Pienso que la publicación de esta entrevista quedaría
muy incompleta si no intentara, de alguna manera, dar cuenta al lector
del extraordinario espectáculo que supuso para mis compañeros
y para mí mismo este encuentro. Tuvo lugar en una habitación
del Hotel Ritz, en la que Orson Welles nos recibía tras un día
de rodaje de Las raíces del cielo. Aunque, según se nos
dijo, tenía que acudir inmediatamente después a una fiesta,
las cuatro horas de entrevista que nos concedió en lugar de la
hora y media prevista fueron una auténtica delicia que sería
absurdo atribuir únicamente al whisky. Maravillosamente relajado,
en pantuflas, la camisa generosamente abierta bajo una prodigiosa túnica
multicolor propia de Otelo, utilizada a modo de bata, olímpico
como Júpiter, manipulando un cigarro de veinticinco centímetros
a modo de rayo, y modulando con soltura su atronadora voz, realmente Welles
era en verdad esta vez el Magnífico. Lo que no es inútil
señalar, dado que sus últimos films parecen indicar un cierto
descuido que haría pensar en algún deterioro físico.
Y verdaderamente este Welles de cuarenta y tres años no es el de
El ciudadano, ni siquiera el de El tercer hombre, pero no sería
suficiente decir que constituye un espectáculo hermoso. El joven
seductor y rubicundo se ha convertido en una encarnación del poder
en todo su esplendor. Esto evidentemente es un fenómeno corriente
en cierto tipo de artistas y más aún de cineastas. Estas
gentes se agrandan hasta el infinito. Orson 1958 es Welles 1938 al cuadrado...
(A. B.).
Por André
Bazin, Charles Bitsch y Jean Domarchi
Ante todo, creo que un
crítico siempre sabe más de la obra de un artista que el
propio artista. Pero al mismo tiempo sabe menos. Esta es la función
del crítico: saber a la vez más y menos que el artista.
Nos gustaría tratar de perfilar ese personaje ideal, presente
en todos sus films, de El ciudadano a Sed de mal. ¿Se trata, como
sugiere François Truffaut a propósito de Sed de mal, del
genio que no puede evitar hacer el mal, o más bien hay que ver
en él una cierta ambigüedad?
Es un error creer que miro con cierta indulgencia a Quinlan. Para
mí es odioso, no hay ambigüedad en su carácter. No
es un genio, es un maestro en su oficio, pero un hombre detestable. Lo
que he puesto de personal en el film es mi odio contra el abuso que la
policía hace de su fuerza. Y evidentemente es más interesante
hablar de los abusos del poder policial con un hombre de una cierta envergadura
no solamente física, sino también en tanto que tipo
humano que con un policía vulgar y corriente. Quinlan es
mejor que un policía normal, lo que no impide que sea odioso. En
ello no hay ninguna ambigüedad. No obstante, se puede sentir simpatía
por un crápula, puesto que la simpatía es algo humano. De
ahí mi ternura en relación con gente hacia la que por otra
parte no disimulo, en absoluto, mi repugnancia. Y este sentimiento no
proviene de que sean más dotados, sino de que son esencialmente
seres humanos. Quinlan es atractivo por su humanidad, no por sus ideas.
No existe la más mínima genialidad en él: si parece
tener alguna, es que he cometido algún error. Quinlan es un buen
profesional, conoce su oficio, es una autoridad. Pero precisamente porque
es un hombre de una cierta envergadura, un hombre de corazón, no
se puede evitar una cierta simpatía hacia él. Es, a pesar
de todo, un ser humano. Creo que Kane es un hombre detestable, pero tengo
mucha simpatía por él en tanto que ser humano.
¿Y Macbeth?
Sucede lo mismo. Más o menos voluntariamente, he interpretado,
como saben, muchos papeles de tipos desagradables. Detesto a Harry Lime,
ese cretino del mercado negro, detesto también a todas esas gentes
terribles que he interpretado, pero no son pequeños,
porque yo soy un actor para grandes personajes. Ya saben, en el viejo
teatro clásico francés había actores que interpretaban
siempre los papeles de rey y otros que no los interpretaban jamás;
y yo soy de los que interpretan a reyes. Se debe a mi personalidad. Así,
naturalmente, yo encarno siempre papeles de jefes, a tipos que poseen
una dimensión extraordinaria: yo debo ser siempre bigger than life,
más grande que la vida misma. Es un defecto que está en
mi naturaleza. No es necesario, por lo tanto, pensar que existe algún
tipo de ambigüedad en mis interpretaciones. Es mi personalidad la
responsable, no mis intenciones. Por eso es muy grave para un artista,
para un creador, ser al mismo tiempo un actor, ya que corre el grave riesgo
de ser mal comprendido. Porque entre lo que digo y lo que ustedes entienden,
está mi personalidad y una gran parte del misterio, de la confusión,
del interés, de todo aquello que se puede encontrar en el personaje
que yo interpreto, procede de mi propia personalidad y no de lo que digo.
Sería muy feliz si pudiera no actuar en un film; lo hago porque,
algunas veces, esto me permite después dirigir. Si hay ambigüedad
es debido a que he sido demasiadas veces actor. Por supuesto, Quinlan
es un personaje moral, pero yo detesto esa moral.
¿Su simpatía por Quinlan es más humana que
moral?
Absolutamente. Quiero ser claro sobre mis intenciones. Lo que digo
en el film es esto: creo firmemente que en el mundo actual tenemos que
elegir entre la moral de la ley y la de la simple justicia. Es decir,
entre linchar a una persona o dejarla libre, yo prefiero que un criminal
quede libre antes que la policía lo detenga por error. Quinlan
no desea tanto entregar a los culpables a la Justicia como asesinarlos
en nombre de la ley, sirviéndose del poder de la policía,
y éste es un argumento fascista, un argumento totalitario, contra
la tradición de la ley y la justicia humana tal como yo las entiendo.
