de generar inquietud a partir de las menciones a una naturaleza desquiciada.
La historia de base encuentra al novio de Nora en el trance de adaptarse
a la familia de su enamorada, capitaneada por una doctora nutricionista
que los condena a todos a una dieta de sopas ligeras y tazas de té
liviano. Esta costumbre define el carácter vacilante, transparente
de los personajes, con excepción de Eglé, la hija rebelde
que defiende su derecho, al menos a escondidas, de elegir otro modo de
alimentación. El novio, en cambio, apenas puede contradecir los
usos de la casa: como un sonámbulo va muriendo de amor por una
exhausta adoración sin sangre. Mientras tanto, la naturaleza
acecha y el herbario de Eglé conserva el recuerdo de tiempos mejores.
A pesar de que la expresión de la lenta desintegración de
los personajes es una cuestión central en el relato, en Badulaque
hay un abandono excesivo en los cuerpos, un modo inexpresivo de hablar
y una falta general de tensión que lucen más como defectos
que como motivos buscados intencionalmente.
|