DANIEL
“SEMILLA” BUCCIARELLI, PINTOR ABSTRACTO Y BAJISTA DE LOS REDONDOS
Un
lienzo para tu soledad

Camarada histórico
del tándem Beilinson–Solari, el bigotudo siempre mantuvo un riguroso perfil
bajo en medio de la todopoderosa maquinaria ricotera. Aquí, el artista
solitario habla de sus cuadros, su filosofía, su relación con la jefatura
de los Redondos y de por qué prefiere quedarse en Floresta aunque el Indio
siga recomendándole visitar Nueva York.
POR
CRISTIAN VITALE
Daniel Semilla
Bucciarelli, bajista de Los Redondos desde 1982, materializa su caótico
inconsciente sobre telas manchadas con seres incongruentes. El surrealismo
de Semilla puede entenderse como el signo de un espíritu confuso,
pero exteriormente calmo. Y también liga con cierta conducta artística
libertaria que caracterizó el principio de los Redondos. Pintar
es una manera de encontrarme, una terapia que revela una necesidad espiritual
contenida. Soy un tipo de perfil bajo y no sé qué sería
de mí sin la pintura, cuenta.
Semilla es tal cual se pinta: introvertido, enjuto, poco afecto a las
reuniones sociales y obsesivamente casero. Lejos de lo que un desangelado
puede imaginar como arquetipo redondo, el bajista, de 41 años,
sale muy poco de su casa. Apenas una semana atrás expuso sus obras
experimentales en el bar Beckett, pero sólo asistió el día
de la inauguración. No me gusta andar haciendo relaciones
públicas, entregarme a los mecenas. Prefiero que la gente común
pueda ver lo que hago, sostiene.
Por eso,
además de las obras experimentales que expone en las muestras formales
próximamente expondrá en el Centro Cultural Recoleta,
pinta sobre papel de diario reciclado y los pega en paredones escondidos
de los barrios porteños. Lo hago porque hay gente que nunca
ve un cuadro. La idea es que el pueblo mire arte en vez de publicidad.
Esta tarea mesurada, desinteresada, parece contrastar con la popularidad
y el descontrol que encuentra en cada recital redondo el próximo
será en agosto, en Córdoba, la provincia natal del bajista
y determina la mitad de su lugar en el mundo: entre la adrenalina rocker
y la introspección catártica de la pintura.
¿Alguien le da bola a tus cuadros?
No sé. Yo vine el primer día, nada más. Pero,
por lo que me cuentan, vienen los chicos y se copan.
¿Y qué cosas alucinan cuando los ven?
Miles de historias. Me preguntan qué es lo que quise pintar
y les respondo que nada. Porque es así: no pienso en nada cuando
pinto.
La pintura es como la música, te gusta
o no te gusta. La sentís o no la sentís.
No hay secretos racionales en esto.
¿Cuándo te surgió la necesidad espiritual de
pintar y dibujar?
Soy un tipo muy para adentro. Por eso considero a la pintura como
mi cueva, mi refugio.
¿No sentís lo mismo por la música?
La pintura es más solitaria. En la música, en cambio,
tenés que compartir tu arte.
Es menos personal.
¿Tuviste algún acercamiento intelectual
a la pintura, o la concebís sólo como
algo sensorial?
Nunca quise estudiar. Me gusta que mis dibujos salgan espontáneamente.
Genero mi propio código. Conocí mucha gente que fue a Bellas
Artes y la carrera le comió la imaginación. Los conocimientos
que adquieren respecto de la técnica, lo pierden en capacidad para
crear su propio mundo. La pintura está adentro, sólo hay
que saberla sacar.
¿Y por dónde pasa tu aprendizaje entonces?
De maneras no muy convencionales: yendo a ver cuadros, leyendo libros...
¿A qué escuela artística adherís?
Al expresionismo abstracto y al surrealismo. Por lo general, me
gustan las escuelas que han roto con el pasado. Pero no analizo mis cuadros.
Sólo me dedico a pintar y pintar. Presumo que, cuando sea viejo,
me dedicaré a analizar qué quise expresar en cada uno de
ellos. Pero ahora tendría que inventarte una hermosa historia basada
en una mentira absoluta. No sé lo que dibujo.
¿Cuál es tu método?
Imagino una historia y empiezo a manchar. Después mezclo
materiales y salen esos monstruitos. Son signos de mi libertad. Pintando
me siento libre, mucho más libre que con la música.
¿Podés definir un vínculo concreto
entre la pintura y la música?
Los estados emocionales. Recién ahora estoy tratando de vincular
la música con la pintura, haciendo animación. Ahora estoy
tocando el acordeón, pero no sé con qué voy a salir
en el futuro. Por el momento, estoy investigando en mis raíces,
con sonidos ligados al vals y a canciones italianas.
¿Cómo te llevás con Rocambole,
el otro dibujante redondo?
Casi ni me llevo. No se dio ninguna amistad con él. Somos
los dos bastante cerrados, nos cuesta bastante hablar. Diría que
somos dos artistas de piedra.
¿Qué lugar ocupan Los Redondos en tu mundo?
Aprendí mucho de ellos. Me hicieron entender el concepto
de la disciplina, algo que para mí no existía en absoluto.
Me cuesta mucho terminar con mis trabajos, mis cuadros. Se libera el inconsciente
y el método se me va al carajo. Cuando dibujé la tapa de
Lobo suelto, Cordero atado, tuvieron que venir a casa y sacarme el dibujo,
porque no lo terminaba nunca. En este punto, creo que Los Redondos significaron
para mí un cable a tierra.
De todos modos, el hecho de vincular la música con la pintura
parece relacionarte con la etapa multimedia del grupo...
Sí, todas las experiencias que acumulo con ellos me quedan
en el inconsciente y es muy posible que después las exprese pintando.
Muchas veces, las letras del grupo
me han servido de inspiración.
¿Cómo es tu relación con Skay y con el Indio?
Nos vemos muy poco. Sólo en los ensayos. Lo que pasa es que
cada uno está en lo suyo, y yo no salgo nunca de mi casa. Estoy
siempre laburando adentro. Soy muy casero. El Indio, cada vez que viene
de Nueva York, me dice: Tenés que ir, mata lo que hay allá,
pero yo no me muevo de Floresta. Las cosas sociales me ponen nervioso.
Por suerte, Los Redondos se hacen cargo del ámbito social, de las
notas y todo eso, mientras yo me quedo tranquilo en casa.
Ese
hotel
El otro
artista plástico de la escudería ricotera, Rocambole,
expondrá sus trabajos en el hall del Hotel Savoy de Olavarría,
este sábado a partir de las 19. Por si no lo recuerdan, se
trata de la misma ciudad en que, cuatro años atrás,
el intendente local, Helios Eseverri, decidió suspender el
show que los Redonditos de Ricota iban a dar ahí. Y se trata,
además, del mismo hotel en que la banda se alojó durante
su estadía, en cuya planta baja se concretó la histórica
conferencia de prensa y a cuyas puertas salió un asediado
Indio Solari a hablarles a los seguidores que se congelaban esperando
una buena noticia. Que el autor de todas las tapas de Patricio Rey
desembarque con una muestra en ese lugar parece un buen chiste de
la Historia, pero es cierto. Intendentes censores, abstenerse.
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