En el marco del Congreso de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, lo que sigue es una intervención en el Foro Internacional de Autismo y Política que se realizó la semana pasada en Barcelona.

Los primeros psicoanalistas en hacer una hipótesis de la estructura autística fueron los Lefort en los años 1990. Mi trabajo se inscribe en la prolongación de la de ellos. A partir de la cura de Marie Françoise, despejaron múltiples características: la pregnancia del doble, la no‑asunción de lo especular, la ausencia de significante amo y de objeto Aunque comparto esa constatación, es a una concepción algo diferente de la estructura autística a la que he llegado, con tres pilares interdependientes:

* Primeramente, una retención inicial de los objetos pulsionales, sobre todo la voz que hace obstáculo al enganche al Otro.

* Segundo, una entrada solitaria en el lenguaje que se opera a partir de elementos aislados y no‑diferenciados, es decir por el signo y no por el significante.

* Tercero, el signo no puede producir una caída del objeto causa de deseo.

Y de ello resulta por el goce del autista está emparejado, no con un objeto perdido como en la neurosis, ni por un objeto invasor como en la psicosis sino por un borde, que para el autista es necesario conservar su dominio. Ese borde puede tener tres encarnaciones: el objeto autístico, el doble y el interés específico.

El primer punto en el cuadro clínico del autista: retención del objeto oral traducido por la frecuencia de los trastornos alimenticios; el objeto anal por los trastornos de la defecación; también hay un acuerdo en considerar que la evitación de la mirada constituye uno de los índices más precoces del autismo. En cuanto a la retención de la voz, es manifiesta en los fenómenos de mutismo dentro de los cuatro primeros años de vida.

Siendo la cesión de los objetos pulsionales lo que comanda el enganche al Otro, lo que resulta es una propensión del autista a construirse en la soledad. Una consecuencia mayor se desprende de ello, la entrada del autista en el lenguaje no se efectúa a través del balbuceo, sino a partir de dos cuadros muy diferentes: la ecolalia y el grito. El sujeto del significante descubre a partir del balbuceo que el lenguaje puede expresar afectos, el dolor, la satisfacción, etc. y que sus llamados pueden suscitar la respuesta del Otro. Los autistas no hacen esa experiencia. Para ellos es muy común, y es tardíamente concebido que el lenguaje sirviese para comunicar y no para producir satisfacciones solitarias. Lo sienten primero como una música, es decir como un objeto sonoro, cuya manipulación es una fuente de placer generando una lengua privada que no tiene como objetivo servir a la comunicación.

Cuando el niño autista aprende el lenguaje a través de la ecolalia o del grito, no hace la experiencia de su capacidad para interpretar el afecto. Los niños autistas subrayan el lazo de que están secretamente atrapados en una afectividad mutilada. Tienen sentimientos y sensaciones, pero que se desarrollaron en el aislamiento. No pueden verbalizarlas de manera normal.

El lenguaje de los autistas no posee una de las propiedades mayores del significante. No es incorporado, no cifra el goce. Cuando el autista se apropia de un signo, lo hace a partir de una percepción externa: imitación ecolálica o comprensión del escrito por la imagen. Se constata una asombrosa fijación de la significación del signo para los autistas. "Si aprendiese algo en una cocina de pie con una mujer un día de verano ‑dice Donna Williams‑ eso no me serviría si me encontrara en otra habitación con un hombre una noche de invierno". Esa persistencia de la situación de aprendizaje es sobre lo cual desemboca el método de aprendizaje cognitivo‑comportamental. Por otra parte, los autistas testimonian tener grandes dificultades con los vocablos que no tienen imagen tal como "porque", "con", etc. así como los conceptos relativos, las conjugaciones de los verbos, etc., es decir con el sistema de oposición y de reglas que estructuran la lengua.

Algunos llegan, sin embargo, a organizarse correctamente con los elementos aislados que se componen para ellos, no espontáneamente, sino gracias a una memorización intensa. Si el niño del significante puede ser considerado un genio gramatical, el niño autista, para asimilar la lengua, puede ser un genio mnémico.

El Otro de los signos es descrito por los autistas de alto nivel como una "fragmentación coherente". Desde el momento que llega una nueva información, es integrada como una nueva pieza dentro de una brújula en construcción. Todos subrayan la lógica visual que preside a una organización muy diferente de las asociaciones y repeticiones, muy desemejante de aquella que registra el Otro del significante.

El significante borra la cosa mientras que el signo se queda enlazado con su representación. No produce una caída del objeto causa del deseo, sino que lo encarna en un objeto concreto: el borde. Ese concepto, introducido por Éric Laurent, designa aquello que moviliza el goce del autista: el objeto autístico, el doble y el interés específico.

* Psicoanalista de la AMP. Fragmento con párrafos escogidos. Texto completo en "Psicoanálisis Lacaniano", Blog de Patricio Moreno Parra (traductor de la nota).