Cacica se sorprende por la gran oferta artística nocturna de Buenos Aires, la concurrencia del público y la diversidad autogestiva. Lleva puesto un vestido que atrae por sus preciosos colores vivos y formas irregulares y un turbante naranja estampado. Trae un bolso de fibra de palma de moriche que es de una amiga tejedora indígena del pueblo Warao, que se encuentra en la ciudad de Tucupita, estado Delta Amacuro. De sus anteojos cuelga un collar de búzios o caracolas, como la llaman en Venezuela, que representan protección espiritual, guía y sabiduría.

Unos pequeños círculos negros decoran el rostro de Cacica y tienen un significado especial: "Después de convivir con varios pueblos indígenas, un día dije 'quiero estas formas de maquillaje para mi cotidianidad' y aunque cada pueblo se maquilla diferente y cada símbolo tiene su significado yo lo recibí como una forma de maquillarme inspirada en la naturaleza, la ancestralidad, la memoria, como símbolo de lo femenino desde diferentes formas, líneas, círculos. 

También fue una forma de soltar el ser esclava de productos que me irritan la piel, y reconocer otras formas de maquillaje de origen vegetal. Es romper con lo que puede ser el maquillaje más allá de lo convencional. Para mí es un rito constante, del día a día, que no tiene un maquillaje diario diferente para cada ocasión, este es más amable y nos lleva a nuestros antepasados. Me gusta que les niñes me pregunten por qué me maquillo de esa manera, qué significa y de allí tener una excusa para hablarles un poco de nuestros orígenes, desde unos puntos y líneas en el rostro, que va más allá de lo estético", explica.

El trabajo de Cacica busca explorar y aflorar sus raíces afroindígenas, tanto mediante el registro y creación de imágenes, como en el movimiento del cuerpo. Lleva casi 20 años ejerciendo la danza tradicional y urbana, con la que recorrió distintos países de latinoamérica. Llegó a Argentina gracias a la invitación de la Asociación Creando Redes Independientes y Artísticas (CRIA) para participar de la cumbre perfomática La Criatura 23, que se realizó en Complejo Histórico Cultural Manzana de las Luces, el pasado fin de semana.

Esta artista venezolana proviene de la zona costera, más precisamente, de La Guaira. A los 11 años ya formaba parte de un grupo de danzas con sus primas, aun sin ser consciente que lo que hacía era una forma de arte. Eran ocho, ninguna era bailarina profesional pero tenían el impulso y el deseo de querer hacer algo diferente para transformar sus espacios. Bailaban en las comunidades cercanas a la suya y desde la primera vez que expusieron su danza todxs quedaron maravilladxs. Una semana después ya tenían 30 alumnas. "Las madres se sintieron muy identificadas y nos decían que querían que sus hijas bailen como nosotras. Fue muy hermoso y se dio naturalmente", recuerda Cacica.

En 1999, luego del deslave de Vargas, que ocasionó una desastre ambiental con corrimientos de tierra e inundaciones en las costas caribeñas de Venezuela, Cacica y su familia se mudaron a Caracas donde fueron recibidas por una familia que les brindó un espacio para asentarse y conseguir un empleo.

Mientras Cacica estaba en la escuela se propuso crear su propio grupo de danzas y junto a otras adolescentes recorrían los barrios de Caracas: "Allí sentí que empecé a transformar nuestros espacios, también buscándonos a nosotras mismas", recuerda. Cuando terminó la escuela secundaria se encontró con otros estilos musicales como el hip hop y nuevas disciplinas artísticas: "Conocí a muches compañeres que venían desde hace rato trabajando el tema audiovisual desde lo social, con otras miradas, con temas políticos. Aprendí muchísimo del activismo y de la política en Venezuela y me fui a trabajar a los espacios indígenas donde me encontré a mí misma. Ahí me di cuenta que esos compañeros, en plena crisis también estaban protegiendo su lengua, su cultura, que no es lo que hace la mayoría."

