Pazos es geólogo (sedimentólogo) y en la actualidad dirige el Instituto de Estudios Andinos (UBA-Conicet). Su investigación, publicada en el Journal of South American Earth Sciences, patea el tablero porque quiebra varios presupuestos que indicaban los estudios previos en el área neuquina. Sin proponérselo, pero con buenas dosis de intuición y conocimiento, localizó la huella de dinosaurios tireóforos más antigua de Gondwana, bloque continental que, como todos saben, con el tiempo se desarmaría para dar origen a algunos continentes actuales, entre los que se destaca una parte del nuestro: Sudamérica. El descubrimiento se refiere al rastro dejado por un estegosaurio, popularmente conocido por sus distintivas espinas en la cola y sus famosas placas. Contra todos los pronósticos, la huella fue localizada en un plano inclinado, con lo cual el trabajo requirió necesariamente de un abordaje transdisciplinario. Aquí narra todos los detalles al respecto.

-¿Dónde halló la huella específicamente?

-En la Formación Lajas, una unidad geológica del período Jurásico (200-145 millones de años) que corresponde a la Cuenca Neuquina, en una localidad conocida como Arroyo Covunco (cerca de la ciudad de Zapala). Es una zona que había recorrido en muchas oportunidades con becarios e investigadores jóvenes con el simple propósito de contarles un poco cómo es la sedimentología. Me atraía este lugar porque su geología se encuentra muy a la vista y el subsuelo es reservorio de gas no convencional y petróleo. Desde la primera vez, había rasgos en las rocas que me hacían sospechar que había olor a huellas de dinosaurios. El problema era que todos los modelos paleoambientales –reconstrucciones de las escenografías pasadas– indicaban que estábamos en presencia de un sector marino.

-Es decir, toda la evidencia disponible señalaba que la zona había estado por debajo del nivel de agua…

-Exacto, es por eso que nadie pensaba que podría haber huellas de dinosaurios. Sin embargo, las irregularidades y las coloraciones que observábamos en las rocas me hacían recordar a situaciones similares en las que, contra todos los pronósticos, habíamos localizado huellas en lugares insospechados. Entonces, en una de las últimas visitas que realizamos apareció la huella y significó algo increíble, el corolario de algo que intuía, que lo veía venir pero que no fui a buscar específicamente.

-¿Cómo advirtió que se trataba de un tireóforo?

-En general, las huellas de dinosaurios son bastante fáciles de diferenciar entre sí. Cuando, además, se analiza desde una perspectiva geológica, el estudio adquiere más complejidad y se enriquece. Por ejemplo, no da lo mismo que el animal camine por arena o arcilla, con más o menos humedad, que haya matas microbianas o no las haya. Los rastros que dejan los tireóforos asumen algunas características concretas: tienen entre tres y cinco dedos bastante parecidos (dependiendo si son estegosaurios o anquilosaurios) con una morfología muy singular. Esta tiene tres dedos muy cortos y semejantes, con lo cual, correspondería a un estegosaurio, pero nos costaba asegurar eso ya que los registros óseos que se habían encontrado de posibles tireóforos eran mucho más jóvenes. El único hallazgo pertenecía al doctor Salgado y sus colaboradores sobre una unidad geológica un poco más antigua y ubicada bastante cerca.

-¿En base a qué criterio calculó la edad del hallazgo? ¿Por qué 163 millones de años?

-La Formación Lajas, en la que fue hallada, está delimitada por una discontinuidad geológica que funciona como frontera temporal. La edad más vieja está signada por la unidad que está por debajo, corresponde al Jurásico temprano y aproximadamente tiene una edad de 180 millones de años. Entonces, revisamos la literatura disponible, vimos qué edad tenían las huellas de los tireóforos en Gondwana y encontramos que todas las edades eran más jóvenes. Comparamos, entonces, con todo lo conocido y supimos que era la huella más antigua que alguna vez fue registrada en Gondwana.

-Lo curioso es que siempre se descubren muchas huellas que evidencian una caminata. Aquí, por el contrario, solo se halló una. ¿Por qué?

-Los registros de huellas habitualmente están en planos horizontales. En cambio, ésta fue localizada en la cara posterior de una duna, generada por movimientos de arena debajo del agua. De este modo, al ser un plano inclinado, encontrar otra huella se vuelve más difícil. ¿Cuáles eran nuestras hipótesis? O bien había disminuido el nivel de agua y la superficie quedó expuesta para cuando caminó el estegosaurio, o bien, el animal contaba con la capacidad de desplazarse cuando todavía había un poco de agua en la superficie. En este último caso, perfectamente, podíamos pensar en la posibilidad de una caminata mucho más errática que un trayecto común y corriente.

-¿Y entonces con cuál se quedaron?

-Con la segunda. Teníamos la referencia de una investigación de científicos ingleses que, en 2015, propusieron que los estegosaurios podían cruzar pequeños cuerpos de agua sin problemas. No eran nadadores pero tenían habilidad para atravesar barreras geográficas pequeñas. Estos colegas, además de encontrar las huellas, advirtieron el arrastre de los dedos que quedó "impreso" en las rocas. Es lo mismo que hacemos los humanos cuando nos metemos a una pileta y, poco a poco, avanzamos hacia lo profundo y vamos perdiendo estabilidad. Arrastramos nuestros dedos, vamos en puntitas de pies, hasta que finalmente intentamos flotar.

-Si la huella fue cubierta por agua, ¿por qué no se borró?

-Por las matas microbianas: estructuras presentes en ambientes sedimentarios desde tiempos primitivos Son las responsables de generar la estabilización de los sedimentos. Para decirlo fácil: si uno de nosotros camina sobre una mata observaremos cómo ésta se comporta como una esponja que permite el desplazamiento, pero no corre de lugar el sedimento. Soporta sin problemas la presión del peso ejercido por el cuerpo, como si fuera un colchón.

-Resulta increíble el modo en que el estudio sedimentológico contribuye a comprender un hallazgo paleontológico.

-Es que los geólogos, a lo largo de nuestras carreras, tomamos cursos de estructuras biogénicas como un campo dentro de la sedimentología. A través de la actividad orgánica somos capaces de entender aspectos del medioambiente que no son biológicos. En este marco, desde sus orígenes, la icnología –ciencia que explora el registro del comportamiento de los seres vivos en el lugar donde se produjeron– estuvo en medio del tironeo constante entre la paleontología y la geología. Hoy en día, como resultado, se ubica como nexo perfecto y puente entre ambas. En definitiva, cuanto mejor se lleven nuestras disciplinas mejores resultados de investigación alcanzaremos.

 

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