Al 2023 le quedan dos días y todo huele a supervivencia. Diciembre casi nunca acarrea vientos de calma, pero esta versión post año electoral, ajuste y crisis económica le da a estas fechas -en donde la institución familiar crece como un gremlins en el agua- un bonus track de tensión. El choque de copas a las 12 tiene más chispas que champagne. El consumo de pirotecnia viene en caída libre pero las discusiones en la mesa familiar aturden a los perros y son la muestra de que la mecha está más corta que nunca.

Lxs desobedientes siguen teniendo un rol articulador en las discusiones familiares pero el conflicto se democratizó. Ya no son sólo las feministas aguafiestas con sus argumentos para rechazar la maternidad obligatoria ante la pregunta ¿para cuándo el bebé? o quienes intentan responder de manera pedagógica al “que flaca que estás”. Eso que decía Sara Ahmed en su Vivir una vida feminista (Caja Negra): “Convertirse en una aguafiestas puede sentirse, a veces, como hacerte la vida más difícil de lo necesario. He escuchado esta opinión expresada como algo amable: como diciendo, dejá de darte cuenta de las exclusiones y tu carga se verá alivianada”.

El reciente ascenso de Javier Milei al gobierno con el 55 por ciento de votos hace que la cuenta para evitar el cruce letal en la mesa familiar no de ni remotamente. Sin embargo, para sorpresa de pocos la familia sigue aglutinando y uniendo. Las tradiciones se hamacan con soltura alrededor de un árbol de navidad que sin adornos ni bolas sale 50 mil pesos. El mandato de que “hay que ir” siempre parece el camino menos esforzado aunque en realidad se trate del peor de los laberintos. La clave está en poder silenciar opiniones, sostener una fina armonía, velar por la paz familiar y así llegar al brindis de las 12. Todo muy relajado.

 

Cuando se caen las certezas

La semana pasada mi mamá cocinaba una torre de panqueques para el 24 a la noche mientras yo le cebaba mate. De pronto, sin preámbulos me hizo una pregunta de esas que parecen fáciles de responder: ¿Si yo fuera mileista vos vendrías a pasar la nochebuena conmigo? En el aire daba vueltas uno de los siete panqueques que conformaban la torre. “Obvio que no”, le respondí asertiva a mi madre, con quien compartimos un profundo amor y una hermosa camaradería y con quien pasamos muchas navidades juntas porque nos gusta y nos divierte, y muchas separadas porque también nos gustan y nos divierten otros planes. Ella siguió humedeciendo el panqueque con mayonesa y esbozó un tímido “Y bue”. 

La torre de 20 centímetros quedó espectacular, tenía zanahoria, aceitunas, queso, tomate, lechuga y morrón asado. Mi mamá había tenido la perspicacia de darle la altura justa para que no se desmorone. A veces las cosas funcionan así, se calculan los movimientos milimétricamente para que nada se caiga. Las fiestas se “sobrellevan” o se “pasan” no se “disfrutan”. Política, familia y fiestas es una combinación explosiva que plantea preguntas en relación a la disciplina, los conflictos y los mandatos. ¿Por qué existe la obligación de asistir? ¿Es la familia esa forma de disciplina entre lo que puede decirse y lo que no? ¿Cuál es el costo de no hablar de política para no pelear? Y una pregunta más importante aún: ¿Cuál es el problema de pelearse?

 

Que se venga el conflicto


“En el centro de mi visión está el reconocimiento de que, por encima de todo, es la comunidad que rodea un conflicto la fuente de su resolución. La comunidad tiene la responsabilidad crucial de resistir la reacción desmedida ante la diferencia y de ofrecer alternativas de comprensión y complejidad. Tenemos que ayudarnos unos a otros a iluminar y contrarrestar la sobredimensión del daño en lugar de usarlo para justificar la crueldad” dice Sara Shulman a propósito de su libro El conflicto no es abuso (Paidós), publicado en Estados Unidos en 2014 y este año en Argentina. 

