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![]() Thomas Jefferson, tercer presidente de EE.UU., fue el autor principal del texto de la Declaración de la Independencia que inició la caída del colonialismo en el planeta. Tal vez previendo que la caída iba a durar dos siglos, amenizó la espera seduciendo como se decía a su cuñada. El héroe militar y séptimo presidente del país, Andrew Jackson, era bígamo. Otros tuvieron hijos de esos que se llaman naturales, como si los llamados legítimos fueran artificiales. Entrando en el siglo XX: el siempre considerado patricio, idealista y justiciero Woodrow Wilson, vigésimo octavo presidente de EE.UU., solía asistir con su amante a toda fiesta que se diera en Washington. En la crónica de una de ellas, el Washington Post incurrió en un acto fallido o no tanto que es leyenda: informó que ...de noche tarde, el presidente Wilson entró en su acompañante. Al día siguiente, el prestigioso diario repitió la gaffe como fe de erratas, aclarando que se había querido decir con su acompañante y no en su acompañante. Si acto fallido hubo, no habrá sido el del presidente. Tampoco Franklin Delano Roosevelt era lerdo en la materia. Ni hablar de John F. Kennedy, el primer presidente católico apostólico romano del país, frecuentador de los encantos de Marilyn Monroe y de no pocas muchachas de la mafia. Es evidente que, en estos casos, la relación sexo/poder funciona en los dos sentidos. Como explicó no sin candor Jody Powell, portavoz y amigo personal de Jimmy Carter tal vez el único, con Nixon, que no instalaba el empuje presidencial impropiamente, lo lindo de trabajar en la Casa Blanca es que uno consigue cualquier mujer cuando lo sabe. ¿Por qué, entonces, tanta bulla con Clinton, que se ha limitado a respetar una tradición del poder? Que la madre de Monica saque del ropero, después de tantos meses, un vestido de la hija supuestamente manchado de efusión presidencial, que una amiga de Monica le haya grabado clandestinamente horas y horas de confesiones del amor, que una investigación sobre compañías inmobiliarias desemboque en otra clase de compañías, ¿es una conspiración cuidadosamente preparada por los republicanos? A saber. Lo cierto es que la mayoría de los gobernados por Clinton cree que mintió y no le importa. Más: desea que esta historia se termine, quizá para mantener la autoficción de que el hombre que decide si habrá guerra o no la habrá, que al menos teóricamente maneja el rumbo de la economía nacional y del bienestar social, que ha sido elegido por y para ello, es algo mejor que sus votantes. Esa mayoría quiere ver al rey vestido, aunque sea en paños menores. El suceso tenía un aire de comedia picaresca hasta que el presidente Clinton dio la orden de bombardear con misiles a Sudán y Afganistán, una práctica igualmente tradicional de los mandatarios estadounidenses cuando necesitan levantar sus índices de popularidad. El argumento esgrimido es viejo: el combate contra el terrorismo internacional. Es cierto que hubo sangrientos atentados contra las embajadas de EE.UU. en Nairobi y Dar el Salaam. No es menos cierto que la respuesta es desproporcionada, demostrativa de la soberbia impune de la potencia militar más grande del mundo, que se permite convertir la agresión de un grupo contra la nación en agresión de nación a nación. Noam Chomsky ha señalado que ésa fue la línea de Reagan cuando asumió el gobierno: convirtió al terrorismo internacional en la amenaza más importante para Estados Unidos por varias razones, entre ellas, preparar el principal ejercicio de terrorismo internacional destinado a toda Centroamérica, un empeño que mató a cientos de miles de personas y frente al cual empalidece cualquier otro ejemplo de terrorismo internacional. En ese contexto, decir que estamos bajo el ataque de los terroristas es igual a que Adolf Hitler declarara que estaba bajo el ataque de los judíos. Altos funcionarios estadounidenses insisten en que el bombardeo a una fábrica sudanesa de armas químicas que resultó ser de productos farmacéuticos y a unas aldeas de Afganistán era en defensa propia. Esa es una broma, responde Chomsky. Sí. París bien valió una misa alguna vez. El vestido manchado de Monica Lewinsky no vale los 79 millones de dólares que costó la operación y, muchísimo menos, las vidas humanas que cobró. Al parecer, Bill Clinton tiene una opinión muy alta del valor de sus excrecencias presidenciales.
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