Veinte líderes del desamor y un mundo desesperado, poetizaría Neruda. Bueno, no todos. Pero en general el liderazgo global emana una mala imagen y resultados que inclinan a los pueblos a desconfiar de un futuro mejor. Comparado con instrumentos de la gobernanza internacional como el FMI, el Banco Mundial o la OMC –estructuras obsoletas que sobreviven para cuidar las ganancias al gran capital según el perimido esquema de poder de posguerra en Occidente post 1945–, el Grupo de los 20 (G-20) tiene cierta ventaja pues encara temas urgentes y concretos y tienen mayor peso algunos emergentes. No obstante, es apenas un foro no vinculante de políticas donde líderes y lideresas, más sus “grupos de afinidad” (de negocios, de género, de trabajo, de ciencias, de think tanks), sugieren acciones a seguir que mayormente avanzan poco. Y lento. En un mundo donde la velocidad del cambio es la regla. El G-20 es más diálogo que acción. No es poco. Pero es insuficiente si lo que se buscara fueran cambios en serio.

Ejes

El 30 de noviembre, esos jefes de Estado de las economías más desarrolladas del mundo se verán en Buenos Aires. El presidente anfitrión, un tan devaluado como la moneda de su país, Mauricio Macri, propuso tres ejes de discusión para esta cumbre que es, para un gobierno como el suyo sin logro alguno que exhibir, el más importante hito de política exterior. Esos ejes son trabajo del futuro, conectividad global y seguridad alimentaria, excitantes para un panel académico pero no para una cumbre donde habrá temas más acuciantes como la “guerra comercial” de Estados Unidos contra China –es decir, apenas la punta del iceberg de la estrategia de Washington para frenar el ascenso del gigante asiático–, o la fenomenal crisis de migraciones desde África y Medio Oriente hasta los mares del Sur europeo y las caravanas centroamericanas.

Pero cada país anfitrión, es norma, propone áreas temáticas para el año en que le toca presidir. Y en las reuniones habidas en Argentina, más de 40 durante 2018, se abordaron esos temas sugeridos por el gobierno de Cambiemos. Sin embargo, está claro que cuando los presidentes se reúnan tras las vallas y la parafernalia policial que traerá cada uno de ellos más la que aportará la ministra Patricia Bullrich en Costa Salguero, la prioridad de personajes como Donald Trump, Xi Jinping, Vladimir Putin, Angela Merkel o Shinzo Abe será intentar bajar las tensiones o en todo caso explorar algún ordenamiento, al menos, de la correlación de fuerzas corriente, que a nivel global y geopolítico se dirimen sobre todo en Asia.

Giro

El G-20 nació en 1999 para ampliar el club selecto que suponía el G-7. Era una forma de reconocer, sin mayores reformas, que el peso de otros PIBs emergentes les daba derecho a participar de decisiones hasta entonces cocinadas sólo en Washington y un par de capitales europeas, como máximo participando a Moscú cuando se formó el G-8. Pero el G-20 no tuvo grandes expresiones hasta 2008, cuando la crisis financiera global, o mejor dicho la que exportaron los grandes capitales especulativos estadounidenses al resto del mundo, demostró la futilidad de las herramientas de posguerra. Ahí empezó a buscarse otro consenso para administrar el mundo sin que se desmadrara frente a tanto despropósito que abunda por doquier.

Varios países, incluida Argentina con el anterior gobierno, quisieron ir a fondo con reformas, por ejemplo en la arquitectura financiera global. No pudieron. Y la siguiente década mostró en casi todo el mundo un giro ideológico a derechas que truncó expectativas de cambio en serio en los resortes económicos que mueven, más bien hieren, al planeta, salvo a la minoría cada vez más acaudalada. 

Una ponencia del filósofo francés Alain Badiou en su país en 2015 (aquí la publicó Capital Intelectual, Nuestro mal viene de lejos) dice que 1 por ciento de la población posee 46 por ciento de los recursos disponibles; si esa oligarquía se estira a 10 por ciento, llega a poseer 86 por ciento, y 50 por ciento no tiene nada. El restante 40% es la clase media (mayormente occidental todavía, aunque China avanza) que retiene con mucho esfuerzo 14 por ciento y cada vez teme más perder posiciones, lo que la inclina al racismo, la xenofobia y el desprecio por el desposeído. Ese es el mundo que monitorea la elite gobernante del G-20.

Occidente y Oriente

Los países que lo integran son Alemania, Arabia Saudita, Argentina, Australia, Brasil, Canadá, China, Corea del Sur, Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, India, Indonesia, Italia, Japón, México, Rusia, Sudáfrica y Turquía, más la Unión Europea como bloque. España es siempre invitada. Y cada anfitrión anual elige a otros invitados. Argentina lo hizo con Chile y Holanda. También suelen participar entes regionales como la Unión Africana, las naciones del Sudeste Asiático de ASEAN o las caribeñas del CARICOM.