Si bien el libro contiene un amplio abanico de herramientas en relación a distintas situaciones de conflictos, lo que resulta interesante es su propuesta de reconocer el conflicto en su enraizamiento en la diferencia; y por tanto entender que las personas son y siempre serán diferentes. Dice: “Esto se expresa a través de nuestra resistencia a enfrentar y resolver problemas, que es una negación abrumadora a cambiar la manera en que nos vemos a nosotros mismos para hacernos responsables. Por lo tanto, cómo entendemos el conflicto, cómo respondemos al conflicto y cómo nos comportamos como espectadores frente al conflicto de otras personas determina si tenemos o no justicia y paz colectiva” dice Shulman. 

Si consideramos a la familia como una posible fuente de conflictos -como ella considera a la comunidad una fuente de resolución- las fiestas son el terreno más propicio para las preguntas en relación a esa gestión del conflicto.

 

¿La unión hace la fuerza?

La unión familiar es un producto más que aparece a principios de diciembre -o antes- en las góndolas del supermercado. El precio va subiendo a medida que se acerca fin de año, no acepta crédito y se paga todo junto en dos fechas: 24 y 31.

“Para algunos las fiestas son el momento del año de reunión familiar” dice Vero Goldemberg que nació en el sur y es psicologx tranfeminista: “A los sureños nos pasa un poco eso, volvemos en las fiestas al lugar de origen, tiene algo ritualesco” cuenta. El aterrizaje en la casa familiar puede implicar distintos caminos: elegir no entrar en ninguna discusión, descorchar y mantener la boca llena, picarse a la primera de cambio o ponerse a jugar al jenga. Para Vero es interesante poder regular un poco las emociones en la reunión familiar: “A veces hay que buscar aliades en la familia porque si no es un montón”, dice.

En este sentido el contexto suma una dosis importante de angustia y tensión: hace la diferencia llegar a fin de año con la salud mental que pende de un hilo, las tarjetas de crédito explotadas y las góndolas de supermercados transformadas en una película de terror en dólares. Con toda esa angustia embalada en el corazón, llegar a la casa familiar es también una apuesta, una ilusión o tal vez simplemente, un símbolo de paz.

Desde los feminismos se han ensayado hasta el cansancio distintas estrategias para sortear estas fechas, no sólo en relación a los cuestionamientos de la institución familiar como organizadora del deber ser y la normalidad, sino también como lugar desde donde, a través de las discusiones, se pueden comprender algunas de las injusticias que sostienen este mundo.

La feminista aguafiestas

Débora Tajer recupera el rol de la feminista aguafiesta que propone discusiones que privan del disfrute a otrxs. Eso deviene en un costo que lleva en el cuerpo la feminista aguafiesta y es quien arruina la fiesta navideña y la felicidad. Pero Tajer le suma una observación interesante: “La paz anterior era sobre la base de que las mujeres nos callábamos. Eso ya no va más, y me parece que en ese sentido si se busca la paz y la armonía hay que decir `bueno nos vamos a llevar bien, pero todos nos vamos a callar`. No es que yo me callo y vos decís lo que querés”, explica. Desde su perspectiva es posible regular las discusiones familiares colectivamente. Sin embargo hay en esto un riesgo latente que tiene que ver con la premisa de mantener la paz familiar a costa del silencio.

“La dificultad de hablar con gente que no piensa como una también está muy presente. En ese sentido me parece que si se quiere seguir teniendo familia hay que poder apostar a lo común y hablar de lo común y no solo de lo que nos distancia. Si se elige discutir parece necesario habitar una escucha, ver lo que está diciendo la otra persona” dice Tajer.

Habilitar una escucha que sea hospitalaria con la diferencia es una de las estrategias que se pueden poner en práctica a la hora de construir lo común. ¿Es posible que se cancele la escucha por temor al conflicto? ¿El conflicto es siempre algo negativo.

 

Amor, encuentro y felicidad. Chin Chin.

Las fiestas transforman la cuestión familiar en un laberinto al estilo “El Resplandor”, en donde borrar las huellas de los mandatos en la nieve no alcanza para que no te atrapen: “En nuestras culturas judeocristianas, el discurso familiar hilvana la narrativa de toda la festividad, palabras como “amor” “encuentro” “felicidad” están ligadas a las escenas familiares (heteronormativas) que vemos una y otra vez a lo largo de nuestra vida. La familia como generadora de felicidad pero también de lugar y encuentro. Es muy difícil imaginarse qué hay del otro lado si no estás del lado de la felicidad y el amor”, dice Ana Larriel, psicóloga y psicoanalista. “Es casi como si automáticamente une se convirtiera en un personaje pobre de los hermanos Grimm que mira la hermosa escena iluminada de la familia adentro siendo feliz, desde la soledad de la calle con nieve” explica.

