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OPINION

La palanca sin dueño

Por Claudio Uriarte

La defección de Jim Jeffords del Partido Republicano, que liquidó de un golpe la endeble mayoría nominal de fifty-fifty que el partido en el gobierno detentaba en el Senado (con el voto de desempate del vicepresidente Dick Cheney), no significa, desde luego, que el Congreso norteamericano se haya vuelto progresista de la noche a la mañana: la Cámara de Representantes sigue bajo control de los republicanos, y en el mismo Senado, George W. Bush sigue disponiendo del apoyo de los 10 o 12 demócratas de derecha que le permitieron hasta ahora impulsar un programa máximo desde un mínimo mandato electoral.
Sin embargo, el cambio en la relación de fuerzas es decisivo en un punto clave: la presidencia de las comisiones legislativas que determinan la agenda de la Cámara alta como un todo. George W. dispondrá aún de la palanca de compensación de los demócratas amigos, pero desde el plano inclinado de un liderazgo senatorial adverso, sin ningún demócrata que por el momento esté dispuesto a cruzar filas para neutralizar la defección de Jeffords y con la perspectiva cada vez más próxima de otra defección, por incapacidad o muerte: la del senador Strom Thurmond, casi centenario. Dos horizontes se abren desde esto:
1) Que la bancada republicana en el Senado deje de ser rehén de la corriente más extremista de su propio partido. Sería justicia poética: fue este sector el que George W. primero evitó –para diferenciarse de los impresentables fundamentalistas del caso Lewinsky–, pero luego cultivó -para vencer la candidatura insurgente de John McCain–, y, en estos cuatro meses de gobierno, impulsó sin reparos. Con la nueva configuración legislativa, la relación de fuerzas sería parecida al empate actual, pero la palanca cambiaría de dirección: si antes los republicanos usaban a la derecha demócrata para sus fines, ahora los demócratas usarían a los senadores republicanos de centro (como McCain, Olimpia Snowe o Chuck Hagel) para lo opuesto.
2) Al mismo tiempo, y por obra del cambio de sponsors políticos de los líderes en el Senado, se atenuaría la fuerza de los cambios impulsados por Bush: internamente, el plan energético del Big Oil, y externamente la política proárabe, que es la traducción del primero.
Las posibilidades están, pero su cumplimiento depende de un hombre que no ha sido testeado: Tom Daschle, líder de la nueva mayoría demócrata en el Senado. Y que, por lo tanto, es el hombre a observar.


 

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