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Que
se los vea vivir
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Por
María Esther Gilio
Ante
la muerte de Natalia Ginzburg ocurrida a los pocos días de esta
entrevista, una y otra vez volvió a mi memoria nuestro encuentro
en su departamento de Roma, donde alfombras y cortinas amortiguaban la
luz y las voces que en un mediodía de mayo subían desde
la calle.
Día tras día su voz en el teléfono había postergado
esa entrevista: Mi dispiace, ma oggi non posso. Domani forse.
Hasta que un día, con la misma voz lejana e indiferente dijo que
fuéramos el miércoles a las 11 y media de la mañana,
que tendríamos 30 minutos.
Alta, de cuerpo pesado y tez morena, ella misma abrió la puerta
y nos condujo hasta el living con movimientos lentos y seguros. Rápidamente
me di cuenta de que, tal como lo había previsto, no sería
fácil como entrevistada, y también que una de las razones
que la había llevado a decir: Sí, venga, era
la curiosidad. ¿Cómo una periodista que llegaba de aquel
país tan pequeño y tan lejano podía sentir tanto
interés por ella? Claro, me conocen por la película
Querido Miguel, dijo. No, Querido Miguel vino después.
La conocemos por Léxico familiar, por Voces de la tarde, por Todos
nuestros ayeres. Quiso saber más. ¿Usted se
dedica a la literatura? No, en mi país mucha gente
lee. Los que en los 60 y 70 leían la conocen. La leíamos
cuando era corriente comprar libros. Hoy sería menos fácil
porque los libros son muy caros. Bajó la cabeza y dijo: Hasta
leer resulta difícil hoy en la América latina. Es natural.
En un mismo país hay dos mundos, el primero, cada vez más
pequeño y más rico, y el tercero, cada vez más pobre
y numeroso.
Extendí la mano hacia el grabador que había colocado sobre
la mesa, dispuesta a comenzar allí, con esa frase suya la entrevista:
Hasta leer resulta difícil..., pero ella había
seguido mi mano con la mirada y endurecido el gesto y yo había
vuelto la mano hacia atrás sin tocar el grabador, optando atropelladamente
por preguntarle por su labor como legisladora en el Parlamento italiano.
No soy una mujer política, dijo. Y luego, como para
sí misma: Voy al Parlamento, hago las cosas lo mejor que
puedo, pero no me gusta la vida política. Y luego, mirándome:
Sin embargo fui elegida dos veces.
Fiora, la fotógrafa, giraba alrededor nuestro como una sombra.
Luego, cuando salimos, me explicó: Siempre puse los pies
sobre alguna alfombra. Tenía miedo de que al pisar la madera del
piso ella recordara que yo estaba allí y volviera a decir que no
quería fotos. Eso había dicho cuando entramos, al
ver el equipo. Pero Fiora recurriendo a sus mejores argumentos le había
arrancado el sí: No me interesan los primeros planos,
y también: No traje teleobjetivo.
Cuando habían pasado diez minutos de los treinta prometidos tomé
una decisión heroica. Encendí el grabador y disparé
la primera pregunta sobre literatura. Allí la melancólica
Natalia suspiró y respondió con la voz más melancólica
de todo su melancólico registro. Yo, en mis libros no hablo
jamás de psicología, no comento psicológicamente
mis personajes. No muestro los mecanismos internos que explican sus conductas.
Jamás describiría hechos de la infancia buscando explicar
conductas de hoy. Prefiero que se los vea vivir, dijo, y sonrió
como para quitar aquel peso de lejanía que tenía su voz
en todas las respuestas. Fue una sonrisa breve a la que los ojos permanecieron
ajenos, y una de las últimas del encuentro.
A veces los escritores dicen que escriben para entender el mundo.
Que describiéndolo entienden, dije. No, no es mi caso,
yo escribo sólo para comunicarme. El mundo se ha transformado en
algo incomprensible. Ya vimos la estupefacción de Sartre, Kafka,
Camus, frente al absurdo del mundo. No intento entenderlo. Solamente describirlo,
dijo, y se distrajo mirando el teléfono que sonaba pero no atendió.
Parecía haber olvidado a Fiora que seguía girando en torno
a nosotras pero sin acercarse nunca a menos detres metros. Y también
parecía haberse olvidado de mí, que seguía su mirada
esperando un gesto de recomienzo. El gesto vino, finalmente, cuando el
teléfono dejó de sonar. Entonces..., dijo. Entonces,
háblenos de su amigo Cesare Pavese, dije yo, llena de esperanzas
de que hablara de él alguien que lo había conocido. Era
un hombre triste, dijo. Quedé en silencio esperando, pero
ella me respondió con otro silencio.
Hubo otras preguntas y hubo otras respuestas pero unas y otras tuvieron
poco interés. Creo que ella me había contagiado su desgano
y su melancolía y yo olvidé las mejores cosas que quería
saber, a la vez que más y más intensamente sentía
que había una sola pregunta para hacerle: ¿Por qué
está tan triste?. Pero tal pregunta es prohibida a los periodistas.
Conservo de esta entrevista sólo algunas cosas que seguramente
no se borrarán jamás de mi memoria. El sonido velado de
su voz, su mirada lejana y opaca, los alegres ruidos del verano, que desde
la calle se colaban en el living y, a partir de su muerte, la convicción
de que en mayo de 1990 ya estaba enferma y lo sabía.
Hoy se cumplen
diez años de la muerte de Natalia Ginzburg, una de las más
valiosas y secretas escritoras italianas del siglo XX. En la Argentina
se la conoce sobre todo por sus novelas Todos nuestros ayeres, Léxico
familiar, La palabra de la noche, La ciudad y la casa y Querido Miguel
(llevada al cine por Mario Monicelli).
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