Tal vez alguna de las salidas de ese laberinto nocturno es poder traicionar esos enunciados que ponen la felicidad de un lado y el abismo de otro. Algo similar a una narrativa muy de moda que separa a los argentinos de bien del resto. Traicionar ese “bien” o esa “felicidad” es no dar por sentado que hay dos lados y uno es el correcto.

Recuperando la diferencia como forma de habitar los conflictos se ve que no necesariamente una pelea es sinónimo de la ruptura de la felicidad. Dice Larriel: “La narrativa familiar de paz y amor es muy poderosa porque sostiene sistemas de padecimiento vividos a lo largo del tiempo y durante muchos años. Como esa narrativa está muy presente se prefiere sostener el padecimiento a modificar la narrativa” explica. ¿Por qué la diferencia tiene que ser un camino unidireccional al conflicto? ¿ Las discusiones o las peleas van a contrapelo de la narrativa de paz y felicidad?

La diferencia como parte de lo común

“Para mi hablar de política es justamente meter la diferencia, el problema es que hablar de la diferencia nos lleva a pensar que cuando hay una diferencia, hay una discusión y por tanto una pelea que pondría en riesgo esta homogeneidad que sostiene el “paz y amor” de la familia” dice Larriel. ¿Qué es lo que pone en riesgo una discusión?

Este análisis en relación a la familia puede aplicarse también a las discusiones políticas a nivel social, en donde se viene engrosando la lógica binaria infundida por la clásica grieta que hoy, consciente del daño producido, la dirigencia intenta erradicar. Sin embargo, sus resabios todavía siguen causando un efecto negativo en términos de cómo afrontar las discusiones. Esa resaca que divide todo en dos sigue causando un daño que se profundiza, por ejemplo, con los mensajes matutinos del vocero presidencial, Manuel Adorni. Todas las mañanas le habla a los argentinos de bien, a los que no protestan y a los que aceptan que no hay plata. Inaugura los días como un predicador frente a sus seguidores, que hace de cuenta que no existe un Decreto de Necesidad y Urgencia (DNU) que de eso no tiene nada. Sí, carece de argumentos constitucionales y le sobran argumentos económicos que favorecen a las empresas más importantes de Argentina. El DNU que rebota entre el Congreso y el Ejecutivo, se sospecha, está escrito por los estudios de abogados que asesoran a Paolo Rocca, Eduardo Eurnekian, Eduardo Elsztain y Marcos Galperín.

Es necesario poder pensar las discusiones, las peleas o las diferencias como parte del andamiaje de lo común. No existen las experiencias colectivas que no pasen insistentemente una y otra vez por coordenadas de conflicto, en periodos de crisis puede incluso hasta ser indispensable ocupar los espacios que no estén regidos por los acuerdos.

La familia es uno de ellos, pero también los lugares de trabajo, las redes sociales, las asambleas callejeras, las escuelas, las universidades, las fábricas, los sindicatos, los barrios y las cooperativas. Más aún cuando se insiste en llevar adelante transformaciones radicales que intentan esquivar las instancias establecidas por la Constitución.

La estrategia de escindir la pelea de la política, o peor aún, de silenciar las discusiones políticas por temor a la pelea, es una de las razones que explican por qué hay un presidente que intenta refundar un país.

La respuesta a la pregunta de mi mamá fue apresurada o tal vez no era tan obvia. Está la trampa de saber que es bastante improbable que efectivamente de la noche a la mañana se convierta en seguidora del actual presidente argentino. Sin embargo, la pregunta incisiva vino porque le conté que tenía amigas que habían dejado de ver a sus familias votantes de Milei. Esta claro que mi mamá sintió el peligro cerca, como esos animales que empiezan a oler fuerte cuando tienen miedo. Después de comer la exquisita torre de panqueques reformulé mi respuesta y le dije que en todo caso, si ella fuera mileista tal vez pasaría un rato.