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ENTREVISTA EXCLUSIVA EN TANGER AL ESCRITOR PAUL BOWLES
“Lo único seguro en la vida...
es la muerte”

Recluido por obligación en su mítica casa de Marruecos, otrora un imán para toda una generación de narradores, el legendario escritor estadounidense espera su último suspiro sin tensión: “Si la muerte entrara por esa puerta trataría de ser lo que soy, un hombre cortés”, dice en esta entrevista exclusiva con Página/12, en la que recuerda momentos con Allen Ginsberg, Salvador Dalí, Tristan Tzara y otras figuras excepcionales de la cultura y se confiesa un admirador más de Jorge Luis Borges.

Una instantánea de Tánger en 1961, en el jardín delantero de la pensión de William Burroughs.

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Por Marcos Rosenzvaig desde Tánger

t.gif (862 bytes) Llegar a la casa de Paul Bowles es más sencillo que espantar a los desocupados marroquíes. Hombres y niños de obsesa insistencia se pegan a uno para oficiar de acompañantes en Tánger. Cerca del centro, en un viejo edificio descuidado, acompañado desde hace años por su fiel doméstica y por un chofer, conocido por media ciudad de Tánger (empleados, buscavidas, actores, taxistas y camareros), continúa con sus 88 años viviendo este genial escritor estadounidense. Es la mañana, aunque en su departamento pareciera que fuese de noche: las ventanas cerradas, el leño encendido, libros desparramados por los dos únicos ambientes, libros que jamás leerá debido a su ceguera parcial y a su completo desinterés por el mundo. Allí está Bowles, extendido a lo largo de la cama, a un costado del mundo, rodeado de cientos de cartas que jamás contestará. “Recuerda los años de peregrino incansable, algunos atardeceres, algunas noches de luna, sólo algunas, el hombre recuerda a lo largo de la vida”, escribió este mismo hombre, y ese texto se escucha en off, al final del film Refugio para el amor, de Bernardo Bertolucci. La doméstica pauta el tiempo de la entrevista. Para ella, cuidarlo es conservar su trabajo. Para él, conservarla a ella es extender su vida.
–En la edad intermedia como la mía, la infancia suele ser tan lejana como brumosa, pero en la vejez el hombre suele vivir con mayor intensidad los primeros recuerdos. ¿Qué imagen conserva de su infancia?
–Muchas imágenes. Siempre estaba solo, porque no había conocido a otro niño hasta los seis o siete años. Yo creía que sólo existían los adultos. Cuando ingresé a la escuela tenía que protegerme de sus ataques, de su salvajismo. Hasta hoy no comprendo a los niños, gritan, juegan, suelen ser feroces.
–¿Nunca pensó en tener un hijo?
–Nunca. Bueno, sí... recuerdo haber hablado con mi mujer. Jane dijo que era muy fácil hablar para un hombre. Mi madre sufrió mucho cuando yo nací, con los pies afuera y la cabeza adentro. Además hay millones de niños en el mundo, ¿para qué necesitamos más?
–El castigo al que era sometido Kafka era una penitencia en un balcón interno. ¿De qué forma lo castigaban a usted?
–A mí no me castigaban porque yo me rebelase. Mi padre era un hombre severo, antipático. Yo no sabía querer. En cambio, sabía mucho acerca del temor. Las palabras de mi padre eran pausadas pero capaces de arrastrar ciudades. En cambio mi madre era dócil, tenía una gran ternura. De niño, más que leer a los escritores, me deleitaba leyendo mis propios cuentos. Los releía durante las noches para volver a escribirlos durante las mañanas.
–¿Su primer rebelión fue a los 18 años, como está escrito?
–Me fui sin decir nada, no hice daño a nadie. Bueno, a mi madre, según dijo mi padre. A esa edad comencé a viajar por el mundo. Así llegué un día a París.
–¿A quién conoció?
