Los argentinos siguen
llevando su plata a los bancos, haciendo crecer sus depósitos,
pero los bancos no se la prestan a las empresas, o éstas
no la piden prestada. Este desacople, que prolonga la recesión,
no puede ser resuelto a través del Estado, que carga ya con
demasiada deuda y está decidido a reducir su gasto, no a
ampliarlo. Finalmente, la gran diferencia entre un banco y Hacienda
es que aquél toma dinero y lo presta o coloca en bonos, con
lo cual termina recuperándolo, mientras que el fisco sólo
puede gastarlo definitivamente, sin perspectiva de volverlo a ver.
Los datos, según analizaba ayer la Fundación Capital,
indican que en agosto los plazos fijos en pesos aumentaron 4,5 por
ciento, y en dólares, 1,4 por ciento, mientras que los préstamos
seguían camino abajo, esta vez alrededor de medio punto.
Nadie ha descubierto, hasta ahora, la fórmula para escapar
de la celada, aunque la nueva idea que empieza a aplicar Economía
es la del desvío de demanda: que parte de lo que se compra
afuera se compre adentro, abandonando la neutralidad de la apertura.
Para conseguirlo confía en la eficacia de algunas medidas
administrativas, como la del compre nacional y una acción
consecuente de la Aduana (acción que todavía pertenece
al limbo de las intenciones). De esta manera, a golpe de decretos
y resoluciones se quiere torcer las señales que envía
la convertibilidad a través de los precios relativos. Esto
implica operar en los márgenes del problema, debiendo reconocerse
además que esos márgenes son muy angostos. Si el Estado
compra cada vez menos bienes, menor también es la importancia
de a quién le compre, y así siguiendo.
De cualquier modo, aunque ningún factor parezca decisivo
en sí mismo, pueden ir sumándose los suficientes para
relanzar la economía, sobre todo considerando el efecto locomotora
del crecimiento brasileño. Y la esperanza de que el equipo
económico haya aprendido del fracaso de su primer paquete
de ajuste.
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