Genealogías impuras habitan los cuentos del sorprendente primer libro de Agustina Zabaljáuregui (Buenos Aires, 1984), La hora de las ratas. Humanos transformados en perros zombis, una criatura nacida de la unión entre una mujer y un río bravo, la huérfana que convive con una colonia de ratas y la nieta que se convierte en su abuela son algunas figuras del elenco de los trece cuentos de esta narradora que en 2018 se llevó el segundo premio del concurso de literatura “Manuel Mujica Lainez” con “Pies de robot”, incluido en el libro y que narra la amistad entre un carnicero parricida y Victoria, que quiere aprender a patinar. “Pero a pesar de su aspecto amenazante tenía una mirada noble, como la de los perros grandes”, reflexiona Vicky. La moralidad de personajes y narradorxs de La hora de las ratas es y no es la de este mundo, y en las comparaciones con los humanos, los animales siempre llevan ventaja.

“Me fascinan los animales y la naturaleza: sus reglas, su belleza, su crueldad –dice la autora–.Son una puerta directa a lo sobrenatural porque provocan esa sensación de estar ante un milagro”. Hasta que la fisura se vuelve un abismo, las parejas de algunos cuentos funcionan como una misma entidad. “Ya no sabíamos dónde terminaba él y dónde empezaba yo. Nos olvidamos de si él era el obsesivo y yo la desordenada o al revés. Fuimos mutando por el otro”, cuenta la narradora de “Como palas”.

Antes de dedicarse a la narrativa y la coordinación de talleres literarios en El Cuaderno Azul, Zabaljáuregui trabajó como guionista. “No sabía que podía escribir narrativa –señala–. Lo fui descubriendo en el camino, a medida que aparecían las historias. Me encantó enseguida, especialmente por la libertad que hay. En el guión todo es dinero, uno trabaja muy limitado. Viendo el libro terminado me parece que hubo una pulsión inconsciente de venganza porque está todo lo que te dicen que no en cine: no animales, no niños, no fuego. La mayoría de los cuentos serían superproducciones de HBO si se filmaran. Como siempre escribí guiones a pedido, encontré en la narrativa un aspecto de mi identidad, los temas y los mundos que me obsesionan”.

Por atmósfera y trama, cuentos como “Una botella de whisky y una lata de Nesquik” (ambientado en un no-futuro cercano e inquietante), “Una tormenta” e “Hijo del río” merecerían ser incluidos en cualquier antología de relatos fantásticos. “Algunos vinieron de una frase y la historia fue apareciendo a medida que tiraba del hilo –revela Zabaljáuregui–. Otros surgieron a partir de un lugar o un personaje. Trabajé con lo que había, le hacía preguntas a eso hasta que se dibujaba el resto de la historia o al menos la flecha que marcaba la dirección. Lo siniestro y lo fantástico apareciendo sin buscarlo. Me amigué con el miedo y la oscuridad. Ponerlo en las historias me permitió sacarlo de mi vida. Durante años tuve una sensación de miedo constante, una sombra que me acompañaba y que ahora vive en lo que escribo”.

Algunos relatos hacen “justicia” con victimarios de toda calaña en represalias desenfrenadas, como en el que da título al libro, protagonizado por Luna, una chica que prefiere vivir con las ratas en los túneles del subte antes que con su tío. “Fueron surgiendo en el momento en que me encontré con el feminismo y con las temáticas que me proponía repensar. El aborto, la violencia hacia la mujer, la maternidad en clave body horror se colaron en las historias. No fue algo consciente hasta el momento de la reescritura. Se volvió una decisión dejar esos temas, que estuvieran contenidos por la historia y que fueran parte de los personajes”, agrega la autora, que creció leyendo a escritores norteamericanos. 

“Cuando me encontré por primera vez con Mariana Enriquez, Selva Almada, Samanta Schweblin, no lo podía creer. Después Alejandra Kamiya, Alejandra Zina, Camila Sosa Villada, Dolores Reyes, un firmamento de rockstars diferentes y todas interesantes. Era cuestión de que las vieran, de que les dieran el espacio o que lo ganaran a patadas. Por supuesto también me interesa la obra de autores, especialmente los que escriben género, como Luciano Lamberti, Leo Oyola o Leandro Ávalos Blacha. Pero me genera fascinación que las líderes de la escena literaria hoy sean mujeres. Crecí escuchando Bikini Kill con su grito riot grrrl  ‘Girls to the front’ y en la literatura argentina siento que por primera vez las chicas están al frente”.

La hora de las ratas

Agustina Zabaljáuregui

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