–La segunda vez que estuve en París conocí a Tristan Tzara, era un hombre serio. Tenía esculturas africanas y un gato siamés enorme y maravilloso. El gato siempre en los tobillos del cocinero pidiendo comida. El cocinero solía darle patadas, hasta que un día dejó la puerta semiabierta de la cocina y el gato le saltó al cuello. Al día siguiente le dijo a Tristan Tzara y a su mujer, que era una hermosa sueca, “si el gato se queda yo me voy”. Era un buen cocinero, pero se tuvo que ir. Conocí a Schönberg y a B. Hause, que ahora está olvidado. Cuando la guerra terminó, los franceses lo metieron en la cárcel. Era del otro lado, amigo de un ministro de cultura que habían mandado los nazis a Francia. En general no conocía mucha gente porque siempre estaba solo, siempre me ha gustado estar solo. En Berlín conocí a un arquitecto, Gropius, que era un hombre de negocios, no parecía un artista. En realidad nunca supe por qué fui a conocerlo. Tal vez porque en ese momento me pareció que era importante. Los alemanes que conocí eran todos judíos, el dueño de la tienda más grande de Alemania en el año ‘31, antes de la debacle. El no imaginaba nada de lo que iba a pasar, y yo menos, creo que yo vivía como en un teatro.
–¿Recuerda alguna anécdota con Allen Ginsberg?
–La primera vez que vino a Tánger mi mujer estaba enferma, había tenido un derrame. Yo estaba de viaje y fue ella quien atendió el teléfono. “¿Quién es?”, preguntó, y desde el otro lado del teléfono respondió una voz diciendo “¡Allen Ginsberg, joder!”. “¿El qué?”, dijo mi mujer y Ginsberg le dijo: “¿Usted cree en Dios?”. Mi mujer le contestó: “No voy a discutir esas cosas con usted por teléfono”. Ella consintió en encontrarnos al día siguiente de mi llegada. Ella tenía destruida la mitad de su vista a causa del derrame. Ginsberg dijo: “Bueno, si no puede verme tal vez pueda imaginarme”. Mi mujer no le tenía ninguna simpatía, creo que lo odiaba.
–¿Y a Krishnamurti?
–Lo conocí en el año ‘31, él vivía en Holanda. Era una persona muy simpática, claro que yo era demasiado joven como para discutir temas filosóficos con él.
–¿William Burroughs?
–Era muy divertido, en el jardín de su casa había construido una casita de plomo, él estaba convencido que esa casita lo colmaba de alegría. Después de una larga insistencia, un día accedí a encerrarme allí dentro, y pasé un frío insoportable. Salí congelado, era horrible. Su opinión fue que yo me apresuré, que necesitaba por lo menos una hora más de encierro. Tenía ocurrencias rarísimas, decía que tenía una aureola en la cabeza que lo hacía invisible. Salía a la calle y no veía a nadie y él decía que nadie lo podía ver.
–¿Salvador Dalí?
–Era ridículo. El no hubiese sido tan ridículo si no fuera por Gala. Ella sabía hacer buena prensa. La publicidad era muy importante para él. En una oportunidad yo hacía la música de una obra y él era el realizador de la escenografía. Yo no había podido asistir a los ensayos, había dejado la música escrita y aparecí un día antes del estreno. Dalí estaba sentado sobre una butaca dos filas delante, al darse vuelta hizo un gesto de triunfo acerca de la realización de su escenografía. Para mí era horrorosa, no tenía nada que ver ni con la música ni con la obra. El estaba contento de su realización y yo quería desaparecer cuanto antes.
–¿Por qué cosas le gustaría seguir viviendo y por qué cosas le gustaría no despertar jamás?
–La razón por la que quiero seguir viviendo es porque soy un animal, y todos los animales quieren prolongar la vida a costa de lo que sea. Es una razón existencialista.
–¿Sintió en algún momento el miedo a la soledad?
–No, la soledad es un estado perfecto. Tengo más miedo de la gente que de la soledad. La soledad no tiene sorpresa. Uno no puede fiarse de los seres humanos, nunca se sabe lo que esconden.
–¿Qué lo llevó a ingresar al Partido Comunista?
–Era una manera de contestar a mi padre, una forma de manifestar mi libertad. El era muy reaccionario, a tal punto que para él fue una tragedia. No fue serio, fue más bien una razón puramente personal.
–¿En qué lugar comenzó a escribir “El cielo protector”?
