“Me llamo Guy Hocquenghem, tengo 25 años… soy un homo… como dicen…”. Así empezaba el artículo de Le Nouvel Observateur del 10 de enero de 1972 titulado “La revolución de los homosexuales” que dio nuevos impulsos al movimiento gay en Francia. El autor que salía del clóset en tiempos en que el amor no osaba decir su nombre era un joven de bucles negros y cierto aire de belleza angelical que, coherente con los postulados post Mayo del 68, intentaba hilvanar las luchas de izquierda y la liberación sexual. Si los cuerpos y los deseos eran políticos, el sexo devenía arma de cuestionamiento social.

Sin embargo, pocos meses después en su libro canónico de la teoría queer, El deseo homosexual (1972) el mismo Guy señalaba que declararse homosexual era ratificar las categorías normalizadoras y represivas del psicoanálisis y el derecho e instaba a la rebelión anal a partir del uso erógeno y comunitario del culo de los varones por varones, mujeres y trans. Años después, en la Gran Enciclopedia de las Homosexualidades criticaba la idea de masculinidad y proponía la descolonización a través de la entrega anal de los franceses a la belleza fálica de los árabes. Y en 1977, el teórico invitaba a “deshacerse homosexual”.

Las mismas trasgresiones y contradicciones alimentan el espíritu de los artículos de prensa de Hocquenghem. Su publicación en castellano constituye un acontecimiento cultural. Son documentos que permiten recorrer los principales hechos en Francia y en el mundo desde 1970 hasta 1987 y transmiten ideas de notable vigencia y originalidad en torno a debates actuales de la comunidad LGTBIQ.

¿CUANTO VALE UN CADAVER?

En “No murieron de viejos”, Guy reflexiona sobre las muertes dignas o no de duelo en las sociedades capitalistas. Así compara la trascendencia mediática de la muerte de De Gaulle con la poca cobertura de los 144 jóvenes carbonizados de un incendio en la discoteca Saint- Laurent- du – Pont. La mirada fría que suscitó este hecho parece conectada a la mala prensa de la juventud rebelde post-Mayo del 68. Algo así como: “¡se lo merecían!”. Eso junto a las muertes de Jimi Hendrix y Janis Joplin dan cuenta de que “los burgueses mueren porque están viejos. Nosotros morimos de asfixia”. Belleza sacrificada en los altares del capitalismo.

Con el mismo tono, en un artículo de 1979, Hocquenghem denuncia el genocidio de los “hombres del triángulo rosa de Hitler”. Afirma que los homosexuales asesinados en los campos de concentración nazi –“cuyo número exacto se desconoce”- murieron dos veces: nadie se acuerda de ellos. El mismo destino que los gays víctimas de crímenes de odio que solo en 1972 y en Manhattan se contaban por centenares según narra en “Gay sangrante USA”. Pero sí, advierte, toman estado público los asesinos seriales gays como John Wayne Gacy.

En “El suicidio de Jean- Louis Bory”, elogia a la muerte voluntaria “como una bella demostración de coraje”. Según Hocquenhem, escritores gays e insumisos como Jean-Louis Bory y Henry de Montherlant, deciden abandonar el mundo en un acto final de erotismo y apasionamiento (quizás el único que permiten las sociedades donde impera el modo de producción mercantilista).

CALÍGULA Y YIRE

Pero no todo es Tánatos. Por el contrario, en muchos artículos de Guy imperan el goce, el desenfreno y la lujuria. Así, reclama el derecho a un taxi gratis para recorrer el erotismo de los mingitorios como nueva forma de turismo citadino y frecuentemente narra su “yire" cosmopolita por el infierno encantador de “las lesbianas que juegan al billar”, “el Times Square repleto de gigolós de quince años”, “el inmenso bar de las cien travestis” y los “go-go boys desnudos que hacen trapecio exhibicionista”. En otros artículos tan pronto defiende a la primera superproducción porno, Calígula, “materialización de la monstruosidad y la desmesura absoluta”; o alaba “las hermosas piernas de Cleo”, un futbolista brasileño (“el más bello y caro del mundo”), cuyo nombre de guerra parece el de una travesti de Copacabana.

Destaca “Un cielo para todos los clones” donde describe el fenómeno de las iglesias homosexuales y los cristianos gays en el New York de los ochenta. Allí, Guy se detiene en los “jóvenes del coro, “hermosos machos de 25 años”, en los curas “meneándose entre los fieles” que parecen clones de alguna revista porno de la época: jeans, camisa y zapatillas, bigote y pelo corto” y en la ceremonia de la misa semejante a una “comedia musical”. En el clímax de elogio de lo profano, evoca la tradición oriental de un Cristo joven y espléndidamente carnal y llega a afirmar que el hijo de Dios no es hombre ni mujer. Hocquenghem, se ocupa de los grandes y los micro aspectos de la vida política y cultural. En “Por el bien de los machos” analiza el fenómeno Village People. Para el pensador, sus miembros tienen “algo de los jóvenes trabajadores musculosos que tanto le gustaban a Walt Whitman” pero reafirman en sus estereotipos -el “chicano”, el rockero barbudo, el Negro”- que “no hay machos más verdaderos que los culeados” y que los marines deberían “hacer el amor y no la guerra”.

Siempre en las antípodas de lo instituido, en sus últimos años Guy descreyó de todo lo que sonara a gay absorbido por el sistema capitalista, devenido mercancía o espectáculo. Frente al sida, afirmó que “no se trata de frenar el sexo, sino de excitarlo de nuevo”. Ya tocado por el HIV, renegó de aquellos discursos y metáforas sociales que culpabilizaban al enfermo, señaló lúcidamente que generar terror nunca posibilitó cuidados perdurables y propuso una ética de los placeres que supere la oposición radical entre “la apología promiscua del todo-sexual y el acumulamiento de cadáveres de SIDA”. Clarividente, presagió que este nuevo arte de vivir llevaría décadas y que para entonces “el problema preciso del sida habrá sido reparado, o al menos controlado”. Lamentablemente Guy no llegó a esa era y murió en la juventud de aquellos a quienes exaltó. Su legado político e intelectual aún perdura.