Exceso: Cosa que sale en cualquier línea de los límites de lo ordinario o de lo lícito.

          RAE

Ir a Gesell por toda la RP 11, se sabe, no es el trayecto más corto. Solemos abandonarla en Conesa y buscar Madariaga por la ruta 56, después la 74 y volver a ella en la rotonda de Pinamar. Pero General Lavalle, veinte kilómetros antes de San Clemente del Tuyú, ameritaba el alargue. Una nota de Andrés Miguel en el suplemento BA12 despertó mi interés por un grupo de chicos y profesores que habían imaginado y creado un sitio de la memoria en el cementerio del pueblo. Después del kilómetro 200 de la ruta 11 y, mirando hacia la izquierda, tuve que reconocer un error mío en una contratapa reciente: es posible vislumbrar un horizonte limpio en tierra firme. La perfecta llanura que se extiende desde la ruta hasta, seguramente, el Río de la Plata, termina en una línea irreprochable. Llegué a Lavalle casi cuando anochecía y sin datos precisos para encontrar a nadie, por lo que me instalé en la única posada posible, frente a la plaza. Nada mal los canelones caseros con scarparo, nada mal la amplia habitación con todo o más de lo que yo necesitaba.

A la mañana, después del desayuno, me acerqué al puerto anunciado en los carteles de la avenida. Sólo el barquito de prefectura bamboleándose sobre el agua marrón de la ría. Sí, desde General Lavalle no se ve el enorme Río de la Plata. La zona es una especie de gran humedal, con canales muy poco profundos y barrosos, donde se multiplican miles de cangrejos que hacen las delicias de las legendarias corvinas negras. Volviendo por la avenida principal, decidí hacer una escala en el museo, sospechando que me encontraría con vestigios de los Querandíes, los auténticos indios pampas según algunos antropólogos. Estos muchachos cazaban y recolectaban en toda la costa de la Bahía de Samborombón y sus dominios se extendían desde el Salado al Carcarañá, en Santa Fe. No vi nada que haya pertenecido a “los hombres de grasa” (así los llamaron los guaraníes, por su afición a comerla), pero sí algunas armas que habrían facilitado su extinción. Me detuve frente a una urna que contiene las cenizas del payador Santos Vega, un gaucho encabalgado entre los siglos XVIII y XIX, célebre por haber sido derrotado sólo una vez. Por el diablo. Después busqué la Escuela nro. 1, cuyos profesores Maximiliano de Luca, Joaquín Jerez y la ex alumna Agustina Puertas eran mis únicos datos de la gente que se había esforzado por el sitio de la memoria.

Entre la vorágine de su actividad, me atendió amablemente la directora, Vanesa, que me pasó los contactos necesarios y a quien le dejé mi libro Hay cosas que pueden olvidarse, cuyo primer cuento narra una situación parecida a la de Lavalle pero en el cementerio de Villa Paranacito. Le conté que cuando resultó evidente que los detenidos arrojados desde los aviones al Río de la Plata terminaban apareciendo en balnearios argentinos o uruguayos, los estrategas de la dictadura eligieron los enormes albardones del delta entrerriano, por lo que varios cuerpos terminaron como NN en ese cementerio casi mojado por el arroyo De la Tinta. A veces tenían la precaución de meterlos en barriles de aceite rellenados con cemento. Otras, no.

Pude comunicarme con Agustina estando ya en Gesell, por lo que la cita quedó establecida para el domingo siguiente, a mi regreso, día en que ella haría la recorrida informativa en el Sitio para un grupo. Llegué antes de la hora convenida. El día era soleado pero un viento pertinaz agitaba la copa de los árboles que anticipaban el cementerio, que no eran cipreses como suelen ser. Pisé el caminito de grava sobre el que se alineaban los carteles negros con los datos de los desaparecidos, identificados por el Equipo Argentino de Antropología Forense. Los cuerpos encontrados fueron 33 y recién en 2004/2005 se supo la identidad de 17, ahora llegan a 20. Entre ellos estaban los restos de Azucena Villaflor de Vincenti, fundadora de Madres de Plaza de Mayo y de Leonie Duquet, sólo una de las dos monjas francesas desaparecidas. Es sabido que estas personas fueron señaladas en una iglesia por el valiente capitán Astiz, infiltrado en las Madres como Gustavo Niño.

En la recorrida por el SUM, Agustina nos contó que en 2012 o 2013 consiguieron el testimonio de un exprefecto de esa época trágica. Este hombre confesó que la cantidad de cadáveres que aparecieron en la playa era tal (¿más de 100?), que se limitaron a enterrarlos en los médanos cercanos. La búsqueda es imposible, el río, en Punta Rasa, agrega arena y sedimentos. Ellos serán arena.

El cementerio tiene más de doscientos años, tantos como el pueblo. Una parte del muro que lo limita muestra en sus ladrillos unidos con barro el paso de esos dos siglos; también algunas bóvedas, algunas tumbas, algunos monumentos mortuorios que recuerdan a personas ilustres de la comunidad. Los lugares donde fueron enterrados los NN son rectángulos marcados con unos listones de madera, como los que se usan en las huertas; la tarea no ha terminado.

33 de 30.000, ¿tienen importancia los números? 33 personas dopadas por un médico, llevadas al cielo por tripulaciones profesionales, arrojadas al vacío por tipos que a la noche tomarían mate con sus familias y les contarían que hubo mucho laburo.

¿Saben todos los argentinos que una candidata a la vicepresidencia aprueba tácitamente estos actos atroces?

Todavía hay gente que habla de una guerra.