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Por James Neilson |
![]() ¿Han aprendido los demócratas lo suficiente de los fracasos del pasado como para hacer de la Alianza algo más que otro intento voluntarista de conjurar el maleficio histórico que a partir de 1930 ha frustrado tantas iniciativas prometedoras? La reacción de radicales y frepasistas ante los resultados de la "interna abierta" del domingo dará una respuesta. Si se comportan como aliancistas, cerrando filas en seguida en torno al triunfador o triunfadora, el frente ya habrá adquirido vida propia. Según las encuestas de opinión, son muchos los radicales que votarán por Graciela Fernández Meijide, mientras que una proporción similar de frepasistas optará por Fernando de la Rúa: si están en lo cierto, se trata de una señal sumamente esperanzadora. En cambio, si los profesionales de la política siguen anteponiendo su partido a la Alianza y su facción particular al partido, las perspectivas de este movimiento aún muy precario serán sombrías, porque quienes se sientan perdedores serán tentados a hacer causa común con alguno que otro caudillo peronista. El primer año de la Alianza ha sido deprimente. Como ha comentado con satisfacción Eduardo Duhalde, ha perdido su encanto original, la sensación de que por fin los no peronistas estaban poniéndose a la altura de sus responsabilidades. El desencanto ha tenido mucho que ver con la interna prolongada que, de más está decirlo, ha servido para exagerar las diferencias entre las dos agrupaciones fundadoras y sus dirigentes respectivos --exceptuando a los dos precandidatos mismos--, que para resaltar lo que tienen en común. El domingo, la interna quedará atrás, pero tendrán que transcurrir varias semanas para que el país se entere si sólo fue un trámite para que la Alianza termine más unida que nunca o, como esperan sus muchos enemigos, una prueba de fuerzas que presagió el fin del accidentado idilio frepasista-radical.
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