La vida de los seres humanos tiene sus altos y bajos. La de las pequeñas y grandes empresas también, pero tal vez no haya curva empresarial que haya dibujado un ascenso tan vertiginoso y una caída más estrepitosa que la de BlackBerry, la compañía de origen canadiense aplicada a la fabricación de teléfonos celulares inteligentes que supo acaparar una porción gigantesca del queso para quedarse, tiempo después, con la nada misma. Ni una migaja. Esa es la historia que cuenta BlackBerry, el tercer largometraje de Matt Johnson, quien continúa su camino de libertad creativa con una película que parece acercarse a relatos más típicos, convencionales, aunque sólo en apariencia. Si bien el último esfuerzo del realizador oriundo de Ontario podría ligarse a films recientes como Air: la historia detrás del logo, de Ben Affleck, o La red social, de David Fincher –esto es, películas biográficas dedicadas a un producto o marca determinada, a sus responsables y a las bambalinas de la creación y manufactura masivas–, la decisión de acercarse a la historia real a través del filtro de la comedia desembozada la aleja conscientemente de los mecanismos más tradicionales de las biopics y zonas aledañas.

El director de The Crazies y Operation Avalanche reconstruye la historia de los inventores del primer teléfono móvil que además hacía las veces de servidor para el envío y recepción de correos electrónicos, entre otras habilidades tecnológicas –teclado QWERTY físico incluido–, con el pedal del humor apretado contra el suelo, aunque el drama personal y, sobre todo, el económico asoma la cabeza a través de la gruesa máscara cómica. Con las actuaciones centrales de Jay Baruchel, Glenn Howerton y el propio Johnson, acompañados por rostros inmediatamente reconocibles como los de Martin Donovan, Michael Ironside y Saul Rubinek en roles secundarios, la historia del dispositivo que revolucionó el mercado de los teléfonos hasta la aparición del iPhone recrea el trabajoso esfuerzo por salir del subsuelo nerd y tomar por asalto las manos de los consumidores, las luchas por mantener el control y la inevitable desintegración gradual del imperio que se logró construir. Un año después de exhibirse en la competencia oficial del Festival de Berlín, sin pasar por las salas de cine locales, BlackBerry ya está disponible en la plataforma Prime Video.

EL MUNDO EN LA MANO

Corren los años 90. Inseparables, Mike (Baruchel) y Doug (Jonhson) se conocen hace añares, son mejores amigos y comparten, junto a un grupo de jóvenes y empeñosos ingenieros electrónicos, una oficina alquilada atiborrada de computadoras, cables y microchips en la ciudad de Waterloo, Ontario. Lejos de una empresa “seria”, el ambiente se asemeja al de un grupo de amigotes que, en sus ratos libres, dedican algo de esfuerzo a la construcción de módems y otros equipos destinados a la conexión a la red de redes. Esto es, cuando no están jugando en línea a algún videojuego (una sopapa corona el techo de la PC del más reciente ganador) o disfrutando de una noche de películas con la proyección sobre las paredes de algún clásico del Hollywood de los 70 u 80. BlackBerry comienza con el particular dúo arribando a las enormes oficinas de una importante empresa tecnológica con la intención de pitchear un concepto novedoso: un teléfono que además es calendario y navegador y block de notas y varias cosas más y que, según sus responsables, es capaz de aprovechar una zona muerta de las señales de internet disponibles en el éter. Y que, como si todo eso fuera poco, es de un tamaño que permite fácilmente la portabilidad.

Con el cabello blanco perfectamente peinado, que no parece coincidir con sus treinta y algo de años (detalle capilar basado en el Mike Lazaridis de la vida real), el Mike de la ficción es un joven empresario y genio inventor que claramente no ha estudiado las artes de la venta: su locuacidad no va más allá de la de un adolescente algo tímido. Por el contrario, su compinche Doug (Douglas Fregin es el nombre completo del ser de carne y hueso que lo inspira) demuestra un exceso de confianza en sí mismo, es agresivo de manera infantil y ostenta los rasgos de un nerd de pura cepa, con remeras estampadas y bandana conteniendo la larga cabellera completando la imagen. Quien los recibe, James Laurence Balsillie, Jim para los cercanos, es serio y escéptico, la efigie viva de la adustez gerencial. Un traje, una camisa y una corbata que protegen el más puro pragmatismo empresario, además de una calvicie a tono. Así se produce el choque momentáneo de dos universos paralelos que no podrían estar más alejados el uno del otro. Pero la necesidad no conoce de imposibles, y cuando Jim es despedido del trabajo el trío vuelve a reunirse ante la adversidad y la peor de las perspectivas. Es el año 1997 y el prototipo del pager BlackBerry 850 es presentado al directorio del gigante BellSouth, el comienzo de una aventura que desencadenará una década de éxitos, un reinado que durante mucho tiempo parecía indestructible.

