Por Adriana Meyer
El represor
Carlos Guillermo "Pajarito" Suárez Mason se convirtió ayer en el octavo
represor procesado por el juez Adolfo Bagnasco en la causa que investiga la práctica
sistemática de apropiación de los hijos de los desaparecidos durante la dictadura. En su
carácter de ex Comandante del Cuerpo I de Ejército fue acusado como autor mediato de los
delitos de sustracción, retención y ocultación de menores y sustitución de identidad
en doce casos --los nietos de Estela de Carlotto y del poeta Juan Gelman, entre otros--
ocurridos en los centros clandestinos Pozo de Banfield, La Cacha, Automotores Orletti y
comisaría V de La Plata. En esos centros estuvieron alojadas mujeres
embarazadas que continúan desaparecidas, al igual que sus hijos. Suárez Mason también
está acusado por la sustracción del menor Simón Antonio Riquelo, hijo de la madre
uruguaya Sara Méndez.
Bagnasco concluyó que "a fin de llevar adelante la práctica
sistemática Suárez Mason se valió de sus comandos inferiores, entendidos como sus
brazos ejecutores, sin los cuales la práctica ilícita pergeñada indudablemente hubiera
fracasado". Pero agregó que "es absurdo sostener que doce hijos de mujeres
detenidas nazcan en la más oscura de las clandestinidades y luego desaparezcan sin dejar
el menor rastro, a espaldas del máximo responsable de esos presidios --por llamarlos de
algún modo--, a todas vistas ilegales".
El juez investiga la existencia de una práctica sistemática para el
secuestro de unos 200 niños y ya procesó, detuvo y embargó a Jorge Videla, Emilio
Massera, Jorge "Tigre" Acosta y otros cuatro jefes militares. Salvo Acosta y el
prefecto Héctor Febres, todos gozan del beneficio del arresto domiciliario por tener más
de setenta años y por sufrir problemas de salud. Suárez Mason está detenido en la
unidad de Gendarmería de Campo de Mayo, donde también se encuentra Acosta. Sus abogados
pidieron que Bagnasco lo deje cumplir con la detención en su casa porque el ex general
tiene 74 años y padecería de una isquemia cardíaca, pero el juez aún no lo autorizó.
Sin embargo, fuentes allegadas al ex militar confiaron a la agencia DyN
que se encuentra a gusto en el casino de oficiales de Campo de Mayo, donde hay una
frondosa arboleda, piscina, parrillas, cantina y cancha de tenis.
Según la resolución --a la que Página/12 tuvo acceso--,
"Suárez Mason no sólo conocía y toleró la situación que imperaba en los centros
clandestinos bajo su comando, sino que, evidentemente, la misma no podría haber
prosperado sin su expreso aval". En su declaración indagatoria, el represor había
intentado minimizar la existencia de los campos de concentración al describirlos como
"centros de interrogatorios", lo cual fue considerado por Bagnasco como
"nada más que una falacia". El juez destacó que Suárez Mason mencionó a
detenidos que fueron liberados pero "no efectuó ninguna explicación respecto de
aquellas personas que siguen desaparecidas, entre las cuales se encuentran los doce
menores cuya sustracción aquí se le imputan".
Para tratar de deslindar responsabilidades, el ex jefe del Cuerpo Uno
presentó ante el juez un "Parte de Operaciones" firmado por él que ordenaba
"hacer entrega de los menores a los parientes de primer grado y nunca a los
vecinos". Pero muchos testimonios lo desmienten. Pablo Díaz, sobreviviente del Pozo
de Banfield, recordó que "a Stella (Montesano de Ogando) la hicieron parir con los
ojos vendados y las muñecas atadas, al hijo se lo dejaron cuatro días hasta que (el
subcomisario médico) Jorge Bergés volvió a buscarlo. Ella conservó el cordón
umbilical...".
Bagnasco señaló que el ex general trató de evadir su responsabilidad
penal cuando afirmó que tanto el Pozo de Banfield como la comisaría V de La Plata eran
instalaciones de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, y que Automotores Orletti
correspondía a una dependencia de inteligencia de Ejército, ajena a su comando de zona.
Sin embargo, el magistrado aseguró que "no es menos cierto" que fueron
utilizados por elementos del Ejército Argentino. El testimonio de Pablo Díaz fue
contundente respecto a la participación de esa fuerza en su detención, secuestro y
liberación.
Hubiera sido mejor dialogar
Por Federico Polak
Página/12 en sus ediciones
de anteayer y el jueves se ocupó en forma destacada --como no podía ser de otra forma
por tratarse de un diario especialmente preocupado por el tema de los derechos humanos--
de la cobertura de la subsecretaría del área. De las notas se desprendería, un poco por
lo que afirman los cronistas y mucho por declaraciones de miembros de los organismos, que
quien esto escribe es un abogado especialista en temas comerciales --lo que es cierto-- o
bien en aspectos administrativos, según la edición que se lea, desconocido por los
dirigentes y con el único antecedente de haberse opuesto a la detención de Pinochet.
