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REFLEXIONES SOBRE EL ANIVERSARIO
Sobre los 25 años

 

El exilio, la vuelta, los cambios en la democracia, el valor de la memoria y la movilización. A un cuarto de siglo del golpe, recuerdos de esos tiempos negros y pensamientos sobre lo que vivimos hoy.

 

Julio D. Barbaro.
No fue un infarto

No hubo sorpresa, no produjo asombro, ni tampoco miedo.
Hacía ya tiempo que cada uno hacía su juego, que nada nuevo intentaba cambiar el rumbo de las cosas. Los violentos no creían en la democracia y apostaban al golpe. Los verticalistas, convencidos de que Isabel alcanzaba para gobernar, ignoraban los riesgos. La oposición en su mayoría jugaba a ser Pilatos.
El cansancio y la inconciencia de lo que venía hicieron el resto.
Era la “Crónica de una muerte anunciada”, ignorábamos el cómo y el cuándo, pero todos conocíamos el final.
Con Ricardo Zinn nos habían infiltrado el pensamiento liberal, con las Tres A de López Rega nos metieron el fascismo. Una revista que aún existe acusaba a Lastiri de tener trescientas corbatas. Nunca denunció los 30 mil desaparecidos.
Con Carlos Auyero y Nilda Garré conformábamos un bloque de treinta diputados rebeldes, habíamos logrado el juicio político a López Rega, pero no pudimos hacer lo mismo con Isabel.
Pensábamos que con Luder la democracia sería más estable, pero los leales la trajeron de Ascochinga.
Algunos decían tener contactos militares, otros hablaban con los guerrilleros, casi todos con ambos, y todo para no encontrar nada nuevo.
No fue un infarto sino una larga agonía sin esperanza. Los diputados deambulábamos por los bares, buscábamos alguna salida, veíamos venir el desenlace, pero ninguno de nosotros lo imaginaba en su verdadera dimensión.
El clima era de agobiante tensión, discutíamos sobre si debíamos ocultarnos o simplemente el golpe nos iba a ignorar. La violencia sofocaba a la democracia.
Cansancio e ignorancia del peligro. Sacábamos nuestras cosas de los despachos con la lentitud del que no conoce los tiempos, pero con la convicción de un final de ciclo.
La gente, que con Perón en vida llenaba las calles, se negaba a salir de sus casas.
El golpe no fue una sorpresa, pero sus consecuencias superaron nuestra imaginación.


Atilio A. Borón
Memoriosos inclaudicantes

Por fin una nota cargada de promesas y de futuro dentro del negro panorama que nos agobia. Ante el repugnante espectáculo producido por la dirigencia política compitiendo de rodillas para ver quién lame la bota de los mercados con más entusiasmo fue reconfortante comprobar que no todos sufren de amnesia y no todos claudican. Que como sociedad algo hemos aprendido. Una verdadera multitud se dio cita para acudir en Buenos Aires a la marcha convocada para no olvidar, por la verdad y la justicia. La preservación de la memoria es un imperativo fundamental para toda comunidad que quiera resguardar su identidad y evitar que la conviertan en un insípido mercado. También, para no reiterar errores, no caer en las mismas trampas y no volver a escuchar los cantos de sirena de los falsos mesías que la condenan a la autodestrucción.
Algunas lecturas de la marcha. En primer lugar, ratificó la densidad y vitalidad de la “izquierda social” en Buenos Aires. Una izquierda que por hallarse fragmentada y atomizada carece de expresión política unitaria y que, si llegara a tenerla, la convertiría en un instrumento político capaz de poner freno al acoso insaciable de “los señores del dinero”, como dice Marcos. Sería interesante que sus dirigentes trataran de aprender algo de la experiencia del PT brasileño, un partido en el que conviven sectores muy heterogéneos, pero en el cual su vocación política -.es decir, su afán por transformar la realidad-. ha claramente prevalecido por encima de tentaciones testimoniales, mezquindades de capilla, solitarios caudillismos o el narcisismo de las pequeñas diferencias. Segundo: impresionante presencia de jóvenes, dato extremadamente alentador y que avienta el peligro de que el repudio al terrorismo de Estado se convierta en un “asunto generacional”. Es justo rendir tributo a la labor incansable de los organismos defensores de los derechos humanos y a las organizaciones de izquierda que hicieron posible el traspaso de experiencias y la preservación de la memoria a jóvenes nacidos después del golpe de 1976. No hay muchas razones para sentirse orgullosos de nuestra vida política, pero ésta es, sin dudas, una de ellas. Tercero y último: la multitud convocada no se equivocó al establecer un preciso paralelismo entre el golpe de ayer y el de hoy, entre el de 1976 y el de estos días. El primero instauró a sangre y fuego la primacía del capital financiero y el neoliberalismo; el segundo ratificó ese rumbo y consolidó la dictadura de los mercados con métodos más sutiles, pero no menos crueles y letales. En el ‘76 hubo partidos y dirigentes que fueron los cómplices civiles del horror. En 2001 ya no son más cómplices sino, gracias a sus olvidos y claudicaciones, los protagonistas principales de esta nueva fase de la dictadura; los que, como antes decían los militares, tienen a su cargo asegurar que “las urnas están bien guardadas”. Ahora el método no es el de antes; se las instala, se convoca al pueblo para que decida y luego, perversamente, se repudia el veredicto de las urnas y se defrauda el mandato popular. Por eso el repudio que estos personajes .-los Videla y Cía. de hoy-. concitaron en la plaza fue tan generalizado como merecido. Trabajaron arduamente para ganárselo.