En ese momento en el que llegó Cacica, las comunidades sufrían las mismas problemáticas que atraviesan hoy día, la falta de acceso a derechos básicos, el despojo territorial y la destrucción del ambiente en el que viven producto del accionar de las empresas extractivistas. "Cada vez son más los desplazados, ya no pueden vivir en ese espacio porque los matan, le quitan la tierra o ya no es tan fértil y tienen que seguir caminando para poder sembrar en otro lado. Me encontré con eso y a la vez con su cultura, con la tejeduría, su lengua, su música, su ser y su sentir. Todo eso me pasó por el cuerpo y desde allí empecé a descolonizarme, a construir desde esas otras formas, que no nos la cuentan cuando somos pequeñas. En la ciudad hay personas que se quedan sorprendidas y dicen ‘existen los indígenas y viven de esta otra forma todavía’.", explica la artista.

Desde esa concepción afroindígena que tomó de sus raíces, Cacica comenzó a trabajar construyendo y deconstruyendo a la vez su identidad, el quién es, lo que quiere ser y hacia dónde ir. Tenía un objetivo claro: "ser, sentir y después llevarlo a la práctica", habla de una práctica consciente, atravesada por la emocionalidad y la necesidad. Por esos años, realizó trabajo comunitario en las comunidades, daba talleres y también hizo un registro fotográfico para visibilizar las realidades de esos territorios.

Junto a sus amigxs, con quienes colaboraba en las comunidades crearon La Tribu, un espacio comunitario para trabajar en el territorio. Cacica y muchxs otrxs integrantes se mudaron a esos barrios para estar cerca de lxs vecinxs. Así comenzó un compromiso a nivel político donde abordan las problemáticas de las familias, la falta de acceso a derechos básicos como agua, luz, saneamiento, siempre con un deseo de transformación junto a lxs vecinxs, desde la autonomía, con lxs de abajo, desde abajo hacia arriba.

"La necesidad me llevó a hacer cada una de las cosas que hago. Creo que todo artista parte de la necesidad del cuerpo y de lo que le pasa. Entendí que el arte es un bien social y común, aprendí a hacer fotografía por la necesidad de tener que registrar lo que estábamos haciendo en la comunidad para que la gente vea lo que está pasando, para mostrar que sí se puede, que sí hay una esperanza en lo colectivo, es posible, porque individualmente no vamos a llegar a ningún lado, sobre todo siempre desde el amor", reflexiona.

Imágen: Carla Guzmán

¿Cómo empezaste a trabajar el arte desde lo popular?

--Yo veía que lo que me llenaba era estar con las personas y que lo poco que sabía debía compartirlo con ellas para mostrar que otras formas de vida son posibles. También trabajar desde los cuidados, que son tan importantes, porque en el arte elitista nadie está pendiente de cuidarte, ni de que puedas seguir y ser mejor persona cada día, más allá de lo profesional, sino desde el ser. Creo que esta otra forma de hacer arte es más humano, esas personas con las que te encuentras también son un espejo de lo que tú estás haciendo, te reconoces en ellas y por más que yo no pase por lo que están pasando, me siento identificada: sus problemas son mis problemas porque estoy en un espacio injusto y violento. A partir de esas violencias, tratamos de transformarnos juntas, de cuidarnos y más allá de la palabra, también lo llevamos artísticamente, sobre todo para les niñes, de forma diferente, didáctica, desde una performance o una fotografía. Desde otras expresiones podemos hablar sobre nuestro espacio político porque nuestro cuerpo es político, es un territorio y es violentado ¿Y qué hacemos a partir de allí?, vamos a los espacios rurales para ver qué está pasando con las campesinas, las indígenas y nos encontramos con que son parecidas pero tienen diferentes códigos y unas son menos escuchadas que las otras.

¿En qué situación se encuentran las comunidades indígenas y rurales hoy en Venezuela?

