Principal RADAR NO Turismo Libros Futuro CASH Sátira


PANORAMA POLITICO
Cenizas del Paraíso
Por J. M. Pasquini Durán

na04fo01.jpg (7187 bytes)

El miércoles pasado, por fin, el presidente Carlos Menem develó la causa última que lo inspira a quedarse en el cargo para siempre. “Estamos obedeciendo un mandato de Dios”, aclaró en la intimidad de un mítin partidario. De paso, satanizó a los opositores de adentro y de afuera del menemismo. “Le tienen miedo al pueblo”, acusó a todos los que se atreven a desafiar la voluntad divina. Será por aquello de voz del pueblo, “vox Dei”. Por cierto, su confianza en el veredicto popular era menor el año pasado, cuando Eduardo Duhalde lo corrió con la vaina de un plebiscito bonaerense, obligándolo a desistir en público de buscar un tercer mandato sin previa reforma constitucional.
Claro que, ante “un mandato de Dios”, la ley del hombre pierde gravedad y sentido. Hasta los tiempos son diferentes y visto así resulta comprensible que al día siguiente quedara en blanco el calendario de las internas partidarias, cuyas nuevas fechas serán manuscritas cuando convenga a la suprema voluntad. A partir de la revelación, todos los episodios que solían atribuirse a meras intrigas humanas tienen ahora una mejor explicación. Por ejemplo, la impunidad no es tal. En todas las épocas en las que los valores establecidos tuvieron origen divino, la moral de la corona y la ley común corrieron por caminos separados.
Algunos prefieren creer que la frase presidencial no es el fruto de alguna iluminación, en un tiempo de tinieblas eléctricas, sino la exaltada oración del tribuno en una caliente noche de verano. Pero, ¿y si fuera “la razón de la sinrazón que a mi razón se hace”, como en los antiguos relatos de caballerías? Por lo pronto, el precandidato Duhalde, que en esa visión vendría a ser un módico Judas de entrecasa, y el nonato postulante Carlos Reutemann, una suerte de Poncio Pilatos, parecen dispuestos a creer que el Presidente, en ese discurso, y sus fieles al día siguiente en el Consejo del PJ, mostraron la hilacha entera. No quieren desocupar la Casa Rosada, igual que si fuera casa tomada.
¿Cómo podría quedarse? En la ley del común harían falta dos requisitos en varios pasos sucesivos: 1) la reforma constitucional, previa ley del Congreso que la disponga por la voluntad de dos tercios de sus miembros, y 2) la mayoría de los votos, en primera o segunda ronda de urnas, después de ser proclamada la candidatura en la interna partidaria o por acuerdo de fuerza mayor. A simple vista, como lo reconoció Menem en esa tórrida noche, “hay un millón de obstáculos”. ¿Cómo vencerlos? Los leguleyos del oficialismo demandarían un último servicio de la Corte Suprema, que retorcería el cuello de la inhibición constitucional, por más embarazoso que fuera para la doctrina jurídica.
Esto, de por sí, implicaría un escándalo institucional de proporciones, pero este gobierno está acostumbrado a las desmesuras, no les teme. Además, confía en atenuarlo con la lealtad acrítica del establishment local e internacional debido a sus antecedentes como garante de esos intereses y a las alianzas tejidas en Washington, Londres, Vaticano y Mercosur. En el Gobierno fue entendida como una señal de confianza que la crisis en Brasil no haya provocado una corrida del peso al dólar y, hacia el futuro, propone declinar la soberanía monetaria en beneficio de los acuerdos comerciales que auspicia la Casa Blanca.
“Lo que las leyes no prohíben puede prohibirlo la decencia”, recordaba Séneca, pero en estos tiempos, ¿a quién le importan los consejos de unestoico? La realpolitik suele darles la razón a los que piensan que el fin, si es útil aunque no sea bueno, justifica los medios. Acaba de probarlo el Vaticano, justo el lugar donde la razón de Estado no debería perforar la ética, con su respaldo a la inmunidad de Pinochet. Esto fue recibido en la Rosada como un signo de aliento, porque legitima su propia adhesión al viejo dictador y porque mostró que la disciplina corporativa puede alinear con Roma a la institución de los obispos argentinos, tantas veces denunciante de la crisis de valores en el país. Dicho en plata: ¿cuántos obispos se alzarían si el cardenal Sodano, esa combinación de Corach y Di Tella que gestiona las cruzadas papales, los conmina a la solidaridad (aunque sea por pasiva) con uno de los poquísimos gobiernos en el mundo que acompaña posiciones tan incómodas como las del antiaborto? ¿Podrían olvidar la célebre consigna, “Jesús, y no César”?
En cuanto a los votos, hay datos en las innumerables encuestas apiladas en los escritorios oficiales que son leídos como promisorios por los leales al “mandato de Dios”. A ocho meses de los comicios, la intención de voto divide en tres el padrón nacional: un tercio para la Alianza, otro para el PJ y el otro aloja a indecisos y blancos (el sobre vacío es la única tendencia que crece). En la provincia de Buenos Aires, primer distrito en el país, aunque sigue primera la candidatura de la Alianza, muestra cierta tendencia a frenarse o declinar, por lo cual la diferencia a favor de la oposición deja de ser abrumadora en el escrutinio total. Esto, por cierto, sin que todavía estén definidas las candidaturas del PJ.
