La foto sintetiza hace 32 años una búsqueda con final trágico y el pedido de justicia que jamás se completó. También se transformó en estandarte de una lucha que todavía continúa. Y además, revela el amor de un joven por el fútbol, su fútbol, al que le dedicaba tiempo, viajes y sus sueños de juventud. Andrés “el Gallego” Núñez posa en el viejo estadio General San Martín de Mar del Plata. Viste una antigua camiseta Topper de Estudiantes de La Plata, el pantaloncito negro con el número 4 y medias altas. Es la postal de una pasión. Mirna, su compañera, lo recuerda de mil maneras y una es la que muestra la imagen: “como un futbolista amateur”. Porque aquel muchacho platense, del barrio de Villa Elvira, en la periferia sur de la ciudad, el mismo que la invitó a dar un paseo en bicicleta el día que la conoció, era feliz si tenía a la pelota como aliada. Una patota de la Policía Bonaerense se ensañó con él. Lo secuestró de su casa, lo torturó, asesinó y quemó su cadáver con el mismo manual de la dictadura genocida. Con la diferencia – no menor – que esa dictadura siete años antes se había batido en retirada. Gobernaba Carlos Menem. Sucedió la madrugada del 28 de septiembre de 1990.

“El fútbol fue sin lugar a dudas su gran pasión. Le encantaba jugar a toda hora y en cualquier lugar. Se probó en varios clubes y en diferentes puestos, pero a él le gustaba la creación de juego del medio para adelante. Algunos de sus viejos amigos de las tardecitas en las canchas del campo de deportes de la universidad, en el Bosque platense, cuentan que podía llegar a jugar picados de hasta tres horas sin parar. Con gran esfuerzo llegó a incorporarse en una filial del club Estudiantes en Mar del Plata por lo cual viajaba regularmente a la ciudad balnearia. Cuando lo asesinaron, vivía esperanzado con llegar a un arreglo para sumarse a un club de Corrientes, interesado en su contratación”, cuenta en su libro Un tal Núñez, publicado por Octubre, el periodista Pablo Morosi.

La fotografía del primer deportista desaparecido en democracia y cuyos restos se encontraron casi cinco años después, en agosto de 1995, recorrió el mundo y convivió en cada marcha con las imágenes de los 30 mil que siempre buscan los organismos de Derechos Humanos. Núñez había nacido el 6 de septiembre de 1958 y sus padres eran Evaristo, un policía correntino -de la misma fuerza que lo mató en la Brigada de Investigaciones platense-, e Isabel, ama de casa de Río Cuarto, fallecida pocos meses después de su secuestro. Andrés dejó a su beba de un año y un mes, Leyla Ayelén, y a Mirna, una luchadora que no se da por vencida.

Una imagen de Andrés Núñez, fuera de las canchas.

Ella recuerda ahora: “A mí no me gusta el deporte, soy de ver poco. Lo acompañaba al bosque donde jugaba con sus amigos, me llevó a la cancha de Estudiantes, a Cambaceres, pero yo nada que ver. Él jugaba muy bien, era chueco, hermoso, ojos color del cielo… No sabe cómo pateaba. Todos los querían, era muy amigo de los amigos y siempre pensaba en su hija”.

La fina estampa de Núñez en primer plano cuando representaba a Al Ver Verás, el equipo filial de Estudiantes en Mar del Plata, es de 1985. Posó en un estadio que ya no existe: lo demolieron en 1996 y su predio lo ocupa hoy un hipermercado. Sobre la foto se lee Liga Marplatense de Fútbol y el año. El joven aparece delante de sus compañeros de equipo y de una tribuna techada y semivacía pintada de blanco con público que busca protegerse del sol en sus escalones más altos. Esa composición futbolera tiene una historia curiosa que escribió el periodista Fernando del Río en La Capital de Mar del Plata, el 1° de octubre de 2020.

Cuenta que “Al Ver Verás afrontó el torneo de segunda de ascenso y Andrés Núñez se destacó por su aguerrida forma de cuidar la banda derecha de la defensa. En ocasiones, el equipo jugaba con la camiseta de Estudiantes de La Plata y en otras con la rojiverde del club de Mar del Plata que debió modificar su estatuto para admitir la nueva denominación: Estudiantes-Al Ver Verás”.