--Los que siempre están súper abandonados y más explotados han sido los indígenas y así están hoy también. Cuando tienen necesidad de salir de sus comunidades a veces ni siquiera los dejan salir, ponen militares por todas partes y lo hacen para que las comunidades no lleguen a las ciudades porque para ellos eso significa el caos. Las comunidades van a pelear y esa es su forma de resistencia porque no se les está escuchando y se les están violentando sus derechos también. El Ministerio Público no escucha, no hay justicia para ellos y por eso los pocos que estamos en la ciudad tratamos de ayudarlos en la parte comunicacional, de unir esa red de comunicación autónoma que no se rige por una ideología sino por la realidad que están pasando nuestros indígenas y campesinos. Por más que tengamos una Constitución que es muy bonita y fuerte, no se lleva a cabo, no se respeta, no se están respetando los derechos humanos indígenas de ningún tipo. Cada vez son más explotados por las empresas, el capitalismo, los terratenientes, los ganaderos y desde el Estado.

¿Cómo se posicionan los políticos frente a los reclamos de las comunidades indígenas?

--Por un lado está la derecha a la que no le importa nada de los indígenas, es como si no existieran. El Estado sabe que existen pero igual los violenta, también hay otro sector que los ven como ‘los salvajes, los pobrecitos que no tienen casa, que van descalzos, que no tienen cultura y que salen de su espacio porque quieren una limosna’. Esas tres miradas en la que ninguna hace nada, también es violencia.

¿Hay racismo en Venezuela?

--Sí, hay racismo en Venezuela y yo lo siento más cuando voy al este de la ciudad que sería la parte donde hay gente con más dinero. Racismo también es el hecho de que algunas personas no puedan vivir dignamente, hay mucha explotación de los territorios feminizados, el salario no nos alcanza, hay que tener varios trabajos para poder subsistir, hay mucha violencia y la crisis económica cada vez es más violenta y por supuesto, siempre el mayor peso lo tenemos las personas afro indígenas para acceder a un trabajo. Yo me siento privilegiada porque por más que vengo de esos espacios y soy parte, puedo hacer lo que me gusta. Trabajo en Venezuela de la fotografía, de la videografía, del diseño, sobre todo porque se me abrió un abanico de poder vincularme con otros espacios fuera de Venezuela que de allí es donde también me sostengo económicamente.

- Muchxs argentinxs veían a Venezuela como un modelo a seguir, durante el gobierno de Chávez ¿cómo lo ves hoy vos?

--Idealicé mucho a Chávez, reconozco que transformó y revolucionó porque hizo cosas que nunca en la vida política de Venezuela se habían hecho, pero eso no quiere decir que no se equivocó porque mira lo que pasó con la economía. Murió Chávez y el barril de petróleo bajó muchísimo, ese es el problema del caudillismo, de dejarle todo a alguien y cuando ese alguien no está se derrumba todo y no hay nadie que pueda arreglarlo. Siento que les compañeres que vienen de las bases se terminan yendo a la derecha o se terminan quedando con el populismo y el Estado y nosotres nos quedamos en el medio de todo. Yo voy por las transformaciones desde la autonomía, de una forma más amorosa y de cuidado.

¿Cómo pensás que podemos combatir el colonialismo, algo que parece tan lejano en el siglo 21 pero que aún persiste?

--Creo que el camino es unirnos en la diversidad, no hacer divisiones, sino pensar que todos necesitamos del otro para seguir adelante desde el amor, por lo menos, en Venezuela esa red de apoyo y de afectos nos ayuda muchísimo a entender cada espacio. Yo antes no me llamaba feminista porque pensaba que esos espacios estaban cayendo en lo mismo que el machismo, pero después entendí que hay muchas formas de ser feminista y podía escoger dónde estar. Están las feministas de Estado que a la hora de luchar y resistir, desde adentro, desde lo institucional, se paran y hasta ahí llegó su feminismo. Yo no me sentía identificada con eso hasta que llegué a un espacio feminista atravesado por la lucha de clases, porque no es lo mismo ser un hombre pobre, gay, negro, con discapacidad que una mujer, lesbiana, pobre, negra, con una discapacidad que está más abajo de ese hombre pobre también, solo por ser mujer.