La "desmundialización" de la economía global comenzó hace ya una década y media, al calor de la crisis financiera y económica del 2008. Lo que parecía ser un accidente grave pero pasajero se consolidó como un proceso dinámico con la ruptura de los circuitos de abastecimiento provocados por la pandemia. 

La disminución de los intercambios comerciales y de las inversiones directas son una realidad perceptible y accesible con la simple observación de las estadísticas del Banco Mundial o de la Organización Mundial del Comercio.

A partir del 2009, la mayor parte de los países avanzados, pero también otros, entre ellos la Argentina, aumentaron la protección arancelaria. El objetivo fue impedir que los países que subvencionan a las empresas que exportan puedan, practicando el dumping, incrementar sus ventas, lo cual produce una disminución del nivel del empleo en las naciones importadoras y viceversa.

Luego de los acuerdos de París y de la realidad de la crisis climática provocada por el efecto invernadero, se impuso progresivamente una nueva forma del comercio mundial más restrictiva que tiene o debería tener en cuenta a la huella carbono. En algunos casos, sin embargo, se trata de un pretexto para restringir el acceso de ciertas mercancías, lo cual no por ello deja de tener un impacto en la economía global.

Neoproteccionismo

Actualmente, el neoproteccionismo es la norma y el librecambio, la excepción. Aunque los economistas ortodoxos presenten esta realidad como algo nuevo, la protección de las economías es tan antigua como el propio comercio internacional. 

El mercantilismo del siglo XVII era proteccionista. El intercambio consentido, mal entendido como librecambio, cuyo modelo se estudia en las universidades, solo fue practicado alguna vez por Inglaterra gracias a sus cañoneras y solo concernía a algunos países europeos, el continente americano y Japón. África y casi toda Asia y Oceanía eran colonias o protectorados que solo comerciaban, si se puede llamar a eso comercio, con la metrópolis que se arrogaba el monopolio del intercambio.

Los economistas ortodoxos consideran que las regulaciones que se impusieron después de la crisis financiera del 2008 rompieron la dinámica del crecimiento económico que se venía desarrollando a partir de mediados de los años ’90 con los Acuerdos de Marrakech en 1994, que crearon la OMC. 

Con aquel acuerdo, la corriente neoliberal sostenía se cerraba el período de la historia económica contemporánea del proteccionismo, que había comenzado, según ellos, en la década del años ‘30 del siglo pasado, como una “mala respuesta” a la crisis económica. Se sostenía que el proteccionismo era el hijo de las crisis y si las crisis eran superadas entonces, no había razón para que el proteccionismo se mantuviera.

Gran negocio

El neoliberalismo, que incluye entre sus recetas el libre comercio a ultranza, no sólo afectó negativamente a la Argentina. Lo mismo sucedió en los países avanzados y en el resto de la periferia capitalista, que vieron aparecer un incremento de la pobreza que alcanzó niveles desconocidos desde la segunda guerra mundial. 

No hubo un crecimiento económico importante, sino una suma negativa, ya que lo que ganaron algunos lo perdieron otros. Esto vale no solo para los países o sino también para los trabajadores en su conjunto y además para algunos capitalistas. La contrapartida fue que se incrementaron a niveles siderales los beneficios de las empresas gracias a la caída de los salarios reales en el mundo.

Durante la década de los '90, muchas grandes empresas aprovecharon el viento liberal e instalaron en los países de bajos salarios usinas que permitían operar con tecnologías obsoletas, con exenciones fiscales complacientes y legislaciones sociales que avalaban la explotación salvaje de los trabajadores. La transferencia de la producción de ciertos sectores, como la indumentaria, el calzado, juguetes, los textiles, los electrodomésticos simples y ciertas moléculas de medicamentos fueron muy frecuentes. 

Esta “cadena de valor” les permitía producir bienes para satisfacer la demanda de los trabajadores de los países avanzados que escaparon a la exclusión social y al desempleo y también facilitaba a las empresas la obtención de ganancias siderales.

Fracaso

El fracaso de esta mundialización se llevó puestas las “teorías del comercio internacional” de los manuales. Que se trasladen mercaderías de un país a otro y que las facturas de pago se establezcan en monedas distintas es insuficiente para sostener que se está en una situación de comercio internacional, ya que lo único que hay de internacional son las fronteras, lo cual en el mundo de Internet es poco significativo. 