La simbiosis futbolística se dio cuando el entonces presidente de la institución platense, Raúl Correbo, acordó esa asociación con el objetivo de ascender al humilde equipo de camiseta verde y roja, del barrio Parque Palermo, a la Primera B de la Liga local. Estudiantes lo había asistido en 1961 de manera parecida cuando se acercó al club de nombre poético un ex futbolista, Alberto Mocho Viola, con quince jugadores de refuerzo desde las divisiones inferiores platenses. El dato lo aporta José Luis Ponsico, otro periodista marplatense, desde una de sus columnas de historias que combinan la política y el deporte.

Sebastián Arana también es periodista deportivo, trabaja en el mismo diario que Del Río y es un estudioso de la historia del fútbol marplatense. Explica que “el campeón del torneo de la C en 1985 fue Libertad y Al Ver Verás-Estudiantes jugó un cuadrangular y ganó el segundo Ascenso. Conservo siete síntesis del torneo regular y Núñez jugó en seis de esos partidos. Lo ponían de lateral derecho o izquierdo. Del Reducido jugado a dos ruedas también tengo cuatro síntesis en los que figura como titular, por lo que su presencia confirmada aquel año fue al menos en diez partidos o más”.

Hay fotografías de Andrés con las dos camisetas. Una coincide con su mañana soñada, porque su división jugaba los domingos en horario matutino. Salió campeón después de que la filial de Estudiantes ganara el partido decisivo contra Banfield de la ciudad balnearia, el 21 de diciembre del ’85.

Un pedido de justicia, en una de las tantas marchas contra la represión policial.

Azarosa y un tanto inexplicable, la comunión de Núñez y Al Ver Verás supera la relación futbolística que los unió. Nacido en 1944, el club había sido fundado por ciclistas como Andrés. Porque Andrés, además de marcar cualquier punta de la defensa, adoraba andar en bicicleta. Ese hábito lo describe con precisión la periodista de Página/12 Adriana Meyer en su libro de investigación, Desaparecer en democracia, publicado por Marea: “El Gallego llamaba la atención por su costumbre de moverse pedaleando, así que los policías lo asociaron al robo y fueron a buscarlo a su casa. Su bicicleta era una Olmo de carrera profesional, color gris con detalles en rojo. El Gallego y la bicicleta eran una unidad indivisible”.

Carlos Barranco es un gran amigo de Núñez, pero no de esas amistades forjadas en un potrero o corriendo detrás de una pelota. Padrino de su hija Leyla, le sugiere a este cronista que su memoria, tal vez “no quiera recordar momentos tan feos vividos en la década del ’90. Me acuerdo que un día me dijo: ¿por qué crees que no tengo novia? Es por el fútbol. Me dijo que estaba primero, entre sonrisas, porque Andrés era un tipo feliz. Jugaba todos los días en una cancha que pertenece al Colegio Nacional que depende de la Universidad de La Plata. Los sábados a la tarde jugaba hasta tres partidos. Era la pasión que tenía, dejaba todo por ella”.

Una mirada jurídica del caso

Fabián Salvioli es abogado y doctor en Ciencias Jurídicas. Trabaja en Naciones Unidas como relator especial sobre la promoción de la verdad, la justicia, la reparación y las garantías de no repetición. Prologó el libro de Pablo Morosi Un tal Núñez y casi 32 años después del crimen policial, su visión del caso que todavía sigue abierto, es muy crítica. Analiza el desarrollo de la investigación y la represión institucional que no deja de violar los derechos humanos:

“Creo que la consecuencia jurídica más importante es que se declaró la imprescriptibilidad y eso permite que aún siga abierta la posibilidad de encontrar a Pablo Martín Gerez, el policía que comandó el operativo que secuestró a Núñez y también participó del asesinato y ocultamiento de su cuerpo y además, está prófugo de la Justicia. En ese sentido no resulta muy lógico que no se lo pueda encontrar, a pesar de que la familia de la víctima dio pistas sobre su posible localización. Esa es una deuda pendiente y por supuesto, importa que las fuerzas de seguridad estén capacitadas en derechos humanos y haya muchísimo control civil sobre su accionar. Porque las metodologías no pueden ser similares ni al margen de la ley, como lo fueron durante la dictadura. Las fuerzas militares o policiales en nuestro continente muestran que tardan mucho más en depurarse o asumir condiciones democráticas que otras instituciones del Estado”.    

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