Teniendo en cuenta que toda moda es museo, cada tanto, como antídoto releo El libro de los otros de Italo Calvino, su correspondencia con autores entre 1947 y 1981, un período tan largo como fecundo de editor en Einaudi. Al volver sobre este clásico los subrayados me sobrepasan, y como si fueran pocos, marco pasajes nuevos, especialmente los que se refieren a autores todavía crudos, que sólo quieren, más que ser leídos, ser rápidamente afamados y, en la mayoría de los casos, a las semanas, difamados. Pero quienes devienen celebrities pronto son olvido en “la rueda que mueve el mundo”, como cantan “Los espíritus”.

Calvino se toma su tiempo para leer originales y después, en menos de una carilla, explica el porqué de sus aprobaciones, y también el pedido de enmiendas, correcciones o directamente el rechazo del material que llegó a su escritorio. Más que como editor, actúa como crítico literario. Pero nunca en contra de los textos sino que, con sus observaciones, se pone del lado de autor. Calvino, realista en sus orígenes literarios, pegado a la narrativa de posguerra, fue apartándose del realismo y pasando a lo fantástico. Es cierto, nos falta acceder al material que él lee para coincidir o disentir con lo que elogia o rebate, pero siempre desmenuzándolo. Sin embargo, y no es por su sitial de escritor, las cartas de respuesta transmiten no sólo experiencia sino también una sabiduría conciente del significado de derrotas vividas. Es decir, la comprensión al haber pasado el trance del rechazo en que el otro se encuentra. “Yo sigo escribiendo cosas que me rechazan”, contesta en una carta. “Tengo cajones llenos de libros y justamente son los que más trabajo, me cuestan, años y años. Si las reacciones de los primeros lectores no son completamente favorables, no publico. ¿Por qué habría de publicar? Me haría un daño a mí mismo: es un sacrificio, me he esforzado y he esperado, pero sólo debe publicarse lo que uno está seguro de haber realizado, de haber alcanzado lo que quería alcanzar. Tengo dos gruesas novelas en el cajón: una escrita en el 47 al 49, la otra del 49 al 51. Ahora estoy escribiendo otra, también muy trabajosa. ¿Quién sabe si me saldrá bien?” Aquello que impresiona en Calvino, afiliado al PCI, es justamente el no juzgar el material desde la propia ideología y programa sino desde el mismo otro, actitud solidaria poco frecuente tanto en editores como en críticos.

En este tiempo florecen en todas partes – y no aludo sólo a estos pagos -, relatos de tinte autobiográfico, de anecdotario personal, que ingresan en la confesión pequeña y burguesa que ha dado en llamarse “literatura del yo”. A propósito, Calvino le escribe al responsable de una novela: “Autobiografiarse es la operación más difícil, ya nos propongamos la verdad absoluta según el arduo ejemplo de Rousseau, ya escribamos (como hace la mayoría) alguna forma de mistificación (que será siempre un modo de decir la verdad). Si quieres crear una sensación de conmoción, tiene que bastar con lo que sucede, con su incertidumbre. No hace falta sacar a relucir el 'sentimiento de lo indefinido'”.

En sus cartas, Calvino, a la vez que sienta su posición, no para de dar consejos y recomendaciones que operan más que como un decálogo, como un “ars poetica”. Puede parecer reduccionista, pero en su sencillez hay una concepción de la literatura que es, para él, un “inventarse reglas y después seguirlas. En el lenguaje ocurre lo mismo”, le señala a otro autor. “Eres demasiado indisciplinado, crees que todo viene bien y caes continuamente en réplicas baratas de espíritu chabacano. La literatura se puede hacer con cualquier lenguaje, pero tienes que decidir cuál es tu elección. En el lenguaje que usamos al hablar hay filones diferentes: un escritor lo es cuando logra aislar un filón, una clave estilística y escribe todo en esa clave, o bien dos filones diferentes y quizá contrastados y los mezcla, o tres o más si sabe orquestarlos, pero de todos modos debe saber lo que hace, debe hacer una selección con esa papilla asquerosa que es el bla-bla-bla de la palabra humana. Una selección o una constricción que adquiera un sentido poético”.

Calvino habla con la autoridad que le confiere una concentración minuciosa y obsesiva y, en el prólogo a su legendario y fabuloso Las ciudades invisibles, escribe sobre la laboriosidad que exige la búsqueda de una perfección a la vez narrativa y lírica. La trama de su libro la componen los relatos de las ciudades imposibles que Marco Polo le cuenta a Kublai Kan, emperador de los tártaros, en un mundo que marcha hacia la destrucción y abre una discusión sobre la ciudad moderna, cada vez menos vivible. “El libro nació lentamente, con intervalos a veces largos, como poemas que fui escribiendo, según las más diversas inspiraciones. Cuando escribo procedo por series: tengo muchas carpetas donde meto las páginas escritas, según las ideas que se me pasan por la cabeza, o apuntes de cosas que quisiera escribir”. Las carpetas son innumerables, las hay sobre las estaciones y los sentidos. Calvino lleva consigo a todas partes sus apuntes. “Pero todas estas páginas no constituían todavía un libro: un libro, creo yo, es algo con un principio y un fin, aunque no sea una novela en sentido estricto. Es un espacio donde el lector ha de entrar, dar vueltas, quizás perderse, pero encontrando en cierto momento una salida, o tal vez varias salidas, la posibilidad de dar con un camino para salir. Algunos de ustedes me dirán que esta definición puede servir para una novela con una trama, pero para un libro como éste, que debe leerse como se len los libros de poemas o de ensayos o, como mucho, de cuentos”.

Aunque parezca soberbio, sentar jurisprudencia y arengar en la nada, Calvino es conciente de un peligro de su oficio de editor: “Trabajando en una editorial se le vuelve a uno el corazón de piedra”, anota. “Todos los días recibo cartas de autores que solicitan la publicación de sus obras. Uno termina por no sentir nada, por asumir una máscara de cinismo. Sólo es una máscara, ruego que me crean: yo también soy autor y comprendo lo dolorosa que es la espera”.

 

A la vez, sobre la fama autoral, piensa como Borges, que esperaba ser recordado con una línea en una enciclopedia futura. Con respecto a aquellos que aspiran con su cosa autobiográfica la popularidad mediática a cualquier precio. Calvino reniega también de las presentaciones de libros y su algarabía fugaz: “La obra lograda puede permitirse borrar al autor. Y el currículum servirá para explicar la obra, no a la inversa. El currículum de Dante sirve para explicar la Divina Comedia, no lo contrario. Shakespeare es sólo sus obras, él si que dio el gran golpe: desaparecer, volatilizarse y dejar en su lugar un “in-folio” desnudo”. Lo que Calvino, tanto lector como autor, solicita a sus pares es un ejercicio arduo de la paciencia que no consiste en otra cosa que frenar el apuro, la ansiedad. A propósito, conviene tener en cuenta también a Borges citando a Coleridge: “La creación de una flor es un trabajo de siglos”. Pero quién, vale preguntarse, en este tiempo donde la instaneidad y la velocidad borran la obra misma, está en condiciones de esta actitud ante el oficio de escribir