Lo que hoy es un derecho incuestionable, como leer un libro, en tiempos de dictadura era percibido como una amenaza. Y esa persecución a la literatura, como a todo el campo cultural, fue tan brutal que llegó a los ejemplares destinados a los lectores más pequeños. En 1977, un decreto militar prohibía el clásico infantil Un elefante ocupa mucho espacio, de Elsa Bornemann, acusado de contener “cuentos destinados al público infantil con una finalidad de adoctrinamiento que resulta preparatoria para la tarea de captación ideológica del accionar subversivo”. Y dos años después, se censuraba La torre de cubos, el primer libro para chicos de Laura Devetach, por “simbología confusa, cuestionamientos ideológicos-sociales, objetivos no adecuados al hecho estético e ilimitada fantasía”.

Cuarenta y cuatro años después de esa dictadura cívico-militar, el Colectivo LIJ, integrado por autoras y autores de literatura infantil y juvenil, emprenden una campaña que va al rescate de aquellos textos censurados como aporte al ejercicio colectivo de memoria, verdad y justicia, en un año particular en el que la histórica movilización no podrá realizarse. “Esto se gestó antes de que se supiera que no iba a haber marcha el 24”, cuenta Silvia Schujer, quien forma parte del colectivo que armó un canal de YouTube para difundir una serie de videos donde cada autor lee fragmentos de títulos prohibidos, o simplemente alusivos a ese contexto político, y otros escritos por autores perseguidos. Precisamente, ese último caso es el que eligió Schujer, quien recupera el cuento Pájaros sin cielo, de Luis Salinas, preso durante siete años bajo el régimen militar. “El escribía cuentos que después les leía a los hijos de otros presos”, revela la autora.

Paula Bombara, por su parte, eligió leer unas líneas de Caso Gaspar, su cuento preferido del libro de Bornemann. Fue ella quien impulsó la actividad donde también se recuerdan cuentos como El deshollinador que no tenía trabajo y La planta de Bartolo, de Laura Devetach; La ultrabomba, de Mario Lodi; El pueblo que no quería ser gris, de Beatriz Doumerc y Ayax Barnes y Mocho y el espantapájaros, de Alvaro Yunque, entre otros, con lecturas de las que participan Laura Avila, Márgara Averbach, Verónica Carrera, Mercedes Pérez Sabbi, Julia Cittá, Alma Rodríguez, Silvina Rocha, Verónica García Ontiveros, Sandra Comino, Alejandra Erbiti y Mario Méndez.

“Muchas veces pasa que una tiene una buena idea pero no encuentra la escucha atenta y el deseo de llevarla a cabo. Y este colectivo que formamos es muy contenedor porque lo que se formula se sopesa, se repiensa y, si hay acuerdo, se hace con toda la calidad y el compromiso posible. Eso es muy reconfortante. Lo mismo encuentro en el equipo de difusión y educación de Abuelas de Plaza de Mayo, con quienes colaboro asiduamente, colegas que, como yo, tienen los Derechos Humanos como bandera”, asegura la escritora, hija de Daniel Bombara -primero desaparecido y luego asesinado por el terrorismo de Estado- y miembro de H.I.J.O.S.

Integrante del colectivo formado en 2015, y que realizó su primera acción formal luego de la represión a la murga Los Auténticos Reyes del Ritmo, en la Villa 1-11-14, a mediados de enero de 2016, Mario Méndez también suma su voz leyendo Avenida Luro 7229, un microcuento de su autoría y los primeros párrafos de Un elefante ocupa mucho espacio y de El golpe y los chicos, de Graciela Montes, libro escrito a pedido de Página/12, por los veinte años del golpe, en 1996. “El 24 de marzo es un día de recordación obligatoria en los colegios, y estos últimos cuatro años con el macrismo salió el negacionismo de abajo de las piedras, y se vio que muchas maestras, padres y escuelas, aunque por suerte no la mayoría, tenían ese fastidio de tener que recordarlo. Creo que tenemos que pelear para que nunca más haya negacionismo, y que las nuevas maestras y maestros que nacieron en democracia y los chicos de todas las edades tengan este material a mano y tengan presente esta fecha”, señala el escritor.