Pero mi análisis sobre el caso Pinochet publicado en este mismo diario fue político,
ante la certeza que el mediático juez Garzón terminaría como un aliado táctico del
conservadurismo, creándole a Chile un problema político de extrema gravedad. Que lo diga
hoy la Concertación, que impensadamente debe luchar por conservar el poder. Por otra
parte, resultaría propio de la Inquisición analizar cada una de las decenas de notas que
he escrito sobre derechos humanos.
Integro la APDH desde los tiempos de la
dictadura y luché desde allí por la verdad y justicia y el sostenimiento de las
consignas que fueron caras a los argentinos. En los primeros tiempos de los ochenta
encabezamos las marchas que tímidamente primero, y con bravura después, cubrieron las
calles de Buenos Aires al grito "Los desaparecidos/ que digan dónde están". El
país, bajo la administración de Raúl Alfonsín y la valentía de un puñado de jueces,
hizo suya, como ningún otro en la historia, la segunda parte de la ecuación. Es decir:
hizo justicia, condenó a parte de las cúpulas militares y aún hoy lo sigue haciendo en
el tema de la sustracción de bebés. Los tuvimos presos, fueron indultados en una
decisión que nos llevó a la calle otra vez bajo el signo de la protesta, y hoy tenemos
también presos procesados por esas sustracciones.
La tutela de los derechos humanos para atrás
tiene por cierto la deuda de la otra parte de la ecuación: la verdad. La protección de
ese derecho cercenado por el terror requiere la acción de los poderes del Estado, pero la
Justicia ya se hizo y no es posible reabrir puertas cerradas en procura de condenas que
las leyes hoy derogadas de la obediencia debida y punto final cerraron. Se sabe que se
pretende lo contrario, incluso utilizando tácticas fascistas que recuerdan los célebres
juicios norteamericanos de los '50, en los cuales quien negaba ser comunista iba preso por
falso testimonio, y quien lo admitía era encarcelado por comunista.
Cuando me propusieron ser el titular de
derechos humanos y en un principio acepté contra el consejo de mis mejores amigos, que me
proponían para cargos en el gobierno de alta jerarquía y responsabilidad, imaginé que
en un diálogo fraterno con las organizaciones podríamos juntos elaborar el camino de la
búsqueda de la verdad, y estructurar toda una política de defensa integral de los
derechos humanos y garantías contenidos en nuestra Constitución. Una política en la que
todos los funcionarios debían estructurar un plan de desarrollo humano, única forma de
proteger el pan, el trabajo, la educación y evitar el cercenamiento de los más
elementales derechos del hombre, que peligran siempre en un marco social de altas
tensiones. Es el momento de hacerlo, cuando ya no acecha el enemigo de la democracia y el
Ejército, por caso, ha elaborado un fuerte sentimiento de culpa y ha pedido perdón por
boca de su último jefe. Ignorar que entramos en una década muy distinta que la de los
'70 es desconocer la realidad y evitar afrontar los nuevos desafíos. Tengo la seguridad
de que cualquiera sea el designado para encabezar estas políticas --Simón Lázara,
Leandro Despouy, Diana Conti o cualquier otro-- coincidirán con ello.
Es cierto que no soy un militante profesional
de la defensa de los derechos humanos. No realizo cotidiana y exclusivamente esa
militancia. Pero soy un político que cuando lo tuvo que hacer, lo hizo y parece muy
difícil de creer que la dirigencia no lo sepa, salvo que se trate de dirigentes nuevos,
que no lo eran en tiempos de la dictadura. Martín Abregú insinúa que mi designación
respondería a favores que me deben de la campaña. Esto suena grotesco. Para un abogado
cuyos clientes son empresas, la atención del área le depararía seguramente la pérdida
de muchos de ellos al volver a la profesión: lo confundirían con uno de los llamados por
los americanos "crazy liberals", a quienes desprecian. Una de las paradojas de
la historia es que la defensa de los derechos esenciales parece reservada a la izquierda,
en tanto muchos de nuestros viejos compañeros de lucha no provenían precisamente de ese
campo.
Lamento que la operación casi corporativa para imponer al
encargado del área haya pasado por los diarios y con cartas al Presidente y al ministro.
Resulta difícil imaginar que los empresarios y los militares, por ejemplo, hubiesen hecho
lo mismo para procurar la designación del ministro de Economía o el de Defensa. Hubiese
resultado más apropiado sentarse a dialogar, antes que a descalificar. Justamente eso es
lo que distingue al político del extremista: el primero se pone en el lugar de quien
piensa diferente; el segundo lo suprime. Pero hay algo peor: se mina el camino a la
Alianza progresista justamente en el terreno donde el menemismo tuvo de parte de algunos,
más que complacencia, complicidad. |
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