Así, para mí, Quinlan es la encarnación de todo aquello
contra lo que lucho, política y moralmente hablando. Estoy contra
Quinlan porque quiere arrogarse el derecho de juzgar; y esto es precisamente
lo que más detesto, la gente que quiere juzgar por su propia cuenta.
Creo que no se tiene el derecho a juzgar más que según una
religión o una ley, o según ambas. Si uno decide por su
cuenta que alguien es culpable, sea bueno o malo, volveremos a la ley
de la selva, dejamos una puerta abierta a la gente para que linche a sus
semejantes, a los gangsters que se pasean por las calles... Pero no tengo
más remedio que querer a Quinlan a causa de algo más que
yo mismo le he dado: el hecho de que pueda amar a Marlene Dietrich, el
hecho de que haya recibido una bala destinada a su amigo, el hecho de
que tenga un corazón. Pero sus ideas son detestables. Kane, por
su parte, es un hombre que abusa del poder de la prensa popular y se levanta
contra la ley, contra toda la tradición de la civilización
liberal. También él desprecia lo que creo que es la civilización
y trata de convertirse en rey de un universo, un poco como Quinlan en
su ciudad fronteriza. Es en este aspecto en el que estos personajes coinciden.
Y también con Harry Lime, con su desprecio por todo, que le hace
tratar de ser rey en un mundo sin ley. Todos estos personajes, en general,
expresan, cada uno a su manera, cosas que yo detesto. Pero asimismo me
atraen y los comprendo. Tengo una simpatía humana por esos personajes,
aunque moralmente los encuentro a todos detestables. Goering, por ejemplo,
era un hombre detestable, pero a pesar de todo inspiraba simpatía:
había en él algo humano, incluso durante su proceso.
Por el contrario, Himmler era un perfecto gangster...
Sí, estoy de acuerdo. Pero a Goering se le puede mirar y
decir: ahí está mi enemigo, lo odio: pero es humano, tiene
una contextura humana, a falta de una moral.
Desde su punto de vista, ¿Otelo es también humano
y detestable?
Los celos son detestables, no Otelo. Pero en la medida en que se
encuentra obsesionado por los celos hasta convertirse en su personificación,
en esa medida, Otelo es detestable. Todos esos nobles personajes: Lear,
por ejemplo, en la medida en que es cruel, es odioso. Una de las cosas
más interesantes de Shakespeare es que sus personajes más
notables tienen todos una moral del siglo XIX: todos son unos traidores.
Hamlet es un traidor, sin duda, porque desea matar a su tío sin
darle la oportunidad de que salve su alma. Recuerden el placer con que
describe la muerte de Rosencrantz: es un traidor. Y aunque sea muy distinto
lo que se haya podido decir al respecto, Shakespeare, hombre del Renacimiento,
no deja de ser un canalla. Todos los grandes personajes de Shakespeare
lo son, están obligados a serlo.
Lo mismo podría se podría decir de sus personajes...
Se puede decir esto, creo, de todas las obras que tratan de ser
trágicas dentro de los esquemas del melodrama. Desde que existe
el melodrama, el héroe trágico tiende a convertirse en un
canalla. Sólo los griegos y los escritores franceses clásicos
podían crear un héroe que no fuese un malvado, porque eran
personajes trágicos en un sentido abstracto. Pero desde el momento
en que nos involucramos en cualquier tipo de melodrama, el personaje trágico
debe ser, de una forma u otra, un traidor, sencillamente porque un héroe
en un melodrama no tiene cabida. Un héroe es insoportable excepto
en una verdadera tragedia.
Considera a Macbeth detestable, pero también es un poeta.
¿En cierto sentido esto no lo justificaría?
Es un hombre detestable hasta que se convierte en rey y, una vez
coronado, está condenado, está perdido; pero una vez perdido,
se convierte en un gran hombre. Hasta entonces, es víctima de su
mujer y de su ambición. La ambición es una cosa detestable,
una debilidad; todos aquellos que son víctimas de la ambición
son, de una forma u otra, débiles. Shakespeare escogió siempre
grandes temas: los celos en Otelo; la ambición en Macbeth. Cuando
hace rey a Macbeth, estamos en mitad del tercer acto; quedan dos actos
y medio en los que Shakespeare puede al fin respirar y decir: he terminado
con esta condenada ambición, ahora puedo dedicarme a hablar de
un gran hombre, que sabe apreciar el buen vino.
¿Cree que Otelo o Macbeth son perfectos pesimistas?
Shakespeare lo era. Pero como muchos pesimistas, era también
un idealista. Unicamente los optimistas son incapaces de comprender lo
que significa amar un ideal, un ideal imposible. Shakespeare estaba muy
próximo a los orígenes de su propia cultura: el idioma en
que escribía acababa de formarse, la vieja Inglaterra de la Edad
Media vivía aún en el recuerdo de todos los habitantes de
Stratford. Estaba demasiado cerca de otra época, ¿comprenden?
Estaba en la puerta del mundo moderno y sus abuelos, los viejos de la
aldea, el propio campo pertenecían a la Edad Media, eran todavía
la vieja Europa. Y en él quedaba aún algo de esto: su lirismo,
su fuerza cómica, su humanidad proceden de estos lazos con la Edad
Media, que se encontraba tan cerca de él. Y su pesimismo, su amargura
cuando les da rienda suelta llega a alcanzar lo sublime se
refieren siempre al mundo moderno, ese mundo que acababa de ser creado,
no al mundo que existía desde hacía muchísimo tiempo,
sino a su mundo.
|