La “cadenas de valor”, que consiste en comprar el trabajo al salario más bajo posible para vender los productos lo más caro que se puede, es una perogrullada del comercio desde el tiempo de los fenicios. Levantar las regulaciones comerciales para minimizar los costos o optimizar las “cadenas de valor”, vale decir, incrementar los beneficios, no significa que haya una mayoría de agentes económicos que mejore su situación.

La contraofensiva contra un modelo tan sencillo como endeble y por demás injusto no podía tardar. Lo que los economistas ortodoxos, con la ayuda de los medios hegemónicos, no podían ocultar era el daño social, el deterioro de las infraestructuras, el incremento de los costos de transporte, la disminución de la calidad de vida, la ineficacia de los sistemas de salud por falta de financiamiento a pesar del avance de la ciencia, la pobreza creciente de las personas mayores debido la caída de los haberes jubilatorios, la pobreza endémica y la hecatombe de la educación.

En el imaginario neoliberal, debía dejarse al capital financiero decidir del destino del mundo porque asignaba las inversiones de manera eficaz, pero eso es una entelequia que supone olvidar adrede que el capital financiero es juez y parte y que sobre todo que solo se ocupa de su parte.

La mundialización no solo afectó a los más humildes sino que también disminuyó la tasa de inversión y de la innovación tecnológica, afectó el crecimiento de la productividad y la capacidad y la fuerza económica de algunas potencias. Los capitalistas prefirieron aumentar los beneficios y optaron por una estrategia patrimonial trasladando ciertos procesos de producción hacia algunos centros de la periferia capitalista, en lugar de incrementar las inversiones y la innovación tecnológica que tenían a su alcance en sus propios países de origen. 

Esta estrategia condujo a un debilitamiento de sus economías. El avance tecnológico, que es la fuente de la productividad que permitía la dominación económica y política de los países avanzados, se estancó, debilitando la estructura y la potencia económica, lo cual debilitó también su fuerza política.

Nuevo plan

La ofensiva antimundialista se funda en dos conceptos enunciados de manera explícita por el General Perón: la soberana política y la independencia económica. Los dirigentes políticos de los países avanzados vieron que su supuesta potencia política, militar y económica se debilitaba y se diluía. Lo que decidieron fue abogar y sostener la renacionalización de los procesos de producción y que se rescate el concepto de políticas industriales, aunque ya no se les dé ese nombre, y que se planifiquen las inversiones en los sectores tecnológicos de punta como microprocesadores o los semiconductores, aunque no se utilice la palabra “plan”. 

También se incrementaron los subsidios de manera significativa. Como señaló John Podestá, asesor económico de Joe Biden, el pasado 24 de febrero en el Financial Times: “No tenemos porqué pedir disculpas por el hecho de que los dólares de los contribuyentes norteamericanos sirvan para financiar las inversiones y los empleos de los norteamericanos”.

Por una parte, se fue limitando el intercambio necesario restringiéndolo a los “países amigos”, dado que la mundialización comienza a ser considerada más como un peligro que como una oportunidad. Se relocalizan los procesos de producción y se propician las regulaciones.

En los países avanzados, el neoproteccionismo no es solo la respuesta a una necesidad económica sino que además es el reflejo de la imposibilidad de concebir, como había sucedido durante el periodo de la convertibilidad, una economía sin fábricas ni usinas.

Este nuevo esquema económico es un golpe tremendo a la corriente ortodoxa, ya que muestra la falta de realidad de las teorías del comercio internacional. Pero más allá de los debates teóricos en épocas de tensiones políticas internacionales y guerras, lo plausible es limitar la concurrencia a aquellos sectores que no produzcan daños colaterales y reorientar el comercio entre amigos en lugar de buscar confrontaciones inútiles y costosas.

El mundo económico de mañana será aquel en cual se gesten nuevos equilibrios de tal suerte que las incongruencias y crisis provocadas por el neoliberalismo sean solo un mal recuerdo.

* Doctor en Ciencias Económicas de l’Université de Paris. Autor de La economía oligárquica de Macri, Ediciones CICCUS Buenos Aires 2019. 

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