Por Horacio Bernades
Quien haya visto La carta, aquel
clásico de William Wyler con Bette Davis, no olvidará la
escena de apertura: la calurosa noche malaya, la luna llena en el cielo
cruzado de nubes, una cacatúa que se espanta y el sonido seco y
fulminante de un disparo, seguido por varios más, con los que la
protagonista ejecuta a un desconocido, por algún motivo que se
ignora. Luego vendría el denso, resbaloso estudio sobre la razón
o sinrazón de una muerte y sobre los laberintos de la verdad y
la justicia. En 1940, cuando la película se daba a conocer, el
autor de la novela, Somerset Maugham, completaba un nuevo relato que también
hacía eje en un crimen, disparador de parecidas cuestiones morales.
Up at the Villa era el nombre de esa novela. El mismo que lleva su versión
cinematográfica, estrenada el año pasado en Estados Unidos.
Con el título de Sólo basta una noche, el sello AVH la edita
por estos días, directamente en video. Dirigida por Philip Haas,
se trata de la tercera adaptación literaria de este realizador
poco conocido. Las anteriores fueron La música del azar, que aquí
se conoció sólo por cable y estaba basada en la novela homónima
de Paul Auster, y Angeles e insectos, que sí se estrenó
y era la versión de un libro del británico A. S. Byatt.
En Angeles e insectos, Kristin Scott Thomas tenía a su cargo el
papel de una muchacha que, en plena época victoriana, seducía
al protagonista con su inteligencia. En Sólo basta una noche y
tras su protagónico de El paciente inglés, Scott Thomas
encabeza un elenco rebosante de nombres famosos, que incluye a Sean Penn,
Anne Bancroft y esas leyendas de la escena inglesa que son Derek Jacobi
y James Fox.
Producto de ese viajero incansable que supo ser William Somerset Maugham
(1874-1965), como muchos de sus relatos y obras de teatro, Up at the Villa
encuentra a un grupo de sofisticados ingleses en el extranjero. En este
caso, gozando de los bellos parajes de la Toscana italiana, en un tiempo
cargado de nubarrones. Es el año 1938, en los viejos muros de Florencia
se lee Viva Il Duce y un tal Beppino Leopardi, jefe del partido
fascista de la zona, es un habitué en las tertulias de estos expatriados
de lujo. Que degustan manjares, beben gin tonic y juegan al tenis, como
si alrededor no pasara nada. Viuda de un noble italiano y mujer de mundo,
la princesa San Ferdinando (Anne Bancroft) es quien preside la vida social,
los contactos privados y, especialmente, el chismorreo. Ella hará
ingresar al grupo a Rowley Flint, yanqui con aires de Don Juan (en este
caso Sean Penn, en un papel que parecería el de un Clark Gable
sin bigote).
La misión de Flint: amenizar los días y, tal vez, las noches
de Mary Panton (Scott Thomas), la mujer más deseable del grupo.
Claro que Mrs. Panton debe responder, en 48 horas a más tardar,
la oferta de casamiento que acaba de hacerle Sir Edgar Swift (Fox). A
quien no ama, pero cuenta con una ventaja inestimable: su inminente nombramiento
como gobernador de Bengala. Tras rechazar, de puro reprimida, los avances
de Rowley Flint, e influida por los relatos de aventuras eróticas
de la princesa, Mary invitará a su impresionante mansión
campestre a un tercero en discordia. Se trata de Karl Richter (Jeremy
Davies, protagonista de El hotel del millón de dólares,
de Wim Wenders, que se estrena la semana próxima), refugiado austríaco
con nombre de director de orquesta. De modo algo abrupto, la bella accede
a una noche de sexo por piedad. Empezará a lamentarlo
al día siguiente, cuando descubra que, para el joven, eso fue más
que unas horas de locura. Es a partir de allí donde parecería
que La carta vuelve a escribirse.
Como es frecuente en la obra de Somerset Maugham, Sólo basta una
noche combina el gusto por los ambientes mundanos y refinados con la tradición
inglesa de la ficción criminal. Y ambas, con el estudio de las
ambigüedades morales. Haas, que había manifestado parecidas
predileccionesen su anterior Angeles e insectos, se deleita en palazzos
y paisajes espectacularmente fotografiados, encuentra en el personaje
de Anne Bancroft el elegante cinismo que marca un diapasón moral
para el relato y confía, tal vez demasiado, en que del bello rostro
de Scott Thomas surja la necesaria turbación. Y es cierto que está
cerca de lograrlos, especialmente en aquellos momentos en que deshacerse
de un cadáver, hacer frente a los groseros lacayos de Mussolini
y confesar un asesinato pueden coexistir naturalmente con unos ojos impecablemente
celestes y el aire de una distinción imperturbable.
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