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Por Horacio Cecchi ![]() Entraron a las 9.15. Yo estaba atendiendo a una pareja de unos 60 años que buscaba un departamento para alquilar, y les di para que llenaran un formulario relató a Página/12, Rodrigo Rey (19), uno de los empleados de Mas Propiedades. Uno de los tipos, muy bien vestido, se sentó en el escritorio de Eduardo (Dalbis, de 49 años, el otro empleado) y le empezó a preguntar datos sobre inversiones inmobiliarias en la zona. El otro vino a sentarse junto a mi escritorio, al lado de los clientes, como si estuviera esperando que yo lo atendiera. Mientras la pareja llenaba el formulario, el que simulaba esperar se levantó y se acercó a Rey. Vení conmigo, y no te hagás el boludo porque te apago, le dijo disimuladamente, mientras le mostraba un arma. Rey lo acompañó hacia una de las oficinas del interior del local. A los pocos segundos, apareció Dalbis, también en silencio y encañonado por el inversor trucho. Dalbis me decía tranquilizate que no va a pasar nada, pero qué, yo estaba muerto de miedo, aseguró después Rey, mesando su barbita candado, atareado con el ajetreo de las declaraciones policiales y con la conciencia todavía lejana a lo que había vivido. Un tercer personaje, también trajeado, entró a los pocos minutos al local. Cruzó la recepción donde se encontraban los dos clientes de más de 60 llenando el formulario, y enfiló derecho hacia la oficina. ¿Dónde está la guita?, preguntó uno. El tipo hablaba tranquilo, pero igual tenía el dedo en el gatillo, recordó Rey. Le abrimos la caja fuerte. Había 2100 pesos que se los dimos enseguida. El trío de inversores truchos guardó la plata, pero reclamó más. No se hagan los boludos que acá hay más tela, ¿dónde la guardaron?dijo uno, el único que estaba como loco. Al parecer, la banda había recibido el dato de una operación inmobiliaria por 50 mil pesos que se habría realizado el día anterior, pero el dato era erróneo o incompleto, porque la operación se habría realizado en un banco. El trío encerró a Rey y a Dalbis en el baño del local y se dedicó a registrar todos los escritorios, detrás de los cuadros, en cada rincón de la inmobiliaria, mientras la pareja intentaba completar el formulario. Ninguno de los tres inversores truchos pudo hallar el dinero. En algún momento, decidieron retirarse. Tomaron una pistola 38 del local y salieron a la calle. Los esperaban otros tres cómplices en la puerta y un patrullero de la División Prevención del Delito en la esquina de Lisandro de la Torre y Zelada. La banda había estacionado un Peugeot 405 y un VW Gol contra la vereda, y un Fiat Siena dando la vuelta por Zelada. Se les pidió identificarse. Resultaban demasiado sospechosos como se manejaban dijo a Página/12 el comisario Carlos Sidrás, jefe de Prevención del Delito. Estaban bien vestidos, tendrían entre 45 y 50 años. Salieron apurados de la inmobiliaria y cuando vieron el patrullero se dispersaron y empezaron a tirar. Tres escaparon hacia Zelada y el resto huyó por De la Torre. Uno de estos últimos intentó subir al Gol que, inexplicablemente, había cerrado con llave. Las balas policiales no le dieron tiempo. El segundo cayó en un pasillo a mitad de cuadra. El tercero logró huir. Del grupo que escapó hacia Zelada, dos murieron en el camino, mientras el último también desapareció entre los comerciantes que recién empezaban a levantar sus persianas, y algunas vecinas que terminaban de baldear la vereda. El lunes uno de los delincuentes pasó por la inmobiliaria para analizar el lugar, con la excusa de buscar un departamento. Los tipos eran profesionales y estaban muy bien armados, informó un subcomisario de Prevención de Delitos que verificaba medidas y tomaba datos. Dos se nos escaparon, pero no sabemos si había otros que no vimos. Desde que entró el primer inversor trucho al local y se sentó frente a Dalbis, hasta que sonó el último disparo, habrán pasado unos 10 minutos, a lo sumo 15. Recién al promediar el tiroteo, la pareja de clientes comprendió la situación por la que había pasado. La mujer sufrió un shock nervioso y fue internada en el Hospital Santojanni.
PEDIDO DE LA APDH A LA JUSTICIA
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