En la campaña electoral, Javier Milei enarboló la propuesta de dolarización fundamentando que ésta terminaría con la inflación, culpable de la reducción del salario real. Sin embargo sus primeras medidas tienen mucho que ver con los clásicos regímenes neoliberales, que ya fueron aplicados - y fracasaron- en Argentina. En este informe, un análisis de continuidades y rupturas con experiencias anteriores.

Al anunciar las primeras medidas económicas el 12 de diciembre, el ministro de Economía Luis Caputo afirmó que existe una “inflación reprimida”. Precios reprimidos, en particular, los del dólar y la energía. No mencionó el precio del trabajo, es decir el salario. Así, la política económica de reacomodamiento de precios relativos es de suba del dólar y la energía, utilizando al salario como un ancla. Entonces, el centro de gravedad de las medidas adoptadas es la reducción del salario, el acuerdo esencial de los grandes capitales locales y extranjeros. Por lo tanto, no se materializa la propuesta electoral, porque sube la inflación y baja el salario real.

Continuidades

Además de la reducción del salario por distintas vías -principalmente por devaluación y desregulación de precios-, el impulso al desempleo, la reducción de derechos laborales y el incremento de la fragilidad laboral no obedecen solo a la reducción del salario, sino también a la conformación de un disciplinamiento de la sociedad.

Se observa un contraste con el período 2020-2023 en el que no se recompuso el salario y la inflación fue un resultado indeseado que no logró resolverse, mientras que para la actual administración es el principal instrumento de política económica. La recesión tampoco se manifiesta como una consecuencia sino como instrumento para el mismo objetivo, que también se induce a los efectos de arribar a un punto en el que ya no puedan convalidarse más subas de precios y así, se detenga la inflación, pero con un nivel salarial sensiblemente menor.

La apertura importadora con reducción o eliminación de aranceles reduciría algunos precios, pero impactando en el cierre de miles de empresas, con la consiguiente desindustrialización y pérdida de puestos de trabajo.

El Estado tendrá menor presencia respecto a ingresos indirectos para la mayoría de la sociedad y mayor en referencia a políticas represivas.

Las privatizaciones, el endeudamiento externo y la tendencia dolarizadora son otros puntos centrales del plan en marcha. Por la composición inicial del Poder Ejecutivo, se advierte una “comunidad de negocios” entre corporaciones extranjeras y holdings transnacionales locales que constituyen el núcleo del bloque en el poder, aunque aún parece prematuro aventurar que fracción del capital detentará la hegemonía. No obstante, con la presencia del FMI presionando por imponer el rumbo económico y la alineación internacional con Estados Unidos, el predominio parece tener norte.

Rupturas

Durante la última dictadura se redujo el accionar de los partidos políticos y la oposición fue anulada mediante asesinatos, desapariciones y el terror de la represión más feroz, en circunstancias de la “guerra fría”. En la década de 1990, con la desintegración del socialismo del este europeo y el consiguiente mundo unipolar hegemonizado por EE.UU., en Argentina funcionó un bipartidismo funcional al neoliberalismo, junto a la cooptación de dirigentes y el reflujo popular.

La experiencia macrista se enfrentó con la memoria fresca de los mejores años para la mayoría de la sociedad en las últimas décadas junto a grados de organización y articulación popular, mientras un mundo multipolar ya era una realidad.

Ahora existe cierto equilibrio de fuerzas en medio de una tendencia al desacople o fragmentación mundial y una propensión declinante del poder de EE.UU. por lo que está urgido de reforzar las cadenas regionales de valor, en las que la energía y el litio son determinantes y sobre los que existirá unidad y disputa entre las fracciones dominantes.

La contienda

El objetivo central de las grandes corporaciones extranjeras y locales desde hace décadas es terminar con el “empate hegemónico” entre bloques sociales, que es lo que produce el “péndulo” entre sus proyectos políticos, lo que no permite la sostenibilidad de un proyecto neoliberal. Por esto, la reducción del salario, el incremento del desempleo y la fragilidad laboral, la represión, la desmovilización, la dispersión y la desorganización son las condiciones de posibilidad del plan en marcha.

Distintos funcionarios estadounidenses tienen dudas sobre la “gobernabilidad” y el consenso que tendrá el gobierno. Por si el proyecto fracasara nuevamente en esta oportunidad, parte del plan es dejar cambios estructurales, relacionado principalmente a las privatizaciones, que dificulten la implementación de un proyecto popular, como en el caso del endeudamiento externo de Macri para el Frente de Todos.

Se percibe decepción de una parte significativa de la sociedad con la política. Sin embargo, no se está en presencia de un “que se vayan todos” como en la crisis de 2001. La principal fuerza opositora contó con un 44 por ciento de los votos, aunque se evidencian debates al interior del campo popular en torno al programa, los modos de articulación de los distintos sectores y las formas organizativas. Pero aún conserva capacidades de resistencia y lucha que emergen en momentos como el actual.

* Economista UBA-UNDAV.  @Pablo_Ferrari77