Cada año, a principios de diciembre, cuando las noches se hacen demasiado largas, en los momentos en que el petirrojo reaparece en invierno, frecuenta solitario el jardín y se vuelve el único dueño de la ribera, una depresión tóxica y suave, brumosa, insinuante, estacional, gira a mi alrededor como una nube liviana, y finalmente me atrapa. Después, se hace más densa. Se vuelve casi pesada, poco a poco se transforma en una verdadera tristeza. Entonces, necesito inventarme un objetivo. Necesito engañar al tiempo, llenar las horas, meterme en mi cama, doblar las almohadas, amontonar las frazadas, alejar el frío. Fue así como en 1989 me dieron ganas de contar la vida de un músico que me parecía poco conocido, quien había compuesto bellos dúos de violas en los años 1680. Se sabía su nombre –se llamaba Monsieur de Sainte- Colombe-, pero, entre escalofríos de fiebre, yo inventé su vida. Vivía apartado de la corte, en un refugio solitario, lejos de París, a orillas del Bievre. Titulé ese conjunto de fragmentos y recuerdos Todas las mañanas del mundo.

Veinticinco años, después, en 2016, en los meses de octubre y noviembre, cuando regresan las lluvias y los resfríos, cuando la garganta vuelve a cerrarse, a arder y a toser, cuando los helechos se queman, cuando las hojas rojo sangre de la viña virgen vuelven a caer al costado del muro de la casa principal, cuando llueven las hojas doradas del arce, tuve la necesidad de burlar las largas noches de invierno y sentí de nuevo las ganas de contar la vida de otro músico que me parecía poco conocido, a quien yo tocaba mucho y por quien sentía una especie de veneración debido a su extraordinario amor a los pájaros. Por la belleza de la naturaleza, este eclesiástico había abandonado a Dios. Había acudido al llamado de los cantos del bosque y de las olas de los once lagos glaciares que rodeaban su casa y que formaban la figura de dos manos extrañas. Son los Finger Lakes, en el estado de Nueva York. Había anotado secuencias de música “salvaje” muy breves, muy singulares. Su nombre era Simeon Pease Cheney. Vivía en una casa parroquial aislada –no muy lejos del puerto de Nueva York- en Geneseo. Murió en 1890.

Que yo sepa, el reverendo Cheney es el primer compositor que anotó todos los cantos de pájaros que escuchó trinar en el jardín de su parroquia, durante su ministerio, en los años que van de 1860 a 1880.

Anotó hasta las gotas de la cañería mal cerrada que caían en la regadera apoyada sobre los adoquines de su patio.

Transcribió hasta el sonido particular que hacía el perchero del pasillo cuando el viento se embolsaba entre los pilotos y los abrigos invernales.

Me hechizó esa extraña casa parroquial que de pronto se volvió sonora y fui feliz en ese jardín animado por el amor que un hombre sentía hacia su mujer desaparecida.

Solo un músico se tomó en serio la obra de Cheney: Dvorak.

Antonin Dvorak, mientras pasaba sus vacaciones en un pequeño pueblo de Iowa, sacó su reposera al pasto. Se dedicó todo el verano de 1893 a leer –con el alma completamente abierta, un portaminas entre los dedos de su mano y las líneas melódicas que surgían de sus labios- ese único libro póstumo de Cheney, Wood Notes Wild que acababa de publicarse en edición del autor, gracias a los buenos oficios de su hija Rosemund, quien lo pagó con su escaso salario de profesora de canto y violonchelo.

Fue así como Dvorak escribió –simplemente leyendo el libro del pastor de Geneseo, tomando “notas” o, mejor dicho, extrayendo las notas de los pájaros que poblaban sus árboles y su cañaveral- el admirable cuarteto de cuerdas número 12.

Esta historia doble –la de un viejo músico apasionado por la música espontánea de la naturaleza indiferente a los hombres y el destino de una mujer soltera que desea difundir a toda costa la obra ignorada de su padre- adquirió en mí no la forma de un ensayo o una novela sino de una serie de escenas amplias, tristes, de acción lenta, refinadas, tranquilas, ceremoniosas, muy cercanas al teatro no del mundo japonés de antaño.

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En un primer momento yo solo quería tocar incesantemente, una y otra vez, en medio de las brumas del otoño, con una felicidad hipnótica e ininterrumpida, las 261 páginas de esas “partituras de pájaros” que el reverendo de Geneseo había anotado en sus cuadernos, con su pluma y con su letra minúscula, cien años antes de que el enorme genio que fue Olivier Messiaen tuviera la misma idea en el jardín de Delamain.

Después, esas páginas siguieron, ya en el Yonne, entre las neblinas desgarradas y los cisnes que vagaban por el agua en busca de un poco de pan.

Por último quisiera transcribir la frase de Simeon Pease Cheney que figura en la página 3 de Wood Notes Wild, y que hizo que los ojos se me llenaran de lágrimas cuando la descubrí: “Incluso las cosas inanimadas poseen su música. Escuchen el agua de la canilla que gotea en el balde medio lleno”.

No he dejado de tocar esa extraña melodía que cae en el fondo de un balde. La incluí en el espectáculo La Rive dans le noir (La orilla en penumbras) que creé junto con Marie Vialle, con tristan Plot, con una lechuza de seis meses y también cion un cuervo de doce años que se llamaba Ba Yo, en el Festival de Aviñón a principios de julio de 2016, y durante toda la gira que siguió por París, Toulon, Malakoff, Tarbes, Tours, Bordeaux, Havre, Caen, Haix, Chateauroux, en los cuatro primeros meses de 2017. 

Prefacio de En ese jardín que amábamos de Pascal Quignard, que acaba de publicar El cuenco de plata.