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Tertulias de unos exiliados de lujo,
atados a la Italia de Mussolini

�Sólo basta una noche� combina el gusto por los ambientes mundanos y refinados con la tradición inglesa de la ficción criminal.

Situación: El film en-cuentra a un grupo de in-gleses en el extranjero, gozando de los bellos pa-rajes de la Toscana italia-na, en 1938, un tiempo cargado de nubarrones.

Por Horacio Bernades

Quien haya visto La carta, aquel clásico de William Wyler con Bette Davis, no olvidará la escena de apertura: la calurosa noche malaya, la luna llena en el cielo cruzado de nubes, una cacatúa que se espanta y el sonido seco y fulminante de un disparo, seguido por varios más, con los que la protagonista ejecuta a un desconocido, por algún motivo que se ignora. Luego vendría el denso, resbaloso estudio sobre la razón o sinrazón de una muerte y sobre los laberintos de la verdad y la justicia. En 1940, cuando la película se daba a conocer, el autor de la novela, Somerset Maugham, completaba un nuevo relato que también hacía eje en un crimen, disparador de parecidas cuestiones morales.
Up at the Villa era el nombre de esa novela. El mismo que lleva su versión cinematográfica, estrenada el año pasado en Estados Unidos. Con el título de Sólo basta una noche, el sello AVH la edita por estos días, directamente en video. Dirigida por Philip Haas, se trata de la tercera adaptación literaria de este realizador poco conocido. Las anteriores fueron La música del azar, que aquí se conoció sólo por cable y estaba basada en la novela homónima de Paul Auster, y Angeles e insectos, que sí se estrenó y era la versión de un libro del británico A. S. Byatt. En Angeles e insectos, Kristin Scott Thomas tenía a su cargo el papel de una muchacha que, en plena época victoriana, seducía al protagonista con su inteligencia. En Sólo basta una noche y tras su protagónico de El paciente inglés, Scott Thomas encabeza un elenco rebosante de nombres famosos, que incluye a Sean Penn, Anne Bancroft y esas leyendas de la escena inglesa que son Derek Jacobi y James Fox.
Producto de ese viajero incansable que supo ser William Somerset Maugham (1874-1965), como muchos de sus relatos y obras de teatro, Up at the Villa encuentra a un grupo de sofisticados ingleses en el extranjero. En este caso, gozando de los bellos parajes de la Toscana italiana, en un tiempo cargado de nubarrones. Es el año 1938, en los viejos muros de Florencia se lee “Viva Il Duce” y un tal Beppino Leopardi, jefe del partido fascista de la zona, es un habitué en las tertulias de estos expatriados de lujo. Que degustan manjares, beben gin tonic y juegan al tenis, como si alrededor no pasara nada. Viuda de un noble italiano y mujer de mundo, la princesa San Ferdinando (Anne Bancroft) es quien preside la vida social, los contactos privados y, especialmente, el chismorreo. Ella hará ingresar al grupo a Rowley Flint, yanqui con aires de Don Juan (en este caso Sean Penn, en un papel que parecería el de un Clark Gable sin bigote).
La misión de Flint: amenizar los días y, tal vez, las noches de Mary Panton (Scott Thomas), la mujer más deseable del grupo. Claro que Mrs. Panton debe responder, en 48 horas a más tardar, la oferta de casamiento que acaba de hacerle Sir Edgar Swift (Fox). A quien no ama, pero cuenta con una ventaja inestimable: su inminente nombramiento como gobernador de Bengala. Tras rechazar, de puro reprimida, los avances de Rowley Flint, e influida por los relatos de aventuras eróticas de la princesa, Mary invitará a su impresionante mansión campestre a un tercero en discordia. Se trata de Karl Richter (Jeremy Davies, protagonista de El hotel del millón de dólares, de Wim Wenders, que se estrena la semana próxima), refugiado austríaco con nombre de director de orquesta. De modo algo abrupto, la bella accede a una noche de sexo “por piedad”. Empezará a lamentarlo al día siguiente, cuando descubra que, para el joven, eso fue más que unas horas de locura. Es a partir de allí donde parecería que La carta vuelve a escribirse.
Como es frecuente en la obra de Somerset Maugham, Sólo basta una noche combina el gusto por los ambientes mundanos y refinados con la tradición inglesa de la ficción criminal. Y ambas, con el estudio de las ambigüedades morales. Haas, que había manifestado parecidas predileccionesen su anterior Angeles e insectos, se deleita en palazzos y paisajes espectacularmente fotografiados, encuentra en el personaje de Anne Bancroft el elegante cinismo que marca un diapasón moral para el relato y confía, tal vez demasiado, en que del bello rostro de Scott Thomas surja la necesaria turbación. Y es cierto que está cerca de lograrlos, especialmente en aquellos momentos en que deshacerse de un cadáver, hacer frente a los groseros lacayos de Mussolini y confesar un asesinato pueden coexistir naturalmente con unos ojos impecablemente celestes y el aire de una distinción imperturbable.

 

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