Esperar. Aquel que se dedique a las letras tiene como destino esperar. A veces, su momento, en esa práctica silenciosa que cultiva obras aguardando el reconocimiento que cree que lo hecho merece, y allí están Roberto Bolaño o Aurora Venturini para atestiguarlo. Pero otras, muchas otras, las letras exigen una espera que parece desbordada, y sin embargo está en el corazón de la práctica, al menos, en lo que a nuestro continente se refiere. Y allí están otros ejemplos, menos biográficos y más puntuales, más del lado de la obra para adentro. Raúl Scalabrini Ortiz, por caso, armó una tipología porteña, una suerte de metafísica (por ideal) de Buenos Aires en El hombre que está solo y espera (1933), imagen que remite ya desde su título a la caracoleante espera de bar, casi con “la ñata contra el vidrio”, como sentenció Discepolín. A finales del mismo siglo, Ricardo Piglia hace esperar a sus personajes desde todos los puntos posibles en Respiración artificial (1980) para hablar, lateralmente, de la función del intelectual frente a la barbarie de la dictadura, y también espacialmente, al situar parte de esa novela-artefacto en un bar, esperando. La novela que mejor resuelve este modo de la espera es, sin dudas, Zama (1956), con don Diego de Zama esperando la carta por parte de la Corona que lo reubique en la Reina del Plata, pobre de él, estando tan lejos de la civilización. Esta lista de ejemplos nacionales no agota la experiencia, sin dudas: modalidades de la espera pueden encontrarse en México (Rulfo), en Colombia (García Márquez), en Perú (Arguedas, a su modo, Vallejo), y eso que es sólo el siglo XX al que estamos mirando.

El crítico uruguayo Ángel Rama (Montevideo, 1926-Madrid, 1983) pensó desde otro lado la demora de la práctica de los escritores, mejor, de los letrados, término que abarca el amplio campo de la actividad intelectual vinculada a la escritura. En La ciudad letrada, cuya primera aparición, póstuma, se registró en 1984, piensa justamente que la práctica letrada en las colonias españolas suponía, en primer lugar, una protección activa y una legitimación intelectual del poder de la metrópoli, de la cual la ciudad colonial era resultado en tanto proyección “en el vacío” (esto es, en el barro americano, en un territorio sin el peso de las tradiciones europeas, para ellos, virgen) de las ideas urbanísticas, culturales, dominantes de la época (el barroco). La Corona usaba precisamente la ciudad como una herramienta de control y organización de la desbordada naturaleza de nuestro territorio, la cual ejercía un poder vicario que dependía de la ciudad española o portuguesa en tanto fuente. A los fines de poder organizar esa función, el poder central necesitó construir una clase “cerrada” que defendiera su letra, la letra de la colonización, y que resultara activa en tanto agente de transmisión de los edictos, las leyes que bajaban del Viejo Mundo al Nuevo, al mismo tiempo que ratificara, vía las “bellas letras”, el encanto desesperante de poder estar cerca del dominio del idioma, de la lengua de la corte. Los letrados aseguraban la correcta interpretación del mensaje real, lo expandían para que llegue a todas las puntas de la colonia, luego devenida virreinato, y mantenían la integridad de esa misma función destacando la importancia de la escritura poética como modo de barnizar ese rol rector y reproductivo con los encantos del buen castellano. La demora es una consecuencia lógica de este mecanismo: como Diego de Zama, siempre hay que esperar la carta del centro de Poder (sí, con mayúsculas) para poder actuar.

La reciente edición del sello catalán Trampa de La ciudad letrada, con edición a cargo de Edgardo Dobry y Nora Catelli, y prólogo de Adrián Gorelik, permite volver a visitar este libro imprescindible para una numerosa cantidad de disciplinas, desde el urbanismo hasta la filología, la teoría literaria, los estudios culturales o la historiografía. Todas enfocadas en ver en América Latina, en las antiguas colonias españolas, en las urbes modernas, sea cual fuera el concepto histórico que se pliegue sobre esta tierra, la tensión entre la letra y el mundo o, al decir de Michel Foucault, las palabras y las cosas.

Justamente, Adrián Gorelik, en el prólogo a esta edición, señala las diversas fuentes que pueden detectarse en este ensayo póstumo de Rama, el cual vuelve a recuperar el nombre que los archivos del crítico uruguayo parecen haber colocado a modo de subtítulo y de marca de género. Digamos, esa misma y exacta palabra: La ciudad letrada. Un ensayo. ¿Cuáles podrían ser los textos señeros que sirvieron como base a este trabajo? Sin dudas, el primero es Las palabras y las cosas (1966) de Michel Foucault, el cual había establecido una distinción semiológica de peso para Rama: el hecho de que la época clásica francesa, lo que nosotros entenderíamos como barroco para el espectro hispanoparlante, implicó el comienzo de una división entre lo real y el signo, el cual, poco a poco, ya no está más conectado a la referencia, sino desprendido y actuando en un campo autónomo que se puede relacionar, no sin tensiones, con la cosa. La autonomía de lo simbólico será retomada por Rama para entender cómo la así llamada “ciudad letrada” (concepto que implica la multitud de prácticas escriturarias dentro del ámbito de la urbe colonial) se opone a la “ciudad real”, que es el resultado de las prácticas sociales concretas, por fuera de las aspiraciones o deseos de los letrados. Esa oposición entre la naturaleza simbólica de la práctica y el grado de concreción de la realidad fundará una dicotomía que atraviesa todo el trabajo, desde la oposición entre escritura y oralidad hasta las tensiones históricas más concretas entre ciudad y campo, o inclusive, en la terminología sarmientina, entre civilización y barbarie. Pero Gorelik va más a fondo: también retoma algo observado por diversos críticos, que es la fuerte injerencia que el libro Latinoamérica: las ciudades y las ideas (1976), de José Luis Romero, tuvo en el proyecto de Rama, sumada a la buena venta y circulación de Las ciudades invisibles (1972), de Italo Calvino. Pero, aún así, La ciudad letrada terminó siendo menos hijo de su tiempo que puntapié de un nuevo modo de leer la literatura latinoamericana, desde su salida en adelante.