Los miembros activos del G-20 suman 85 por ciento del PIB mundial, 80 por ciento de las inversiones globales, 75 por ciento del comercio y 66 por ciento de la población. Ya esas cifras evidencian desequilibrio, pues nos dice que hay otros casi 180 países que apenas se reparten el resto. Pero en el cuadro general, Occidente va en declive en términos económicos y desde siempre en lo demográfico, en cuanto al peso relativo en los datos citados. A su expensa crecen los jugadores orientales, los cuales por eso reclaman más espacio en donde se deciden las decisiones globales.

La relación entre Occidente y Oriente puede verse, y de hecho se ve así según intereses y expectativas de cada quien, como convergencia o como disputa. Estados Unidos, tanto en su versión globalista como en la nacionalista que expresa Trump, tiende más bien a ver una amenaza y por lo tanto plantea confrontación. El magnate americano negocia con Xi, ha trascendido, un encuentro bilateral en Buenos Aires. Y su vice, Mike Pence, dijo el 4 de octubre en el Hudson Institute: “Con su plan ‘Made in China 2025’, el Partido Comunista chino se prepara para controlar 90 por ciento de las industrias más avanzadas del mundo, incluyendo robótica, biotecnología e inteligencia artificial. Para ganar los más altos comandos de la economía del siglo XXI, Beijing puso a sus burócratas y empresarios a obtener la propiedad intelectual estadounidense, fundamento de nuestro liderazgo, por cualquier medio”. Ese es el fondo de la pelea, no los aranceles comerciales.

Analistas de relaciones internacionales creen que la teoría realista, la que ve la guerra como inevitable, ha vuelto a prevalecer sobre otras que tenían más optimismo en el liberalismo civilizatorio acaso por no asumir el gen destructivo que lleva en sí mismo el capitalismo. De hecho ya hay fintas en el Mar del Sur de la China y tanto este país como Rusia (ambos, vistos como “enemigos estratégicos” de Estados Unidos, según los últimos documentos de “defensa” y seguridad elaborados en Washington) ven brotar a sus alrededores conflictos en los cuales la injerencia extranjera es bastante evidente. Una forma de embarrarle la cancha todo lo que se pueda. Como respuesta, Moscú y Beijing, con una larga historia de recelos, se han acercado estos años en varios acuerdos de cooperación y este septiembre hasta hicieron una impresionante demostración militar conjunta en Stavropol.

China busca, además, tejer alianzas con aliados históricos de Estados Unidos. Por ejemplo con Japón, cuyo primer ministro Abe visitó en octubre a Xi. O con Gran Bretaña, primer país europeo que ingresó al Banco Asiático de Inversiones y Infraestructuras impulsado por China y atado a la Nueva Ruta de la Seda, pese a la advertencia de su hermano menor (o mayor, según se mire) del otro lado del Atlántico. Es que todos ven que Eurasia renace y que ya el peso de Estados Unidos, todavía el de mayor peso en lo económico, tecnológico y militar, merma en términos relativos. Encima no confían en la imprevisibilidad de Trump.

Además de la bilateral Trump-Xi, si se da, el estadounidense también podría firmar aquí el nuevo acuerdo comercial que supo hacerles firmar a México y a Canadá (dividiéndolos en la negociación) y otros líderes aprovecharán asimismo para afianzar contactos y discusiones cada uno con su propio libreto. 

Malestar

Si no fuera por la profunda crisis que vive Argentina y por el más que opaco papel de Macri desde 2015 –tanto que el establishment regional ahora ve como posible líder al insólito Jair Bolsonaro–, el país podría haberlo aprovechado mejor. Igual Macri buscará sacar legítimo provecho y en su gobierno ansían que aunque se anuncie algo sobre el pretendido acuerdo con la Unión Europea, por ejemplo.

Obviamente todas las cuestiones a tratar transitan por la superestructura. La gente de a pie mayormente no sabe qué es el G-20 o lo sabrá apenas por el feriado y el cerco a la ciudad, aunque sufra las consecuencias de un mundo gobernado por el poder concentrado de las finanzas, la especulación y los grandes grupos económicos transnacionales, y cada vez menos por políticas soberanas. Pero las sociedades sí entienden que los sistemas de representación están en crisis y que la “democracia” vive una hora de enormes cuestionamientos.

En Argentina, como pasa en otros países donde se reúne el liderazgo político global, habrá manifestaciones de ese malestar. Si por un lado en el Civil 20 (C-20, uno de los grupos de afinidad que aporta ideas al G-20 en nombre de la “sociedad civil”) participaron en reuniones en Argentina entidades como la Unicef o la OIT o locales como Conicet, CGT, organizaciones sociales presentaron un sumario de iniciativas para elevar al G-20, por otro lado hay un conjunto de fuerzas reunidas en la Confluencia Fuera G20 y FMI cuyo nombre lo dice todo: no confía en absoluto, al contrario, en este liderazgo mundial. Por eso viene armando una semana de acción, del 25 de noviembre al 1º de diciembre, en la que también realizarán una Cumbre de los Pueblos a la que se espera asistan varias personalidades e inclusive ex presidentes de los gobiernos populares del Cono Sur. Entre las organizaciones locales presentes se cuentan la CTA, Attac Argentina, Jubileo Sur, Movimiento Evita, CTEP, Red Amigos de la Tierra y otras.