–En Fez, y la terminé allí. Durante ese período continué viajando por el Sahara, no paraba de escribir mientras viajaba, pero la mayor parte de la novela la escribí en un hotel llamado Belvedere, estaba al lado de la Medina, a un costado de la puerta. Era un lugar agradable, de buena comida. Cuando la comencé estaba solo, y cuando la terminé estaba con Jane. Terminé de escribir la novela en el ‘48 y ella murió en el ‘73. Era demasiado alcohólica, sufría de alta presión, era una mujer que desbordaba energía.
–¿A qué persona le gustaría ver?
–A ella, me gustaba estar con ella. Era una mujer que comprendía todo, algo así como una adelantada para la época. Su infancia fue desafortunada a causa de varias operaciones en una pierna. Era muy joven cuando nos casamos, no hicimos ni fiesta ni tampoco invitamos a amigos. Sólo compré unos folios que llenamos y fuimos a firmar, después nos llegamos hasta una iglesia como para darle el gusto a mis padres. Ignoro por qué, dado que ellos eran ateos. A lo largo de mi vida no tuve ninguna relación con Dios, nunca fue un tema que me preocupó.
–¿Cree usted estar identificado con el personaje de Porter en El cielo protector?
–No, no estoy identificado con el personaje protagonista. Los personajes brotaban de mi imaginación. Creo que la novela debe ser así, un viaje a lo imaginario; no se trataba de un viaje realizado, tal vez una suma infinita de viajes hechos a lo largo de mi vida. Siempre escribí en la cama con una lapicera, ni máquinas de escribir ni computadoras. No me fío de las máquinas, tampoco de las personas. Las personas son como máquinas.
–¿Para usted el hombre se parece a las águilas?
–¿Por qué?
–Porque las águilas vuelan solas.
–Puede ser.
–Cincuenta años antes usted veía en El cielo protector lo que sucede en la era de la globalización económica y cultura. “La gente de cada país se va pareciendo cada vez más a la de los otros. Todo se vuelve gris y se volverá más gris todavía. Pero algunos resistirán la enfermedad más tiempo del que supones. Verás, en el Sahara.” ¿Cómo imagina el nuevo milenio?
–Algo electrónico, que no se puede imaginar. Creo que la vida va a ser menos normal, tal vez sea mejor.
–¿Qué caminos volvería a ver, qué ciudades, pueblos o desiertos si pudiera?
–No quiero volver a ver lo que vi, prefiero morir con las imágenes de las ciudades tal como las conocí, imaginar que nada ha cambiado, es mejor no volver. Entre tantos viajes que hice recuerdo haber estado en Colombia y en Venezuela: allí la gente era rara.
–¿Por qué?
–Hacía calor pero las mujeres usaban pieles de animales, porque era chic. Otra de las cosas que me llamó la atención era que ellas tenían sus heladeras a la entrada de las casas. Una barbaridad, la heladera debe estar en la cocina. Pero ellos me contestaron que era bueno que la gente pudiera ver lo que había dentro. Era una forma ridícula de manifestar la riqueza.
–¿Por qué eligió Marruecos?
–No sabía nada sobre Marruecos. Estaba en la casa de G. Stein y le pregunté: “¿Adónde vas?”. El me dijo “vamos a Tánger”. Yo no tenía ninguna idea, sus argumentos eran de los más graciosos, él había elegido Tánger porque no llovía. Aquí uno puede pasarse cuatro meses sin una gota y sobre todo hay mucho sol. En 1931, cuando llegué aquí por primera vez, Tánger era una bonita ciudad para descansar, la vida era barata y había mucha libertad. Los franceses tenían su parte y los españoles tenían su ciudad. La parte española era pobre. Los soldados carecían de botas, había miles de soldados sin calzado, en cambio la parte francesa era más rica. En Estados Unidos nosotros éramos pobres. En Tánger teníamos tres sirvientes, se hacían fiestas a lo grande. En fin, éramos ricos con sólo cruzar el mar.
–¿Cuáles son sus escritores predilectos?
–No sé, cada época de la vida tiene sus escritores. Pero si tengo que nombrar a dos elegiría a Kafka y a Jorge Luis Borges.
–¿A qué escritor argentino le hubiese gustado conocer?
–A Julio Cortázar, sin dudas.
–Si la muerte entrara por esa puerta y fuese una mujer hermosa. ¿Usted qué le diría?
–La invitaría a que se siente, le convidaría un chocolate, trataría de ser lo que soy, un hombre cortés. Además, espero su llegada. Lo único seguro en la vida... es la muerte.

