I.

Un hombre se asusta con deslumbramiento y amor, ante una lengua de tamaño natural.

Una mujer negra no se asusta de una mujer blanca, en tamaño natural, rompiendo el poder étnico e iluminando la botella de la improvisación.

La lengua recién cortada se esmera en libar el silencio.

Algo como una metáfora va tomando cuerpo y se va acercando a la lengua que se vuelve a pegar en otra boca.

Los ojos abiertos, hinchándose hasta culminar en una fuerza inexistente.

Los dedos de los ojos le sacan las palabras a la boca con tanta sutileza que la lengua enloquece, madura y cae otra vez como una manzana que se desprende del árbol o como un pintor que sabe ofrendar su oreja improvisadamente.

 

II.

Una semilla es el espacio‑tiempo.

Su eco se hace sentir muy fuerte al principio y luego entra en un sueño similar al diamante giratorio de la luna. Eso siempre me agrada. Y deja que el destino disponga de sí. Eso siempre sorprende. Y la noche suelta su leche transparente sobre el manto pedregoso de la germinación. Eso siempre florece.

La semilla no es más débil que los propios dioses, sino apenas más pequeña cuando se la mira desde el otro lado. Y Dionisio subyace en estas improvisaciones. Dionisio subyace siempre.

 

III.

Hasta que se detiene y se apoya contra una pared hablando en cualquier lengua, desprendida del vínculo entre lo manifiesto y lo oculto, como una ostra, que también se parece al cosmos. A menudo se le pone pastosa la lengua y hay que afinar el oído en el lado de la nube de palabras que toman la forma de un hombrecito al que le vuelve la memoria vagamente paralizada en un comienzo de afasia. El hombrecito, en su forma espiralada, no es un perico cualquiera que cae dando tumbos. No. Es una cosa demasiado cierta. Una improvisación metafísica de la herradura de la noche. Algo dice. Algo que no sabíamos decir. Algo que no comienza. Algo que no cierra. Algo que está bien.

 

IV.

Puedo ver mis pies entregados de corazón y desabrochadura aunque en realidad no debí forzar el camino hacia Van Gogh. Él está hablando. Abre la puerta del calabozo y se va. Ya ha luchado bastante. Y que la vida se detenga. Que ya no le palpe los órganos de ese modo ni pronuncie su nombre tomado al vuelo. Que la vida se acostumbre, si le resulta posible, a su temperamento y a sus colores, y si después le es grato arrimarle el hombro, que lo arrime. Se lo ruego. Se lo camafeo. Se lo pájaro. Se lo rubí. Se lo cosmos. Se lo añil. Selenio. Solo.

Y por encima de todo esto, la luna colgada de un hilo en el cielo, improvisando un giro celeste.

 

V.

Bajé. Ionesco estaba a siete mil metros de altura. A pocos pasos de la luna. El sudor de los astros y un silencio sonorísimo. La luna, con su voz casi humana rezaba cada día. Como se tira para matar, ella rezaba. No importaba a quién. Sólo rezar. Rezaba por rezar. Ionesco no se decapitaba. Rezaba con la luna, rezaba en el proscenio, en la noche oscura de un París desierto, entre bastidores. Estaba loco. Ionesco estaba loco. Grababa su locura sobre el cielo a ras de suelo. Qué estás haciendo, le pregunté, y él me previno que también los camellos pueden almacenar agua. Improvisaba.

 

VI.

Donde alguien cae de sí mismo, en sí mismo, y con palas y picos amontona cascotes a un lado y se carga en una carretilla, situándose en la segura ignorancia de no saber si de esa manera derrumbada de existir, se vive o se muere.

Donde casi siempre tiemblan las manos, ¿de quién es el temblor?

Donde es preciso aprender lo que es casi bueno y lo que es completamente malo.

Donde los granos de maíz hablan entre ellos, se encuentran, enhebran coincidencias de sueño y pensamiento con los astros. La mazorca llena de planetas apretujados, madurando, al tiempo que enredan entre sus dedos la barba larga y dorada, improvisando la noche en barbecho.

 

VII.

Está escribiendo con la voz. Está hablando. Y las palabras salen a la superficie membranosa para frotarse en ella e impregnarse de sus olores. Hoy, debido a la humedad, muchas de las palabras son más sensibles y se pueden borrar, sencillamente, pasando un paño. De ahí la reverencia que provocan. Muchas palabras difíciles, escritas por escritores muy sabios, están colgadas en la cabeza de uno. Palabras sofocantes, más sofocantes que el verano, que entran en la lengua, en la memoria de la lengua, donde trabajan los obreros, los estibadores del lenguaje, a toda hora, cuando la noche se bebe a sí misma o cuando el sol se levanta magnífico, y construyen esas siluetas negras, grandes y pequeñas, de alturas regulares que sin embargo son capaces de tan extraordinarias improvisaciones.

 

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