A siete meses de su último paso por Buenos Aires, Luis Miguel regresó a la ciudad. Pero esta vez el plan no fue repetir en el Movistar Arena, como en agosto del año pasado, ni tampoco protagonizar una maratón de 10 shows. En esta ocasión, la propuesta fue actuar en un estadio a cielo abierto. Ya lo hizo hace algunos años atrás en cancha de Vélez y ahora el escenario es el Campo Argentino de Polo. La terna de recitales comenzó en la noche del miércoles. Inicialmente, iba a presentarse el viernes 8 y el sábado 9 en el predio de Palermo (y el 14 de marzo en Córdoba). Sin embargo, ante el sold out, se agregó esta nueva función, que estuvo procedida por una cena de gala. Sucedió en La Rural, el martes pasado, frente a celebrities y gente que no dudó en desembolsar entre 770 mil y 900 mil pesos para sentarse en una de las 206 mesas.

Después de la buena impresión que dejó esa seguidilla de shows en Villa Crespo, que lo reencontró con el público local tras su desembarco de 2019, en diciembre se anunció el nuevo periplo del “Sol de México”. En contraste con el año pasado, esta visita no estuvo condimentada por su tortuosa vida personal, por la ya anecdótica biopic de Netflix, por su delgadez o por el mito de sus dobles en escena. De todas formas, mientras se produjo el armado del escenario, alguien de la técnica de la serie de shows advirtió (quizá en broma o tal vez por su condición de experto en el asunto) que la manera de reconocer al verdadero Luis Miguel era con el control del in-ear (también conocido como intraural) en la mano izquierda. Se trata de unos auriculares que mejoran la calidad de sonido en la puesta en vivo. Y es que, por su problema de tinitus, esta bestia pop es bastante complicada con ese tema.

Según cifras oficiales, 140 mil personas sacaron entrada para ver al artista en el Campo Argentino de Polo. En la primera función, al estilo de los espectáculos de Coldplay y Taylor Swift, el público (distribuido entre zona VIP, plateas y campo general) fue recibido en el ingreso con las ya tradicionales pulseras luminosas interactivas. Y no duró mucho la espera, pues poco luego de las 21 el artista saltó a escena. Al igual que en su tour anterior, el crooner salió vestido de traje negro y camisa blanca, antecedido por la veintena de músicos, director musical y 3 coristas que lo respaldan. Tampoco varió el repertorio: básicamente fue idéntico e igualmente estuvo repartido en cinco partes. Lo que sí era notablemente distinto fue su aspecto. Si antes estaba tan flaco que parecía consumido, en esta oportunidad se lo vio saludable.

Un rasgo suyo que se mantiene inmaculado es su voz, de la misma forma que esa peculiar performance para potenciarla y sacarle todo el provecho. Una vez más, lo dejó en evidencia desde el comienzo del repertorio, inaugurado por “Será que no me amas” (cover de “Blame It on the Boogie”, éxito mundial en 1978 por The Jacksons). A esa canción le siguió otra versión, “Amor, amor, amor”, popularizada en inglés por Bing Crosby y en español por Julio Iglesias. El show continuó en modo funk de la mano de “Suave”, pero a continuación la balada “Culpable o no” le puso paños fríos al asunto, aunque de ninguna manera le restó intensidades. Y de eso pueden dar fe las también baladas “Culpable o no”, “Te necesito”, “Hasta que me olvides” y “Dame”, que cerraron el primer segmento de canciones.

Antes que moverse del lugar, Luis Miguel se mantuvo ahí, estoico, para encarar el tramo bolerístico. Arrancó con un tándem de clásicos de la autoría de Armando Manzanero: “Por debajo de la mesa” y “No sé tú”. También invocó del músico y compositor mexicano “Somos novios” y “Como yo te amé”, pero mechados en el popurrí que vino seguidamente. Lo completaron “Nosotros”, de Pedro Junco Jr.; “Solamente una vez”, de Agustín Lara; “Todo y nada”, del llamado “padre del bolero moderno”, Vicente Garrido Calderón. A diferencia de los Movistar Arena, esta vez omitió el pasaje tanguero completo. Es por eso que el recital continuó con el momento de los duetos. Primero cantó “Smile”, con Michael Jackson desde la pantalla, de forma virtual, y más tarde apareció Frank Sinatra, con el que interpretó “Come Fly with Me”.

El tercer set avanzó con el segundo popurrí de las casi dos horas de recital. Estuvo conformado por “Oro de ley”, “Cuestión de piel” y “Un hombre busca a una mujer”. Si en ese momento el astro mexicano agarró un dron con una cámara que estaba dando vueltas por el escenario y lo sumó a la performance, previamente había interactuado con la sección de caños, y también con su bajista y guitarrista. En esa instancia, ya había quebrado las caderas, hecho el paso de la garza (a lo Karate Kid), empuñado el micrófono distante de su voz, bailado y consumado varias pirotecnias más. Siempre con el control del  in-ear en mano. En el centro de todo había una mesa negra donde reposaba su hidratación y una toalla con la que se secaba el rostro. Tras volver a recurrir a ese lugar, desenfundó un otro popurrí (con el que reincidió en la balada). Ahí linkeó los hits “Fría como el viento”, “Tengo todo excepto a ti” y “Entrégate”.

Apenas terminó el medley, el cantante -que en abril cumplirá 52 años- salió de cuadro y entró el mariachi. Después de una extensa intro que ayudó a entrar en contexto, al mismo tiempo que Luis Miguel mudaba su traje por un outfit de camisa y pantalón negros, juntos hicieron “La fiesta del mariachi”. Le siguieron “La bikina” y “La media vuelta”, clásico de José Alfredo Jiménez. Entonces saltaron los fuegos artificiales, lo que estableció el quinto segmento, dedicado a sus éxitos seminales. Con su veintena de músicos nuevamente en escena, revisitó, en forma de popurrí, “No me puedes dejar así”, “Palabra de honor” y “La incondicional”. Si bien el intérprete no es para nada asiduo a las peroratas, se lo pudo escuchar pedirle al público: “¿Cómo dice?” o enseñar el micrófono para que la audiencia rematara los coros de algunos temas. También se mostró sonriente.

En esa instancia del recital, el tecladista de la banda, tal como sucedió en sus shows de 2023, se introdujo en el Piano Arc (piano circular diseñado por el tecladista de Lady Gaga, Brockett Parsons). No tocó las 294 teclas, pero sí las suficientes como para llevar a un plano más discotequero a “Ahora te puedes marchar”. Apenas sonaron los primeros acordes, los fans estallaron de felicidad. Emoción que fue creciendo con odas al pop latino del calibre de “La chica del bikini azul”, “Isabel” y “Cuando calienta el sol”, himno que insoló a esa marejada de gente. Tanto así que reclamaron por “una más”, mientras Luis Miguel saludaba, tiraba besos y pedía un aplauso para sus músicos. La mayoría pensó que volvería para el bis, pero atrás del escenario lo esperaba el convoy que lo llevaría de vuelta al hotel. Y sí. Tras semejante entrega, parafraseando su canción, ahora se podía marchar.