 


 

EL HOMBRE QUE SUPO COMO DESAPARECER A TIEMPO
La máquina radicada en Tánger

Por Rodrigo Fresán

t.gif (862 bytes) En la entrevista que aparece en estas páginas, el escritor Paul Bowles se define, sin dudarlo y a los casi noventa años de edad, como un hombre tan cortés que no dudaría a la hora de servirle un chocolate a esa muerte a la que intuye cercana. Tal vez esa misma cordialidad es la que, desde hace años, convirtió a Bowles en una atracción turística de la ciudad de Tánger a la vez que versión respetable del emigré norteamericano de la época en que viajar y desaparecer tenía algún sentido, porque el mundo era grande y el verbo desaparecer era una posibilidad cierta a la hora de sentirlo como parte importante de la obra artística.
Desde joven –nacido en 1911, hijo único de un odontólogo neoyorkino–, Bowles se preocupó por trazarse un perfil diferente: sus cuentos y novelas gozan y hacen disfrutar de un cierto aire clásico. Los mejores –reunidos en el volumen The Delicate Prey o en los recomendables Cuentos escogidos (Alfaguara)– lo convierten en una suerte de Edgar Allan Poe nómade y exótico cruzado con Kafka y Camus. Uno de sus cuentos más famosos –“La presa delicada”– culmina con un final que se las arregla para ser al mismo tiempo feliz y terrible: “Una vez que se fueron, el moungari hizo silencio para esperar a lo largo de las horas frías por el sol que traería primero tibieza, luego calor, sed, fuego, visiones. Para la noche siguiente, ya no sabía dónde estaba, no sentía el frío. El viento le llenaba la boca de arena mientras cantaba”.
Su vida, sin embargo, es decididamente vanguardista: viajero sin mapa ni brújula, casada con la talentosa y enloquecida Jane Bowles, músico experimental discípulo dilecto de Aaron Copland y punto de referencia para escritores que pueden llamarse Truman Capote o Tennessee Williams o Allen Ginsberg o Jack Kerouac o Gore Vidal o Jay McInerney o Patricia Highsmith, cuya mejor novela, El temblor de la falsificación, es un inteligente tributo al mundo literario de Bowles. Haber estado en Tánger y no haber visto a Bowles –su casa, dicen, está siempre abierta– es como ir a New York y no haber subido a las cimas del Empire State. Algo así.
Algo de eso se percibe en su aparición como narrador/coro griego en la buena adaptación cinematográfica de El cielo protector (estrenada aquí como Refugio para el amor) que hiciera Bernardo Bertolucci. En su momento Debra Winger se confesó perdida e inexplicablemente enamorada de este anciano atemporal que, en el film, contempla el devenir de una historia de amor maldito con la parsimonia de quien se detiene a intentar percibir el instante preciso en que cambian las mareas. “Mi idea era que en la novela los personajes se mantendrían en movimiento por el desierto, que uno de los protagonistas iba a morir y que a partir de ese punto el libro se escribiría solo”, recordó Bowles. Tal vez siguiendo esas instrucciones, Sting escribió “Tea in the Sahara” para el Synchronicity de The Police.
Los últimos años los pasó en la cama presagiando un choque tan inevitable como definitivo entre el Islam y Occidente, feliz de saber que no estará para verlo: “Ya no hay nada, no queda nada. Yo estoy aquí no porque quiera estar, sino porque no me puedo ir, no tengo fuerza física. Y, además, a dónde iría... No quiero volver a ningún lado. Yo fui feliz cuando tenía 20 o 30 años. Ahora tengo muchos más y no estoy contento, pero al menos estoy vivo. No importa, la felicidad no tiene importancia. Yo siempre sostuve que nunca fui dueño de una vida personal o interior. Eso lo ha hecho más fácil a la hora de desaparecer. Siempre dije que no soy una persona, no tengo opiniones ni reacciones. La soledad es preferible a todo. Vivo y veo. Soy una máquina”, declaró hace poco.
Una de sus fotos más reveladoras lo muestra casi recién llegado a Tánger, en un traje blanco y con el cuerpo tenso de quien se resiste a ser arrastrado por un viento que sopla desde todas partes y de ninguna. Si se mira fijo la foto, si se dejan pasar unos minutos, se descubre que, como en sus cuentos, no puede discernirse el punto exacto donde termina el escritor y empieza el viento. O viceversa.

 

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