Nicolás Cassullo.
Fantasmas en el dintel

Para algunos de los que ya estábamos afuera, en este caso en México, el golpe militar del 76 tuvo diversas resonancias que en esos días no terminaban de cuajar, aunque se oyesen entrando por el cuerpo, serpenteando en la cabeza, agitando con una inquietante desmesura el corazón exiliado. Recuerdo: resonancias indiscernibles en un principio. Palabras que salían de la boca con una mezcla de frialdad de “cuadro político” y espanto de una extranjería extraviada en una ciudad implacable, eterna en su extensión, aquel México Distrito Federal. Resonancias que de igual manera mostraban los rostros del destino irreversible.
Por un lado, las noticias esperadas que fueron cayendo de a poco, certificaban que el país se reintroducía en una clásica normalidad que había educado y formado a nuestra generación sin sortear una sola materia ni examen final. Era otro tiempo de los militares. Desde Reforma e Insurgente, donde almorzaba a dos cuadras del diario, podía imaginar sin que le errase a ningún detalle desde tal lejanía, las voces de los locutores, las marchas predilectas, los comunicados de entonaciones severas, los titulares de los diarios al día siguiente.
El exilio recién comenzaba ese día, desperezaba su penumbroso cuerpo, se abría a la noche y los aullidos. El exilio era ahora de pronto una extensión –conversada con Jorge Bernetti, con Ana al regresar a casa, con otros– que aparecía aterradora. Serían años afuera. Y uno decía años en la exacta lucidez de ese infinito, y no meses como nos fuimos engañando: hasta las elecciones y la retirada de Isabel. Serían años los que nos esperaban, y en ese dato las calles, los frentes de las casas, el tono del cielo, el rostro de la gente, el prender la luz o lavarse los dientes adquirían una dimensión nueva, indecible, con una carga de violencia tal que fue lo único no muy hablado, como suele suceder con las cosas que en el fondo atenazan el alma de verdad. Y esos “años” por delante, si bien la noche del golpe resultaban inmedibles, alcanzaban en casi todas las especulaciones la cantidad de al menos una década.
El segundo rostro fantasmal que como baba del diablo se colgó detrás de la puerta, fue el de las muertes venideras. Varios de nosotros, distanciados ya de las organizaciones armadas, sabíamos, calculábamos, sospechábamos, imaginábamos lo que antes, allá a fines del ‘74, discutíamos orgánicamente y planteábamos: que sería un baño de sangre, una carnicería política y militar. Ese día de marzo conversábamos desde la conciencia absoluta de que no significaba una dictadura más, sino el campo de prueba de una inmensa violencia entre aparatos disímiles. Sin embargo nada de lo pensado ese día estuvo a la altura de lo que sobrevino. Y cuando años después leía al periodista vienés Karl Kraus diciendo en 1916 “cuando los hechos de horror toman la palabra”, cuando barren con todas las palabras, recordé aquel día de marzo mientras leía los cables de las agencias informando sobre la flamante junta militar. Trabajaba en la sección internacional del diario El Universal y Jorge lo hacía en la sección Editoriales. Ese día, creo, escribimos sendos y largos artículos sobre la Argentina, y acordamos con el director enviar un corresponsal a Buenos Aires, al que le detallamos zonas y lugares propicios de la ciudad porteña.
El tercer espectro que me rondó durante esas jornadas, y que compartí con menos oídos todavía, o redacté en selectas cartas a compañeros lejanos, tenía que ver con otro tipo de cráter en el pecho. Recién en esos días mi máquina de escribir recobró una fatídica intensidad perdida en el destierro, para dibujar malamente la silueta de ese tercer espectro impreciso, también con aroma a muerte. Se trató del reconocimiento de que un largo tiempo histórico empezaba a extinguirse para siempre en la Argentina. Como si una napa reseca, sedienta y cadavérica se lo chupasesalvajemente de la superficie de las escenas, de las lógicas, de las palabras, de las terminologías, de las representaciones del mundo y de las referencias todas.
Una vieja Argentina que habíamos aprendido a deletrear quizás demoníacamente (pero en las antípodas de la teoría de los dos demonios que luego se impuso como encarcelamiento político e historiográfico) una “antigua” Argentina, digo, sentí que empezaba a agonizar de manera brutal ese día, con sus peronismos revolucionarios, nacionalismos izquierdizados, marxismos nacionalizados, cristianismos terceristas, humanismos sociales, guevarismos, basismos, resistencias, sindicalismos duros, clasismos, gremialismo periodístico, frentes de la cultura, cátedras programáticas, “clase obrera en ascenso”, universidades del compromiso. De igual manera esa intuición de lo agonístico, conservaba aún en esos días una suerte de calidez de las despedidas, como también la plena conciencia de las fatídicas desmesuras cumplidas. Quiero decir: todo aquello no era todavía libro best seller ni investigación puntillosa de un pasado.

 

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