“No sabía absolutamente nada sobre BlackBerry. Ni siquiera había tenido uno en mis manos hasta antes del comienzo del rodaje. No soy un tecnófilo”. Entrevistado por uno de los periodistas del sitio especializado RogerEbert.com, que continúa activo a casi once años de la muerte del célebre crítico estadounidense, Matt Johnson reflexionó sobre las razones que lo llevaron a “adaptar” el libro de no ficción Losing the Signal: The Untold Story Behind the Extraordinary Rise and Spectacular Fall of BlackBerry, de Jacquie McNish y Sean Silcoff (las comillas deberían ser dobles o triples, ya que la película toma apenas algunos conceptos y anécdotas reales para crear una narración de ficción autónoma y extrema). “Lo que más me atraía era la idea de que estos tres tipos no se dan cuenta de que van a cambiar el mundo. Y creo que esa historia puede ser útil hoy e incluso tiempo después de que dejemos de usar teléfonos inteligentes. Para mí, esta no es la historia de tres personas que fabrican un teléfono, eso sería un documental. Espero que la gente se dé cuenta de cuán accidental fue todo. Creo que Mike Lazaridis y Doug Frenin tenían una agudeza visual de 20/20, pero a solo dos metros de distancia. No tenían ni idea del impacto que iba a tener su invención. Veo lo que hicieron, y cómo era la cultura de la compañía, y siento que estoy mirando a un grupo de hackers. Esos tipos eran casi bromistas, en cierto modo. La manera en la cual lidiaban con la tecnología o trataban de resolver los problemas. No creo que les importaran las implicaciones de su producto a un nivel mayor. Y eso refleja la manera en la cual usamos hoy esos aparatos, porque este en sí mismo no tiene una intención. ‘Acá está el producto, no sabemos qué se supone que hagas con él’, fue un poco la idea. Necesitamos pensar en cómo estamos utilizando estos dispositivos y no creer que nos fueron dados por una razón específica. La gente que usa la tecnología y las redes sociales y es feliz es aquella que es muy específica en su uso. No dejan que la tecnología los gobierne. Es una pequeña pieza de un rompecabezas, pero una de las cosas que me fascinó de la historia es lo increíblemente desorientados que estaban respecto de lo que hacían. Uno los mira y piensa que son tipos que no tienen nada de especial, pero al mismo tiempo son los grandes responsables de la cultura del teléfono celular en la cual vivimos actualmente”.

Los creadores del BlackBerry, según la pelicula de Matt Johnson

MÁS RÁPIDO, MÁS ALTO, MÁS FUERTE

Si bien el relato de BlackBerry, coescrito por Matt Johnson junto a su inseparable compinche Matthew Miller, está repartido en trozos que siguen el punto de vista de los tres protagonistas, en gran medida el centro de gravitación está organizado a partir de la mirada de Mike, el genio obsesivo que no soporta el zumbido de un intercomunicador en una oficina ajena y abre el aparato, consigue un clip metálico y soluciona la interferencia en cuestión de minutos. La frase “Hecho en China” inscripta en la base del pequeño artilugio confirma su sospecha, prejuicio con alguna base empírica que la película retoma en el último plano antes de los títulos de cierre, fuerte símbolo visual que además conjura el comienzo del fin de un sueño hecho realidad. Sin abandonar el estilo conscientemente desgarbado de sus dos films previos, Johnson sigue cámara en mano a los personajes en su movimiento constante entre las oficinas y el taller, los viajes en avión y las reuniones con los directorios de las empresas de telecomunicaciones. Una de las cuestiones más problemáticas que deben enfrentar los responsables del objeto prodigio luego del imparable ascenso en el mercado –recordar que los BlackBerry, además de smartphones, era un símbolo de estatus– es la imposibilidad de seguir vendiendo aparatos luego de que el ancho de banda disponible es llevado al límite. Allí comienza una corrida por “robarles” a otros gigantes como Google y Microsoft algunos de sus ingenieros más versátiles, amén de un guardián de protocolos laborales con cara de perro rabioso encarnado por el siempre cumplidor Michael Ironside.

La carrera por ser los más rápidos, los más altos y los más fuertes llega a un punto en el cual se choca de frente con el estilo de aquella pequeña empresa conformada por un grupo de amigotes nerds, sobre todo cuando la ecuación suma a unos cuantos tiburones del mundo empresarial. Es la economía, estúpido, parece decir constantemente Jim, ante la mirada atónita de Doug y la aprobación silenciosa de Mike, que en cierto momento parece transformarse en un remedo de algún personaje trágico creado por Shakespeare. Pero BlackBerry nunca abandona el (buen) humor, ni siquiera cuando las papas comienzan a oler a quemado y los sabuesos del estado salen a investigar algunas prácticas financieras no del todo santas. Mucho menos cuando todos los empleados de la empresa observan absortos en un televisor la conferencia de prensa –al estilo Steve Jobs, como una charla TED– que anuncia el inminente lanzamiento del primer teléfono celular de la compañía Apple. “Un chiste, ¿quién va a querer un teléfono sin teclado” (Mike Lazaridis dixit).

El resto es historia y un presente de constante renovación de esos aparatos que se han transformado, sin que nos diésemos cuenta, en una extensión de nuestros cuerpos. Utilísimos, indispensables, adictivos, generadores de tendinitis, problemas visuales y otras dolencias físicas y psicológicas, armas de doble filo sin mango protector a la vista. Johnson recuerda en la mencionada entrevista que Mike Lazaridis “escribió un manifiesto a mediados de los ’90 acerca de qué pensaba que debían hacer los productos móviles, y dijo algo así como ‘lo mínimo indispensable’. Creía que esa era la manera de entrar en un nuevo mercado. Es gracioso, porque hoy en día cada tanto aparece algún reporte de cierta compañía que ofrece un celular que no hace nada. Sin redes sociales ni aplicaciones; apenas para hablar y enviar mensajes de texto e emails. Es muy loco que exista una cultura que intenta recapturar lo que BlackBerry intentó hacer en un primer momento: un teclado que puede hacer algunas cosas. Creo que mucha gente amaría un producto así hoy en día”.