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Es como si aun fuera posible el sueño de la Razón, por encima de los cadáveres de los teólogos de la razón de Estado y de la soberanía de la represión. Cuando uno de los ahora encausados por Garzón, el almirante argentino Massera fue detenido hace algunos meses, acusado del tráfico de bebés, uno de sus partidarios apareció ante las cámaras de la televisión argentina y cuando le preguntaron: ¿Por qué se manifiesta usted a favor de Massera?, respondió: --Porque es un patriota. Pues bien, es posible que este milenio no acabe tan mal como temíamos si patriotas como Massera o Pinochet lo terminan acosados por la voz humana, simplemente por la voz humana. He viajado a Buenos Aires muchas veces desde el final de la dictadura y he asimilado distintas temperaturas de la memoria, mientras urdía y escribía Quinteto de Buenos Aires. En un primer momento el entusiasmo catártico convocado por el Informe Sabato, a continuación un progresivo cansancio de la musculatura ética correspondido con la corrupción política generadora de toda suerte de escepticismo, últimamente percibí un cierto retorno a la tensión dialéctica, del que las acciones del juez Garzón son en parte causantes. Precisamente, mientras estaba en Buenos Aires llegó la noticia de que el juez Garzón iniciaba el encausamiento, ahora ultimado, de los militares golpistas y verdugos por su responsabilidad en la desaparición de súbditos españoles. Pensé inmediatamente en Matilde Artés Company, hispano-argentina madre y abuela de desaparecidos y recordé lo leído en su libro Por la hendidura de un cristal roto, especialmente revelador frente al coro miserable cuando no hipócrita de los que rechazan la decisión de Garzón como no procedente o incluso como un acto de colonialismo español en la soberanía ética de los argentinos. ¿Qué otro recurso ético queda que el acoso de la memoria histórica contra los que han pagado escaso precio por su genocidio? ¿A alguien se le ocurre declarar no procedente la permanencia en la persecución de los delitos del nazismo? Superviviente emocional de tanto horror, Matilde Artés ha escrito la historia de una pérdida y de una búsqueda de su nieta, desde la pulsión del sentimiento y la vacilación de intrusa en el territorio de lo literario. Hoy, los periódicos y las emisoras de radio interrogan a Matilde, residente en España, sobre su posición ante la orden de Garzón y ha expresado claramente que duda de que los criminales sean extraditados, pero que nadie les ahorra la afrenta de no ser ciudadanos libres en la aldea global. Videla, Massera, Galtieri, Pinochet y sus equivalentes uruguayos y brasileños, protagonizaron el holocausto sistemático de las izquierdas en América del Sur, dentro de una estrategia continental de exterminio programada por los estrategas de la Guerra Fría. Donde hubieron más desaparecidos fue en Guatemala, a partir de un genocidio sistemático contra los indígenas con el fin de extirpar las que suponía raíces de la guerrilla revolucionaria. Guatemala, memoria del silencio, informe de 3400 páginas, es una muestra de que la literatura del terrorismo de Estado sustituye paulatinamente en América latina la hegemonía del realismo mágico. Aunque según este trabajo realizado por 269 especialistas de diferentes países, Guatemala sea el país latinoamericano que encabeza las violaciones de los derechos humanos, la ferocidad de la suma de crímenes de Estado a cargo de grupos militares o paramilitares se materializa hasta componer un gigantesco coágulo continental, la metáfora de Eduardo Galeano las venas abiertas de América latina. Los casos de la Argentina, Chile, Uruguay y Brasil marcan la frágil distancia que hay entre la excepción y la regla en el intervencionismo militar. La regla es el intervencionismo militar en América latina en conexión con los intereses oligárquicos para perpetuar unas condiciones de explotación y acumulación, intereses conectados con estrategias continentales y globales así como con grandes compañías extranjeras. Sobre este sustrato intervencionista germina la gran coartada de la lucha contra la subversión comunista en el contexto de la Guerra Fría, a cargo de militares formados para este fin a los que se les garantiza la impunidad sea cual fuere el procedimiento que empleen para destruir al enemigo. La fuerza del militarismo en esa América blanqueada del Cono Sur se origina en los caudillos forjados en las luchas por la independencia o en militares exterminadores de la población indígena en la expansión del criollismo hacia las tierras vírgenes. Osvaldo Bayer, el gran historiador argentino, en sus estudios sobre la expansión criolla hacia la Patagonia, La Patagonia rebelde, señala que la toponimia argentina está llena de militares genocidas de indígenas que ganaron así su dudoso prestigio, a los que hay que añadir el nombre de colonizadores exterminadores que veían en la desaparición del indio al que expoliaban la consumación del crimen perfecto. Los militares genocidas de la Solución Final de los años '60, '70 y '80 probablemente no tendrán calles, ríos, monumentos dedicados. Afortunadamente Garzón dispone de pruebas de los crímenes de los militares argentinos. Como en el caso de Pinochet, no hubo crimen perfecto. Pero, ¿y los cómplices de los responsables del holocausto del Cono Sur encabezados por Nixon y Kissinger? |