Una de las consecuencias más dañinas del salvaje programa económico que el gobierno libertario ha impuesto afecta a las personas que alquilan viviendas. Precios disparatados y condiciones leoninas insinúan un oscuro horizonte para miles y miles de familias cuyo presupuesto económico, diezmado por la motosierra inflacionaria, quedó lejos de cubrir el monto con que acceder a un techo bajo el cual habitar. Lejos de ser contingente o antojadiza, la cuestión remite a la aspiración que como ninguna otra distingue al neoliberalismo: poner en manos del mercado las necesidades básicas que hacen a la dignidad y preservación material de un ser hablante. Angustia, ansiedad y sentimiento de desesperanza se destacan entre las consecuencias anímicas reveladas por el informe de la Encuesta Nacional Inquilina a un mes de la derogación de la ley de alquileres. De esta manera, desalojar a una persona es el paso para excluirlo de la esfera social primero para eliminarlo luego. Para ser más precisos: dejarlo sin palabras para matarlo después. (“Hoy elegís: comer o pagar el alquiler ¡Esto es una locura!”- dice una inquilina). Lejos de limitarse a la sola cuestión de la vivienda, el desalojo es el paradigma de la actual administración. Vayan como ejemplo las nefastas limitaciones para reunirse y manifestar. La inédita perimetral para acceder a la Plaza del Congreso impuesta por los fiscales a las personas detenidas durante las recientes propuestas va en la misma línea: dejar sin lugar, excluir, desalojar. Recién allí, dicen los voceros del mercado, la economía puede mejorar. Aquí algunas líneas para entrever la poderosa imbricación que palabra y hogar albergan cuando de honrarla existencia se trata. 

El lugar

Un lugar es consecuencia de la intemperie, de la adversidad, de la amenaza, de la noche. El espacio donde guarecerse. Del frío. Del calor. No importa de qué. Allí donde vaya el ser hablante necesita trazar un límite entre un afuera y un adentro. Sea una casa o un país. De hecho, la puerta es el símbolo por excelencia[1], dice Lacan. Cuesta entender que algo tan básico y constitutivo para el sujeto humano resulte quizás el eje principal de los antagonismos que hoy dividen a buena parte del planeta. A saber, quién se queda adentro y quién termina expulsado a la intemperie. En nuestro país el tema de la vivienda es una de las principales deudas que la política guarda con su pueblo. Un déficit que la actual administración libertaria extiende al propio territorio de la Nación: pretenden derogar la ley de tierra, no queda espacio para los trabajadores argentinos. Es que un lugar de pertenencia, un hogar --eso tan primario y constitutivo en el ser hablante--, se constituye con palabras. Un cuerpo también. No en vano Freud postuló, como primer paso lógico en la formación del yo, a la “identidad de percepción”, o sea: soy lo que percibo; y en segundo lugar a la “identidad de pensamiento”[2], ulterior movimiento que refiere la particular interpretación que el sujeto hace del material percibido. Toda la experiencia clínica indica que el sujeto se constituye a partir de los objetos que conforman su entorno, “refugios de piedad y amor”[3], como dice Sartre. Por su parte, San Agustín comparaba a la memoria con una suerte de cajón o receptáculo que amasa el gusto, el olor o la vista con el recuerdo. Un hogar es también esa memoria: el rincón que invita a pensar, el sofá donde se discuten proyectos o se dibujan esperanzas, y también la ventana desde donde el mundo parece menos hostil y conflictivo. Llegar a casa es un anhelo con que las personas solemos convivir largas horas del día. No se necesita mucho entendimiento para apreciar la carga simbólica que porta el sitio/hogar/país y la consecuente sensación de desvalimiento a la cual una persona se ve arrojada cuando le falta el techo que lo supo proteger. Así, mucho más allá de su valor de uso: soy los objetos que me rodean, su actualidad me re-presenta, me devuelve la historia que me sostiene entre mis semejantes como sujeto de la palabra. Es que el hueco del trauma solo puede ser bordeado con palabras: ese único recurso con que contamos las personas para tejer la urdimbre de recuerdos y olvidos propios de una historia singular. Por algo, los que desprecian al estado pretenden eliminar la política. Desalojarnos de la palabra. Dejarnos sin hogar. Sin país. Libres. Para morir.

Dejar morir

Así, el ¡Afuera! de Milei es la expresión más acabada del odio que el anarcoliberalismo libertario viene a imponer como marca registrada de su programa económico. Una ideología que basa su horizonte en el exterminio del Otro: “Tenés derecho a morirte de hambre” ha dicho el hombre que habla con los perros muertos. No es por mero recurso retórico que citamos el disparate canino del presidente. La consecuencia más palpable de todo régimen de derecha es la muerte anticipada. Lo que el gobierno macrista intentaba mal disimular hoy aparece a cielo abierto. Para ser más claros: no hay ningún cambio. Esta versión ultra de la derecha demuestra su objetivo de siempre; que las personas mueran antes. Son un costo. Se empieza por dejarlas sin hogar para que luego desaparezcan, y ya.

