No recuerdo ninguna elección marcada por un suceso similar a la aparición sin vida de Santiago Maldonado.

Cada uno de los argentinos habrá votado impactado o no por esa muerte, afianzado en su idea previa. O la habrá cambiado, a poco de hallarse el cuerpo de alguien que hasta hace poco "no estuvo" ahí.

Se hicieron análisis y consideraciones de todo tipo. Incluso, tristemente, se intentó medir con encuestas su impacto electoral.

En Argentina no hay certezas, todo es dudoso y depende del lado de la grieta en el que se nos coloca. No nos quedan certidumbres ni valores comunes. Cantamos el himno, reconocemos la bandera, pero no mucho más.

De no ser así, a nadie se le escapa que la muerte de Santiago Maldonado es tan absurda como absurdo es discutir el número de desaparecidos por la última dictadura.

Todas nuestras diferencias aparecen como extremas, insalvables. La única conciliación posible es la total derrota del oponente, y así, cualquier grupo humano es inviable. Ni siquiera la vida es un límite.

Con este nivel de fragmentación el desafío es encontrar ideas compartidas por una mayoría sólida y construir un rumbo a partir de ellas.

Pero si no nos detenemos ante la muerte, es posible que estemos edificando, vertiginosamente, mayores desgracias.

Esta tragedia es un formidable espejo en el que debería doler mirarnos, un gigantesco escenario en el que sacrificamos a un joven de 28 años en aras de la pura imbecilidad, con una gama insoportable de actores principales que supimos procurarnos:

Un Estado deficitario en casi todos los frentes, que no controla la fuerza pública, no maneja la información, pobre de recursos, debatiéndose entre el silencio y la justificación, con una justicia dudosa, parcial, lenta, vergonzosa. Al combo, el gobierno le ha sumado una insensibilidad despampanante tanto en acto como en relato.

Basta repasar los videos del despeje de la Ruta 40 y el ingreso al Pu Lof de la gendarmería para ahorrarnos consideraciones sobre profesionalismo y equipamiento.

A la par, una porción indescifrable de argentinos festeja las corridas, los escopetazos o "corchazos", que técnicamente se sintetizan como "fuego al negro". Finalmente, cuando el cuerpo aparece, se suceden expresiones asquerosas, como ha quedado bien reflejado en cualquier red social.

Los perseguidos por gendarmería, mapuches, fueron elevados a la categoría de organización terrorista casi global, en posesión de armamento como serruchos y hondas. O idealizado, sin posibilidad de que se cuestionen e impidan los métodos violentos de algunas de sus expresiones.

¿Hace falta aclarar que a los aborígenes americanos se los arrasó y masacró, erradicándolos de sus territorios?

Tampoco es necesario aclarar que las prácticas de muchos de esos pueblos fueron en su momento de conquista y sometimiento de otros pueblos. Ni hablar, claro, de los españoles, que "descubrieron" América.

Más estúpido todavía es considerarlos "chilenos".

Sin embargo, el Estado y muchos argentinos los descubrimos recién, mal y tarde, a pesar de que media Patagonia lleva con orgullo nombres mapuches en pueblos, montañas y ríos; y que son mapuches los Lautaro, los Catriel, Nahuel, Ayelén, Ailen o Alén con que muchos no mapuches bautizaron hijos e hijas.

En la lista de protagónicos, ganaron su lugar ciertos representantes políticos, comunicadores y periodistas. Están ahí y quedarán dolorosamente grabadas sus opiniones, comparaciones y declaraciones. Sus intentos por orientar y desorientar. Alcanzaron cotas de miseria humana absurdas para cualquier persona decente.

No merecería especial mención la siquiátrica comparación de una candidata, excepto por la cantidad de votantes que ayer la respaldaron, redoblando la apuesta, en la capital de nuestro país.

Todo esto confluye en la muerte de Santiago Maldonado; lo peor de nuestra Argentina, sobrevolando implícitamente la noción bastarda del algo habrá hecho, mientras la versión explícita se reservó a trolls y descerebrados, que no alcanzan a marcar tendencia.

Santiago Maldonado, por lo que lo que ha trascendido, era una persona con una gran sensibilidad social, remarcada por todos los que lo conocieron, que debió movernos a la simpatía y a la empatía.

Sea cual haya sido el motivo del triste desenlace, los valores que transmitimos como sociedad, asustan. No son los míos.

Abate una sensación de enorme tristeza y desolación. Buscando a que aferrarnos, ayer volvimos a votar. Frente a la enormidad de la muerte no es un gran consuelo. Este presente es un resultado, una consecuencia, aunque nos distraiga y nos simplifique catalogarlo de pura causa. Algo habremos hecho o dejado de hacer.

Un maestro, que ya no está, citando a Norberto Bobbio decía a las cabezas las contamos o las cortamos.

Mi elección de vida ha sido contarlas, ese es mi lado de la grieta.

También se ha debatido recientemente si las mayorías aciertan siempre o pueden equivocarse. En realidad, el error es su mayor derecho.

Solo la persistencia, hasta rutinaria, de votar en cada oportunidad y lugar que se nos presenta, y la participación en todos los ámbitos que la democracia nos permite, podrá modificar las malas elecciones. En la fórmula de Vasconcelos, pesimismo de la realidad, optimismo del ideal.

 

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