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Por Claudio Uriarte
También favorable para la Argentina es la posibilidad de que los inversores internacionales decidan mirar a Buenos Aires con mejores ojos después del año que vivieron en peligro asiático y de su desilusión con el planeta ex URSS (favorable para nosotros, claro, siempre que el caso Yabrán o la interna de alguien no complique las cosas y se vuelva a perder una oportunidad; ver edición del viernes 23 de este mismo diario). Pero quizás más trascendente sea la contemplación de la evaporación en cámara rápida de un sistema totalmente descompuesto desde adentro. La revuelta comenzó con un ajustazo de las tarifas básicas del 75 por ciento destinado a favorecer a los amigotes de Ramaputra (perdón, de Suharto), que se beneficiaban con los dividendos. Era lo que le pedía el FMI; lástima que la dirección de la reasignación de recursos no iba a fortalecer a la rupia indonesia sino a los amigotes. Entonces Indonesia, que había estado hirviendo a fuego lento, se levantó rápidamente. Se instaló una dinámica parecida a la Revolución Islámica iraní de 1979: la policía reprimía a los manifestantes, causándoles dos muertos; entonces al día siguiente aparecían más manifestantes, y la policía les causaba más muertos. Este tipo de dinámica tiene que parar en algún lado, porque una orden de represión masiva e implacable es a la larga imposible de ejecutar: las Fuerzas Armadas, que vienen de la gente, se enfrentan contra el pueblo y se rompen, en cuyo caso está el peligro de guerra civil, o prescinden de operar --y retiran así tácitamente su apoyo a Ramaputra-- para evitar precisamente esa guerra civil. Eso es lo que ocurrió en Irán en 1979 y eso es lo que ocurrió en Indonesia esta semana. Pero, si la dinámica y consecuencias de la revolución indonesia se parecen a las iraníes, la operación de rescate y de reingeniería socio-político-militar que se está ensayando ahora recuerdan a la revuelta filipina de 1988 contra Ferdinando Marcos, otro caso de libro de texto sobre lo que es el crony capitalism. Allí Estados Unidos previno más o menos a tiempo el derrumbe del dictador y alentó abiertamente un golpe blanco en que el quite de apoyo de las Fuerzas Armadas a Marcos garantizó una transición suave hacia la democracia. Después fueron limpiando el estamento militar y la oligarquía empresarial de los considerables residuos remanentes de la época de Marcos hasta llegar a hoy, en que el país no será joya pero la dictadura, la guerrilla y el secesionismo no son peligros a las puertas. La cuestión es: ¿había que esperar tanto? O mejor dicho: ¿cuántos años se pierden en rehacer un estado de cosas sin futuro, cuando la intervención quirúrgica podría haberse realizado antes? Porque el problema de las estructuras corporativas radica justamente en su altísimo nivel de resistencia a la modificación y la reforma, lo que termina generando una dinámica de revolución. En la Argentina la mayor parte de las corporaciones se ha disuelto, salvo una. Si Suharto viviera en la Argentina, muy probablemente sería menemista.
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