Se trata de reducir la existencia de los seres hablantes a un estrato meramente biológico que el filósofo Michel Foucault supo sintetizar de manera brillante con la estremecedora frase: “hacer vivir, dejar morir”[4] al describir el modo en que actúa el ejercicio de la biopolítica. En otros términos, gobernar para producir agentes productivos a los que, una vez terminada su vida útil, se los descarta sin más. Desde ya, la calificación de “útil” queda a cuenta de los caprichos del mercado. Por algo dice Foucault: “La introducción de la economía dentro del ejercicio político será la apuesta esencial del gobierno”. Y agrega “...el arte de gobernar es precisamente el arte de ejercer el poder en la forma y según el modelo de la economía.”[5] El nombre de Capital Humano para el actual superministerio que incluye Salud; Educación; Desarrollo Social (hoy se llama Niñez y Familia) y Trabajo no podría ser más ilustrativo del punto de vista aportado por el filósofo francés: personas que valen tan solo por su capacidad productiva en los términos que determina la necropolítica del capital. Si el mercado determina que no hay lugar donde vivir para una familia: ¡Afuera! Si el mercado determina que no hay empleo para las personas: ¡Afuera! Para más datos: tomar nota de las diez mil personas reunidas para pedir comida que la superministra Sandra Pettovello se negó a atender. O peor aún: la escandalosa resolución firmada por la susodicha que suspende la asistencia y los medicamentos para embarazadas, adolescentes, y niñas y niños con cáncer, como también para pacientes con enfermedades crónicas discapacitantes y patologías agudas.

En su análisis del biopoder, el filósofo precisa que se trata de transformar un Pueblo en una población, entendida ésta como “...un conjunto de elementos que, por un lado, se inscriben en el régimen general de los seres vivos, y por otro, ofrecen una superficie de amarre a transformaciones autoritarias pero reflexionadas y calculadas”[6]. La frase que Mauricio Macri le trasmitió al entonces presidente Alberto Fernández no bien se desató la pandemia del coronavirus lo dice todo: “que se mueran los que se tengan que morir”. Por algo, Foucault pone especial énfasis en el momento en que el género humano pasa a ser especie. “A partir del momento en que el género humano aparece como especie en el campo de determinación de todas las especies vivientes, puede decirse que el hombre se presentará en su inserción biológica primordial.”[7] Es decir, el biopoder impone a los seres hablantes una mera continuidad respecto de las demás criaturas del planeta. De esta manera el componente subjetivo del cuerpo queda eliminado, con el solo resultado de vaciar el legado simbólico de una nación de manera de poder manipular la voluntad de los ciudadanos.

En nuestra actual situación, el desprecio por las personas amenazadas y/o ya afectadas por el desalojo no resulta de un mero exabrupto, exceso o frase desafortunada vertida por algún funcionario en algún momento de furia. Se trata de la más acabada manifestación del “orden” que un sistema enemigo de lo humano pretende imponer. Esto es: dejarnos sin ese hogar al que llamamos País. De hecho: ¿Qué otra expresión más acabada de esta política de exclusión que los denominados “argentinos de bien”, a la cual el presidente apela para dejar sin lugar a los que no piensan como él quiere?

Cada persona sin techo; cada niñx en la intemperie; cada víctima desalojada; cada manifestante reprimido; cada paciente abandonado; cada adultx mayor desamparadx; cada trabajador/a despedido es un espacio perdido en nuestro propio hogar. Una amenaza para la continuidad de nuestra propia existencia.

Sergio Zabalza es psicoanalista. Doctor en Psicología por la Universidad de Buenos Aires.

Notas:

[1] Jacques Lacan (1954-1955), El Seminario: Libro 2, “El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica”, Buenos Aires, Paidós, 1998, p. 446.

[2] Sigmund Freud. Trad. López Ballesteros. La interpretación de los sueños. Sobre la psicología de los procesos oníricos. Acerca del cumplimiento de deseo. y Proyecto de una psicología para neurólogos. Primera parte. Memoria y juicio. Pensamiento y realidad.

[3] Jean Paul Sartre, “Una idea fundamental de la fenomenología de Husserl: la intencionalidad” en El hombre y las cosas, Editorial Losada, 1960, p 25.

[4] Foucault, Michel; “Cours du 17 mars 1976” en ‘Ilfautdéfendre la société’ CoursauCollège de France. 1976, Paris, Gallimard, 1997, pp. 213-235

[5] Foucault, Michel; “La naissance de la médecinesociale », segunda conferencia del ciclo publicada en Revista centroamericana de Ciencias de la Salud Nro. 6, enero/abril 1977, p. 98

[6] Foucault, Michel; “La naissance de la médecinesociale », op. cit. p 77.

[7] Foucault, M. ;Sécurité, Territoire, Population. Cours au Collège de France 1977-1978, Paris, Gallimard, 2004, p. 77