Por Hilda Cabrera En esta pieza
breve del inglés Harold Pinter (1930), los personajes quieren ser otros, en principio
buenos amantes. Este deseo los lanza a un juego que pretenden resulte divertido, aun
cuando encubra un descalabro amoroso. Así es que, en lugar de abrumarse con reproches o
justificaciones, Sarah y su marido Richard, en apariencia dos perfectos burgueses,
acuerdan ahuyentar mediante el adulterio el hastío que les produce la convivencia
matrimonial. No se trata aquí de presiones externas a la pareja ni de una progresión de
miedos, inseguridades o fracasos sino del arrastre de un impreciso estado de
insatisfacción, consecuencia en parte de la erosión que el tiempo produjo en un amor
atado a la rutina. Las agujas de un gran reloj de pared van marcando en esta prolija
puesta de Raúl Serrano las horas y los minutos que la pareja destina a la pasión amorosa
y al aburrimiento. La franqueza es esencial al matrimonio, dicen Sarah y
Richard, aunque opten por lo contrario. Poniéndole el cuerpo y la voz a esta obra de
humor amargo, la actriz Alejandra Rubio compone una Sarah por momentos sumisa o
dominadora, vulnerable ante la realidad y algo excedida en gestos y mohínes. Por su lado,
Lorenzo Quinteros, en el rol del patético Richard, logra algunas escenas de excelente
composición. Acotados por una ambientación de corte realista, los actores se someten a
un ritmo que roza el vodevil. Escrita en 1962 como guión para televisión y adaptada poco
después por el mismo Pinter para el teatro, El amante desarrolla su historia en escenas
cortas, separadas aquí de modo elemental por apagones. Descubre las heridas y los
rabiosos conflictos de la pareja con humor sarcástico e impiadoso, puesto que no es éste
el salvataje de una relación dañada sino la antesala de un salto al vacío. La relación
necesita de enmascaramientos y mentiras para expresarse con fuerza instintiva. Los
personajes no tienen escapatoria. Lo único que les queda es aferrarse a una ficción.
Sólo allí, dueños de su papel, pueden saber qué pasos seguir para no quedar
afectivamente marginados, solos tal vez para siempre. Si bien la obra resulta interesante,
no es ésta una de las más acabadas de Pinter, quien es considerado un maestro en el arte
del lenguaje utilizado como smoke screen (pantalla de humo) y autor, entre
otras piezas célebres, de El montacargas (en la línea de Beckett y Kafka), Traición, de
1978 que lo confirmó como un clásico contemporáneo, la reciente Polvo eres,
y de textos de intención política y social en los que abordó temas como el de la
tortura, en su opinión un horror cotidiano. Este hijo de un zapatero judío
del East End londinense, que padeció la versión británica del fascismo, fue
objetor de conciencia, actitud por la que sufrió un proceso. En la década
del 80 denunció, junto a unos pocos intelectuales, la construcción de un bunker
destinado a cuartel general de la fuerza nuclear en Europa bajo el campo de un club de
Buckinghamshire (en 1984), y en mayo último hizo pública su oposición al bombardeo de
Yugoslavia por la OTAN.
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