Por Fernando DAddario Joaquín Sabina
protagoniza, dirige y produce la más piadosa de las mentiras: se trata, en rigor, de una
verdad tan publicitada y exacerbada que supera la frontera de la credibilidad hasta
convertirse en un engaño delicioso. Lo piadoso del engaño tiene que ver con la
posibilidad que le da el músico español a su público de compartir la mentira, de
mimetizarse con ella a través de un compromiso de complicidad asumido de antemano. La
verdad es obvia: a Sabina le gustan la noche, las putas, el alcohol, los bares bizarros,
etc. Sólo que en sus manos (en su voz y en su pluma, para ser más exactos) esas claves
de leve incorrección urbana se convierten en la columna vertebral de su espectáculo. Y
llega un punto en que nadie le cree. Allí, donde se diluyen los límites entre la verdad
y la mentira, Sabina moldea con precisión de relojería ese extraño magnetismo que
ejerce sobre su público.El miércoles comenzó en el Gran Rex el tramo porteño de su
tour de presentación de su último CD, 19 días y 500 noches. El título del disco ya
remite a un estado de gira permanente, espíritu que intentó transmitir en su paso por
Buenos Aires. La voz más gastada que de costumbre (a su edad, en su target artístico,
las señales de decadencia se convierten en pergaminos), una escenografía que fluctuaba
entre una estación de trenes con vías muertas y un cabaret a lo Arturo Ripstein, con
puta incluida (que además era su corista), una banda prescindible (a excepción de
Fernando Samalea) y su maratón de canciones, un raid donde desplegó la parafernalia que
sustenta a su personaje. El show empezó a las 21.45 y terminó a las 24. En orden
cronológico, éstos fueron algunos de los momentos más trascendentes: el soberbio
Medias negras (primer desengaño amoroso de la noche) les dio paso a otros dos
temas viejos, esta vez enganchados por el calendario, Quién me ha robado el mes de
abril y Así estoy yo sin ti (segundo desengaño amoroso), momento
propicio para que le regalaran flores desde la platea, flores recibidas con la picardía
de un falso loser. Otros enganchados: Princesa, donde se plantó a lo Bruce
Springsteen, y Barbi Superstar, que en sus olvidables tres minutos de vida
produjo el milagro de mezclar a Discépolo (Qué falta de respeto, qué atropello a
la razón) con el I cant get no de los Stones, y el riff final de
Cocaine. Y hay mucho más, mientras de la sala levanta temperatura. Blues,
guitarras españolas, aires caribeños, algún rockito poco feliz, rancheras con olor a
sótano, un par de versos preparados para la ocasión, con rimas afines a San
Telmo y Buenos Aires. En Dieguitos y Mafaldas (tercer
desengaño amoroso) llegan los primeros y únicos silbidos de la noche. Seguramente,
hinchas de River que no se bancan las alusiones a la bostera, a la Bombonera y
mucho menos a Palermo. Samalea, con su bandoneón, le aporta al grupo (que tiene a otra
argentina, a una chilena y un neoyorquino) sensibilidad milonguera. Sabina pone el resto,
que es casi todo. Tres mil trescientas personas se hacen cargo de la derrota de su ídolo
en Calle melancolía (cuarto desengaño amoroso), cantándola con el puñal
clavado en el pecho, y no consiguen sacárselo para 19 días y 500 noches
(quinto desengaño amoroso), ni con la tríada bluseada que le sigue. Después sí, Sabina
se quita los anteojos negros. Un buen síntoma. En El caso de la rubia
platino, señala con la mirada a una rubia que baila y baila. Todos disfrutan menos
el novio, que está al lado. Nadie repara en que ya han pasado dos horas. Pero faltan los
bises y una sorpresa no tan sorpresiva: una sentida interpretación de Mano a
mano (si precisás una ayuda/si te hace falta un pendejo, canta). Vuelve
a conmover Con la frente marchita, vuelve a convertir el teatro en una cantina
mexicana en Y nos dieron las diez (sexto desengaño amoroso) y se despide con
su biblia existencial, La canción de los buenos borrachos, que es coreado
hasta por los abstemios. Al cabo de treinta canciones, una buena noticia: no hizo
Llueve sobre mojado, el hit de su mal disco con Fito Páez. La fiesta
continúa mañana y el domingo. Y el año que viene y el otro. Siempre habrá tiempo para
dar y recibir mentiras piadosas.
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