Por Silvina Szperling
La
compañía Tangokinesis, dirigida por Ana María Stekelman,
conjuga desde hace años la danza
moderna con el lenguaje del tango y ha paseado su experiencia desde Jerusalén
a Madrid, desde Colorado a Nueva York. Su producción anterior a Trenes
diferentes fue Tango, vals, tango, a pedido del Festival de Avignon. Justamente
el sector central de esta coreografía es la que abre el programa
que está presentando en el teatro Maipo. Un clima melancólico
tiñe el escenario desde la compaginación sonora, en la cual
Edgardo Rudnitzky combina valses europeos y americanos, yendo de Strauss
a Manzi. La dinámica de la danza revela la misma fluidez, y se destaca
el cuarteto conformado por las parejas Nora Robles-Pedro Calveyra y Cristina
Cortés-Marcelo Carte. Allí, la coreógrafa maneja una
sensación de vértigo en el movimiento, llevando al espectador
en una espiral energética de alto voltaje.
La segunda obra presentada es 4 Piazzollas, de 1997. Una sensualidad tranquila
generada entre María Marta Colusi y Gerardo Carrot trasciende el
escenario en el primero de sus números, Revirado. En
el último, Escualo, los bailarines y asistentes coreográficos
Robles y Calveyra se sacan chispas, confirmando por qué son la pareja
estrella de la compañía. Pero el plato fuerte viene después.
La segunda parte es Trenes diferentes, sobre la obra musical de Steve Reich
(1988). En esta composición, Reich, padre del minimalismo, incorpora
al cuarteto de cuerdas (interpretado por el Kronos)
sonidos de trenes y la palabra de testigos de tres momentos de la historia.
En el primer movimiento, América - Antes de la guerra,
quienes hablan son los conductores de los trenes que hacían el viaje
Nueva York-Los Angeles entre 1939 y 1942, cuando el niño Steve se
trasladaba entre las casas de sus divorciados padres, acompañado
por su gobernanta, cuya voz también interviene en la partitura. Si
bien esos viajes eran excitantes y románticos a la vez, ahora miro
hacia atrás y pienso que, si yo hubiera estado en Europa en esa época,
como judío hubiera tenido que viajar en trenes muy diferentes,
escribía Reich. Es así como, en un segundo movimiento (Europa
- Durante la guerra), los sobrevivientes del Holocausto toman la palabra,
refiriéndose a los trenes diferentes. En el tercero (Después
de la guerra), el relato vuelve a América.
Stekelman sigue a Reich a través de esa suerte de línea argumental,
con suerte dispar. En el primer movimiento, un conjunto de hombres que utiliza
el zapateo del malambo transmite energía y su movimiento, sumado
al vestuario de Jorge Ferrari y a la luz de Omar Possemato, sugiere sensaciones
más que la representación de acciones. Para la tercera parte,
Stekelman usa la herramienta del baile de parejas que tan bien domina, y
utiliza el encuentro entre mujeres y varones como símbolo de renacer
a una nueva vida. Sobre el final retoma la senda más sugerente de
la mano de unas campanitas que las bailarinas tintinean, cerrando la obra
con una sensación de paz y continuidad.
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