Luego, el Gobierno confía en repetir la performance de Córdoba en los comicios de Catamarca, San Juan, Salta y Tucumán, que son anteriores al nacional. En estos distritos, donde el feudalismo político sigue vigente, puede ocurrir lo que hace poco sucedió en México con el PRI en los estados de Guerrero, Hidalgo y Quintana Roo. Allí se impuso el oficialismo, según razonó en La Jornada el columnista Horacio Labastida (“Las masas corruptas”), por antiguas motivaciones: “Aprovechando el hambre, la ignorancia o la generalizada cultura de corrupción que transforma la decisión inmoral en un deber-ser de la conducta, alimentada ésta con recursos del erario público o la oferta de beneficios a futuro, el gobierno impulsa cascadas de sufragios simuladamente libres de pecado ante los responsables de su recepción”.
Aunque siempre es frágil la conclusión que considera situaciones diferentes para imaginar resultados semejantes, todavía podría agregarse otra consideración, ésta de tradición nacional, que anotó hace algunos meses el politólogo Alberto Castells, investigador independiente del Conicet: “Los argentinos siempre hemos querido tener un padre protector que guíe nuestros destinos. Por eso surgen ciertas figuras fuertes y la dominación que ejercen nuestros líderes lejos de ser racional se basa en el carisma”. Como se ve, desde la vereda oficial estas manchas del paisaje pueden ser entendidas como designios celestiales.
Todo junto podría dibujar un destino manifiesto si el Gobierno estuviera solo, sin gente, y operando en la realidad cyborg (organización cibernética). Pero no es así. El menemismo representa un pensamiento conservador, conocido como neoliberalismo, que hoy aparece en tendencia mundial decadente. Para no abundar en evidencias, una inmediata: la próxima semana, en cinco ciudades de Brasil, lanzarán la propuesta de organizar filiales en el país de ATTAC, una organización no gubernamental internacional creada para debatir alternativas al neoliberalismo y luchar por ellas.
La iniciativa surgió, en diciembre de 1997, de Le Monde Diplomatique en Francia, cuyo director, Bernard Cassen, es presidente de esa ONG, cuya sigla se deriva del apoyo a la antigua propuesta del norteamericano James Tobin, Premio Nobel de Economía en 1972, que sugería gravar con 0,1 % las transacciones financieras internacionales (estimó una recaudación de 166 mil millones de dólares por año) para recaudar fondos destinados acombatir la pobreza. ATTAC significa “Acción por una Tasa Tobin en Apoyo de los Ciudadanos”.
Basta repasar cada día la prensa internacional para asomarse a los esfuerzos de variados exponentes del pensamiento político y económico, muchos de ellos en funciones de gobierno, que se preguntan por nuevas rutas hacia el futuro. En el país, la Alianza hizo el gesto, en el acto de inauguración, de sumarse a esa corriente, aunque hoy parezca a resignada a ser la alternancia y no la alternativa de lo que hay. Si Fernando de la Rúa busca, como dice, “el nuevo camino” y si la inspiración de sus socios es socialdemócrata, no podrán encadenarse a lo previsible en plena era de los imprevistos, más tarde o más temprano tendrán que afrontar el problema de la representación social de su propuesta y alguno tendrá que animarse, aunque el mercado se impaciente, a decir que lo público puede ser, si no bonito, útil y necesario. Dado que no hay vías únicas, ni deseos puros, ni verdades reveladas (salvo que Dios haya emitido otros mandatos), cuando lo viejo ya no sirve y lo nuevo no aparece, la mayor parte de las respuestas no está en los laboratorios sino en la gente. ¿Quién podría controlar mejor a los concesionarios de servicios públicos que los usuarios, en lugar de burócratas siempre más débiles que los directos interesados?
Fueron suficientes diez días de apagón forzado en un sector de la Capital para que crujiera en el sentimiento popular toda la doctrina de la privatización y del mercado. Sin proponérselo, hizo más Edesur en menos tiempo por liberar las conciencias de los fundamentalismos neoliberales, que las bibliotecas enteras de la oposición. En estas circunstancias es cuando se pone a prueba la capacidad de una organización política para hacerse cargo del estado de ánimo de la población y convertir la rabia circunstancial en decisiones de mayor alcance. En todo caso, hay que preguntarse si la bronca alcanza para ganar elecciones.
La dirección de la Alianza es centrista –si es que eso quiere decir algo–, aunque en su base hay mucho rescoldo de la izquierda. Hablando de ésta, un ensayo crítico (“La identidad de izquierda, una subversión pendiente”, en El Rodaballo Nº 9), dice así: “A fuerza de recurrir a las verdades absolutas –como igualdad, justicia, libertad–, fuera de las situaciones en las que los participantes pudieran asumir los conceptos implicados, la izquierda fracasa en su intento de anunciar lo nuevo y resulta apenas impertinente por la obviedad de lo que es cierto, pero al mismo tiempo inofensivo, por no estar en discusión”. No se trata, en realidad, de un vicio exclusivo de la izquierda, pero su efecto es letal lo mismo, aunque se cometa en otro punto del arco ideológico.

 

PRINCIPAL