Carlos
Menem y Domingo Cavallo disputan desde hace tiempo la condición de padres del modelo. No
existe un ADN que pueda zanjar científicamente esa controversia, pero es claro que su era
fue regida por una ley, la convertibilidad, que determinó las grandes líneas de la
política nacional. Fue el predominio de la economía la viga maestra del gobierno desde
1991 hasta el fin de siglo.
La coalición que gobernará a partir del 10
de diciembre fue, desde el vamos, una apuesta a la política. Desde su propio bautismo
(Alianza por la Educación, la Justicia y el Trabajo), venía a proponer como banderas las
"asignaturas pendientes" que la macroeconomía había relegado al olvido (según
sus críticos) o al futuro (según sus apologistas).
El gabinete que --según parece-- terminó de
alumbrar ayer el presidente electo Fernando de la Rúa permite varias lecturas pero tiene
un par de datos numéricos difíciles de soslayar:
* De los once ministros casi designados ocho
son radicales, dos frepasistas (Graciela Fernández Meijide y Alberto Flamarique) y un
peronista que fue viceministro de Domingo Cavallo (Juan José Llach) y que si bien no
milita en su partido representa sus ideas. Una proporción que suena estrecha para el
Frepaso y desmedida para el ideario que representa Acción por la República, que tiene
tantos representantes como el radicalismo bonaerense (que colocó a Federico Storani).
* Otro, aún más llamativo. Cuatro ministros
son economistas: José Luis Machinea, claro, Ricardo López Murphy, Adalberto Rodríguez
Giavarini y Llach. Una proporción sideralmente alta que implica un fuerte guiño hacia el
establishment que dispensa carné de sabiduría a quienes expresan sus intereses, por lo
que --a no dudarlo-- celebrará como sabia la designación de López Murphy en Defensa
aunque hasta ayer nadie podía atribuirle experiencia en esa área.
Los cuatro economistas no son cuatro
técnicos cualesquiera. Son figuras de primera línea que hubieran podido ocupar, por peso
propio, el ministerio que quedó a cargo de Machinea. Quien, presumiblemente, sufrirá una
presión adicional, pues deberá absolver posiciones a diario no sólo frente a "los
mercados" sino también ante sus pares cuya presencia en el gabinete --quiéranlo
ellos o no-- evoca demasiado a la gesta de Domingo Cavallo, quien empezó la era menemista
como canciller y vivió su edad dorada en el Palacio de Hacienda.
Los apellidos de los cuatro economistas
fueron zarandeados en estos días como figuras "confiables" por los diarios de
la City (en la Capital de la Argentina compiten la friolera de tres). Comentario, con
visos de sugerencia, que solía redondearse con ponderaciones a Fernando de Santibañes,
quien terminó recalando en un peculiar Consejo que supuestamente tendrá rango de auditor
de todo el sector público.
Un famoso dicho expresa que la mujer del
César no sólo debe ser honesta sino parecerlo. Es verdad: en política no sólo cuentan
los hechos sino también los gestos, la comunicación, la transmisión de lo que ahora
suelen llamarse señales. Es claro que en el gabinete que --si no hay sorpresas de último
momento-- ayer terminó de diseñar el presidente electo sobran señales que no definen
aún qué será el nuevo gobierno pero que indican qué parece. Parece un gabinete
diseñado pensando más en ganar confiabilidad ante los poderes económicos que en
garantizar equilibrios políticos. Un gabinete que nadie discutirá por la jerarquía de
los diez hombres y la mujer nombrados, pero que sólo dejará plenamente satisfecha a la
City.
Parece, al fin, un gabinete que, si se
confirma, será una nueva versión del predominio de la (macro) economía sobre la
política. Uno de los datos centrales de los diez últimos años de historia argentina. |