La filosofía en este fin de siglo ha desaparecido como
pensamiento vivo. Ha enmudecido o retornado a la repetición
del pasado, a los grandes pensadores de otro tiempo a los que se les dedica nuevas
ediciones, corregidas, comentadas, pero congelados: nada nuevo para pensar desde un nuevo
punto de partida lo verdaderamente nuevo que nos pasa. Se trata de comprender en qué
consiste este oscurecimiento de la historia que nos ha dejado, como a miles de millones,
fuera de la historia.El posmodernismo significó una ruptura cruenta con el pasado
pensado: inhibió la posibilidad de prolongarlo. Destruyó al pensamiento con un
pensamiento sometido a las leyes del mercado, cuya terror callado penetró hasta lo más
profundo de la subjetividad pensante. Fracasaron las ilusiones milenarias, vencidas por el
terror de las armas, de la religión, de los media y de la economía. Este momento de
penumbras que nos atraviesa, con la destrucción más horrenda producida en este último
siglo del milenio que termina, supera a todo lo conocido desde el origen de la historia.
Hasta el pensamiento ha enmudecido de horror y de impotencia, detenido por la pérdida de
un horizonte que hiciese pensable una salida. Para que el pensamiento exista debe
abrevarse en fuentes vivas de la vida. Cuando la gente no sabe qué hacer, la filosofía
no sabe qué pensar. Carece de esa savia poderosa que la nutra.El pensamiento moderno, que
el posmodernismo arrasó, se había aposentado en el núcleo obturado por la razón
idealizada. Esta, aún en su materialismo crítico, no había descendido hasta encontrar
la contradicción que la funda: el patriarcado y el monoteísta masculino, que conspiraba
contra el fundamento afectivo, imaginario y deseante de los hombres. La razón, aun laica,
creyó que había superado a la imaginación mítica. Fue incapaz de comprenderse dominada
por el mito cristiano con el imaginario arcaico reprimido. Esa razón abstracta, separada
del contenido que los sueños de los hombres amasan, se prolongó en la tecnología
científica y en la privatización de una subjetividad domeñada por el terror y la
manipulación mediática. El pensamiento debe bucear entonces para volver a despertar esas
fuentes vivas que, en su afirmación sólo viril del pensamiento racional, apoyado en su
Dios abstracto, había dejado de lado el fundamento sensible y femenino de la vida. Había
excluido a las diosas maternas que, clandestinizadas, abandonaron el sueño eterno de los
hombres y quedaron como residuos de la razón consciente, amortajadas en nuestros cuerpos
sufrientes e impotentes.
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