Principal RADAR NO Turismo Libros Futuro CASH Sátira

KIOSCO12

OPINION
Por Mario Wainfeld

En campaña, pero que no se note

“Con el blindaje se acabó la angustia. Ahora tenemos que dedicarnos a conseguir 24 minas”, dice el operador radical.
Buenos Aires es un horno. El calor domina todo, solivianta los cuerpos y las mentes. Pero el operador no habla de megatransas ni expresa fantasías tropicales: está maquinando cómo ir llenando las grillas para las candidatas a senadoras nacionales.
“Bueno, no son 24, necesitamos 22 –corrígese en voz alta–, porque Cecilia (Felgueras) y Lilita (Carrió) son número puesto.”
Liberados del agobio del default, radicales al fin, buena parte de los dirigentes oficialistas se zambullen en el juego que mejor saben y más les gusta: las internas. En este caso, complejizadas por la doble necesidad de conciliar intereses con el Frepaso y respetar el cupo femenino.
El PJ afronta una situación diferente. Los tres gobernadores presidenciables dominan sus respectivos distritos y deberán ganar de local. Luego, los resultados en la externa se medirán como una suerte de interna abierta. El que pierda su provincia, Game over.
El armado aliancista, que hace brillar los ojos del operador, es bien peliagudo. Hay que preservar los equilibrios internos, revalidar los títulos del Gobierno y –lo cortés no quita lo valiente– ganar terreno para el radicalismo y, dentro de éste, para los amigos. La hora del arte.
Todo está por hacerse, sólo el cordobés Rubén Martí y Raúl Alfonsín tienen su lugar asegurado. Elisa Carrió también lo tendría si aceptara ser candidata por su Chaco natal. Pero –como referirá en la madrugada de mañana en el programa de cable La Posta– explora la posibilidad de representar a los porteños, por afuera de la Alianza, aliada con Alfredo Bravo. Una jugada riesgosa y poco orgánica que la mayoría de las fuentes radicales que consultó Página/12 piensa que no llevará hasta el fin.
Una de las mujeres que busca el operador será bonaerense y –en principio– frepasista para ir junto al ex presidente. Pero el paso por el Gobierno hizo trizas las perspectivas de Graciela Fernández Meijide y Mary Sánchez. Allegados al ministro del Interior aseguran que éste promueve a Diana Conti. “Fredi la valora porque es militante, porque es leal en la gestión y jugó bien y fuerte en el tema de los presos de Tablada” narran. El nivel de conocimiento público de Conti es por demás exiguo, tanto como el de la subinterventora del PAMI Graciela Rosso que algunos frepasistas mencionaron en los atentos oídos de Storani. El ministro político quiere avanzar sin estrépito pero rápido en el tema. Sabe que algunos de sus correligionarios quieren aprovechar la falta de potencia de las posibles candidatas del Frepaso para empujar alguna alternativa: una figura emergente “de la sociedad o alguna intendente exitosa”. Una jugada a dos bandas: reforzar la lista y jabonarle el piso al Frepaso. Dos fines que Storani no comparte por ser el más aliancista de los ministros y porque no quiere ruido alguno dentro del distrito en el que –si las circunstancias lo ayudan– podría ser candidato a gobernador en 2003.
Una somera recorrida de Página/12 por despachos oficiales y cuevas de operadores revela que todos tienen nutridas agendas con nombres de candidatos. Nada se dice en público porque, paradoja de paradojas, hablar de candidaturas es piantavotos pero nadie se priva de operar, cambiar figuritas, hacer números, bartolear nombres para instalarlos o quemarlos.