Los tres coinciden en la esencia audaz de la literatura infantil y juvenil. “Es muy coherente que haya sido prohibido lo que ellos llamaron un exceso de fantasía, porque la fantasía es lo único transformador. En ese sentido, siempre pensé que eran muy brutos los militares, pero ahí pegaron en el palo, porque efectivamente la imaginación es transgresiva y es lo que te permite vislumbrar la posibilidad de modificar un mundo que es profundamente injusto. Entonces lo que hicieron es espantoso, pero tiene sentido”, reflexiona Schujer. “No dejaron hueco sin controlar. Controlaron la televisión, la música, el cine, toda la literatura, y todo aquello que ellos consideraban sedicioso o revolucionario entraba en la censura, sin distinciones. Es increíble que creyeran que podían tapar el sol con las manos. Qué ilusos fueron al creer que esos cuentos, novelas, escritores y artistas no iban a escapar de esa torpe censura. Porque lo que prohibían se escuchaba y se divulgaba más”, aporta Méndez.

“Los pensamientos de los niños y las niñas son verdaderamente revolucionarios -apunta Bombara-. Y la literatura escrita con la mirada que tenían Laura Devetach, Graciela Montes o Elsa Bornemann, que se dirigían a esa curiosidad infantil, era subversiva, pero en el mejor sentido de esa palabra. La infancia tiene que ser así. Yo estoy cien por ciento a favor de los niños inquietos y preguntones. Y cuando una elige escribir y publicar textos para jóvenes y para niños, el espíritu siempre es el de mantener despierta esa curiosidad y esa inquietud que están tan a flor de piel en la infancia y en la adolescencia.

TEXTOS ACTUALES

Los libros infantiles que siguen hablando del horror de la dictadura se multiplican en democracia. En El que no salta es un holandés (Atlántida), Mario Méndez escribió un relato de cierta forma autobiográfico sobre un niño de 12 años que disfruta de la alegría futbolera del Mundial 78, hasta que conoce la tragedia. El escritor, además, junto con Paula Bombara y otros autores, participó de la escritura de ¿Quién soy? Relatos sobre identidad, nietos y reencuentros (Calibroscopio), que reúne relatos de ficción basados en la vida real de hijos de desaparecidos. Bombara, a su vez, publicó hace 15 años un clásico como El mar y la serpiente (Norma), su primera novela que narra la experiencia de una niña cuyos padres son secuestrados por el gobierno militar. En esa línea también transcurre Manuela en el umbral (Edelvives), de Mercedes Pérez Sabbi.

Márgara Averbach escribió por su lado Los que volvieron (Sudamericana) otra novela destinada a jóvenes lectores, e inspirada también en el caso real de una investigación sobre dos NN enterrados realizada por un grupo de estudiantes de una escuela santafesina. Y Osvaldo Soriano hizo su aporte con El negro de París (Seix Barral), sobre un chico que debe exiliarse en Francia junto con su familia durante ese tiempo oscuro. Entre las novedades más recientes, el grupo musical Canticuénticos lanzó este año su último libro Pañuelito blanco (Gerbera Ediciones), ilustrado por Estrellita Caracol y escrito por Ruth Hillar y Sebastián Cúneo, como un homenaje a las Madres y Abuelas, un objetivo que comparte junto con Antiprincesas de Plaza de Mayo (Chirimbote), escrito por Nadia Fink y Pitu Saá, Viqui Veronesi y Diego Abu Arab. Para hablar de algunos de estos títulos, la librería Donde viven los libros realizará un taller hoy (24) a las 11.30, por su canal de YouTube, junto con la escritora Carola Martínez Arroyo.