Chau Chacho

José Manuel de la Sota dijo que no es candidato para el 2003. Lo suyo no fue una renuncia definitiva sino la explicación de su actual táctica que es diferenciarse de Carlos Ruckauf, siempre pendiente del escenario nacional.
En cambio, sonó más contundente la autoexclusión de Carlos “Chacho” Alvarez, en respuesta a la virtual promoción que le había hecho Storani. El ministro del Interior concebía a las candidaturas de Alvarez en Capitaly Alfonsín en provincia como una ratificación de “lo mejor de la Alianza” que servía, por añadidura, para jugar con las mejores barajas la elección de fin de año. Como moño, sería una forma de convocar otra vez a Chacho, de contenerlo en un momento de entropía aliancista.
Pero el líder del Frepaso no comparte la lectura de Storani. Apenas comenzó a mencionarse la oferta comenzó a negarse. Explica a quien quiera oírlo que lo hizo sin consultar encuestas, sin pedir consejos, tal como obró su renuncia a vicepresidente. Y la asociación no es fortuita porque Alvarez liga una eventual candidatura a una declinación de su pelea contra la corrupción senatorial. Un canje o una negociación que lo privaría de su principal bandera.
Alvarez se muestra especialmente celoso de poner a buen resguardo su identidad y libertad de expresarse, objetivos que mencionó en su renuncia y no quiere resignar. Si bien se mira, desde que se postuló como candidato a vice, viene intentando un equilibrio entre su vocación de apuntalar la Alianza y conservar su perfil. Equilibrio que jamás logró del todo. Al integrar la fórmula presidencial y en los primeros tiempos del gobierno, privilegió lo sistémico e hizo zozobrar su identidad. Durante la crisis del Senado y al renunciar se diferenció con nitidez pero hizo temblar la coalición. Ahora navega una ardua media agua tratando de no descompensarse. Pero sus gestos más ostensibles, aun la rápida exclusión de su candidatura, indican que hoy por hoy prioriza conservar sus márgenes de acción, que –junto a los desempeños de Aníbal Ibarra y Hermes Binner– son los elementos de diferenciación más contundentes del Frepaso.
La oferta de Storani y el rechazo de Chacho ocurrieron sin que mediara entre ellos una palabra. La falta de comunicación entre el jefe frepasista y sus aliados es un dato mayúsculo que –como ya se señaló en esta columna– llena de bronca a Alfonsín y Storani. Y hace rato enfada a De la Rúa.
Alvarez esgrime quejas similares, sí que centradas en el Presidente. Reprocha que no lo consultan para tomar decisiones gravitantes y –más en la intimidad– que De la Rúa no es afecto a decirle lo que piensa. Y asegura que lo que reclama es un ámbito más o menos permanente donde se discutan líneas estratégicas de la Alianza y tener parte en las decisiones esenciales.

Megarreunión de autoayuda

La falta de diálogo en el primer nivel de la Alianza es una constante de más de un año. La proliferación del buen humor en la Rosada y zonas colindantes, una novedad de los dos últimos meses. El Presidente ha recuperado el optimismo y la sonrisa. Y el Gabinete transita entre la calma, la euforia y la soberbia. Artes del blindaje, que fueron apuntalados por la gigantesca reunión de autoayuda realizada en Olivos, vivida en triunfo por todo el Gabinete.
El Gobierno armó su primera escena de campaña, bajo la advocación presidencial de ni mentar el tema. Un espectáculo de dos días, un maratón de exposiciones no sucedidas por debate alguno (quizá para no incordiar a De la Rúa) y de propuestas no especialmente novedosas pero numerosas.
El megaencuentro –por pedido presidencial– suplió a una reunión de evaluación de encuestas y análisis político fogoneada por Chrystian Colombo y Carlos Becerra que iba a realizarse en el Hotel Elevage donde suele parar, en condición de local, Enrique Nosiglia. Al desarmarla De la Rúa le dio una gratificación a Storani, quien tiene un sordo antagonismo interno con Becerra, un histórico aliado de Nosiglia que no se esfuerza en disimularlo. Tanto que su despacho ostenta dos cuadros llamativos: uno representando a Sarmiento (heredado de su predecesor en la SIDE, Fernando de Santibañes) y otro una gran foto de Becerra junto al Coti.
Colombo también pudo quedar conforme. Conservó centralidad en Olivos y es un paladín de esas reuniones en las que se hablan de “temas concretos”.
Pero el más alegre entre los alegres era el propio De la Rúa, convencido de que se han terminado los días oprimentes y de que el crecimiento económico está al caer. Una certeza que no atesora solo y que regenera en el gobierno tendencias y presencias que ya lo animaron alguna vez.

Contra la amnesia

“Acá no puede haber amnesia –explica el operador–, el blindaje es un triunfo de algunos, de los que se quedaron. Y eso tiene que verse en el reparto.” Reparto de candidaturas, por cierto, que es de lo que siempre habla el operador aun cuando hable de mujeres.
La restauración del buen humor presidencial no ha venido sola. La aparea un reverdecer de la presencia de su familia: en estos días su esposa reveló sus ansias de reelección y su hijo Aito habló largamente ante dos revistas repartiendo elogios a su padre y críticas a Alvarez.
Otro que ha vuelto a recorrer el espinel político es De Santibañes. Lo suyo no es full time: tuvo tiempo de volar a la Costa Oeste de Estados Unidos para ver cómo uno de sus caballos ganaba un gran premio o a Chicago para dar clases. O para ir de pesca con Alberto Flamarique y Nosiglia. Y, según refiere uno de sus buenos amigos radicales, añadió algunos días de reposo por una incómoda neumonía, producto quizá de tantos cambios de clima.
Pero en los ratos remanentes De Santibañes ha recuperado su interlocución con el Presidente, amén de los usuales diálogos que mantiene con Nosiglia, Flamarique y Colombo. Puesto en la difícil tarea de definir el juego de un novato que le tomó el gusto a la política puede describírselo como el jefe del grupo Sushi. Y en tal carácter jugó un rol relevante en los cambios que hubo en el área de comunicación que derivaron en la designación de su ex vocero Ricardo Rivas como subsecretario de Comunicación.
Es antipático mencionar la soga en la casa del ahorcado. Pero, en medio de la Arcadia del blindaje, el renacer de un cierto triunfalismo, el regreso del fami-entorno presidencial y la falta de diálogo entre De la Rúa y Alvarez emanan un inquietante aroma a déjà vu.

Una agencia ahí, por favor

Entre los anuncios de Olivos hay uno que puede traer cola: el de la creación de la Agencia de políticas sociales que significaría la virtual desaparición del Ministerio de Desarrollo Social.
Seguramente no es la intención, o al menos no la intención principal. Pero la movida, de plasmarse, aparejará alguna resolución respecto de la incómoda situación de Graciela Fernández Meijide. La relación de Graciela con Alvarez es fría. De sus colegas radicales recibe buen trato y cortesía pero no comparte espacios de poder importantes como sí supo hacer en su momento Flamarique. Por su condición de ex candidata a presidente, por ser la única ministra frepasista podría imaginarse otro escenario, donde Fernández Meijide compartiera el primer nivel de protagonismo del triunvirato José Luis Machinea-Patricia Bullrich-Colombo. Por los motivos que fuera, nada de eso ocurre. Y –a diferencia de lo que podría pensarse hace un año– no hay candidatura posible que permita a Graciela una salida deseable.
La ministra frepasista protagoniza una charada. Su partido no capitaliza su acción pero no puede desplazarla para no perder poder. Y los radicales no están conformes con su desempeño pero no quieren relevarla en tributo a la unidad.
Por años Fernández Meijide fue policandidata de lujo, cabeza de lista en elecciones cruciales para el Frepaso y la Alianza. Ganó algunas y perdiólas dos últimas. Hoy simboliza una cruel tensión de la política: la que media entre el erotizante mundo de las campañas (que el verano hizo rebrotar) y la árida, cruel estepa de la gestión.


 

PRINCIPAL