RECONSTRUYENDO UN CLÁSICO

El libro de Ángel Rama es un largo repaso por las modalidades de aquello que llamó “ciudad letrada” desde su constitución, a comienzos del 1500, con la organización de las ciudades en términos arquitectónicos, hasta comienzos del siglo XX, sobre todo, con el inicio de los procesos revolucionarios. Ese espíritu notablemente abarcador puede también derivar de la influencia foucaultiana, algo que Beatriz Colombi en su artículo “La gesta del letrado (en la revista platense Orbis Tertius de 2006), detecta como una especie de prejuicio crítico que acompañó siempre la circulación del ensayo. ¿Dónde puede detectarse esa huella? Bien puede decirse en la formalización de un “largo aliento” de los conceptos, lo cual hace que la “ciudad letrada” funcione como un término transhistórico y transgeográfico que puede explicar fenómenos en bloque, de un siglo al otro o de una punta a la otra del continente. Pero también puede decirse, junto con varios lectores contemporáneos, que este libro es el resultado de un duro momento biográfico del propio Rama que Gorelik reconstruye en el prólogo y que forma parte de la introducción de su propio puño y letra a este texto.

“Nacido en 1926, Rama fue miembro de una generación de escritores de especial brillo en la cultura uruguaya, que orbitó en torno a la revista Marcha desde la segunda mitad de la década de 1940”, anota Gorelik. “Desde la llegada de la dictadura a su país en 1973, tuvo que vivir como exiliado: encontró primero refugio en Caracas, luego en Washington, cuando se integró como profesor al Departamento de Español de la Universidad de Maryland; y finalmente en París, cuando se le negó la residencia en los Estados Unidos en el marco de una campaña de acusaciones de un macartismo trasnochado y kafkiano, una expulsión que vivió como un nuevo desgarro, una suerte de segundo exilio”. La marca de ese proceso de expulsión absolutamente injusto queda por demás en claro en el “Agradecimiento” que inicia el libro, que tiene más de prólogo con notas biográficas con el reconocimiento del apoyo dado por diversos colegas que prestaron su ayuda y defensa frente a estas acusaciones. Las cuales incluían, entre otras, la idea de que la Biblioteca de Ayacucho, que dirigía desde 1974 y constaba de ediciones fundamentales de clásicos latinoamericanos, frecuentemente daba a conocer el trabajo de “escritores comunistas” (tales las palabras del New York Times). Apenas mudado luego de su expulsión de Estados Unidos, Rama fallecería en un accidente de avión en Madrid, rumbo a un congreso en Bogotá, en noviembre de 1983. Cierra Gorelik: “Tenía 57 años y ya no iba a poder asistir a la recuperación de la democracia en Uruguay ni volver a su Montevideo natal”.

Desde la primera salida de La ciudad letrada, obra póstuma, pero no inacabada, hasta la fecha, pocos han sido los esfuerzos por revisar el archivo personal de Rama y muchas las reediciones. “El espíritu de la modesta colección que codirijo con Nora Catelli, Intervenciones, alojada en una joven editorial independiente de Barcelona, Trampa, es el de volver a poner en circulación algunos libros que, por diversos motivos, son hoy casi imposibles de encontrar en las librerías en ediciones serias”, comenta Edgardo Dobry, uno de los responsables, junto con Catelli, de la actual publicación. “En ese aspecto, La ciudad letrada era una fantasía que tuvimos desde un principio, y finalmente se pudo hacer realidad gracias a Amparo Rama, su hija y gestora de sus derechos. A partir de ahí hicimos una revisión del texto ya publicado en anteriores ediciones con un manuscrito encontrado por Facundo Gómez, gran especialista argentino en la obra de Rama, en el archivo de Amparo en Montevideo. Por eso repusimos el subtítulo Un ensayo, que nos pareció importante porque define desde ya el modo en que Rama abordó su materia, no como un tratado, sino como una intervención dentro de un debate que viene de antes, de Alfonso Reyes, Mariano Picón Salas, Pedro Henríquez Ureña, José Luis Romero. Fue muy importante también la decisión de encargar el prólogo a Adrián Gorelik, arquitecto e historiador, no solo porque conoce minuciosamente la obra de Rama y en particular La ciudad letrada, sino porque es él mismo un gran especialista en la historia del urbanismo en América Latina. Es decir que La ciudad letrada siempre se había abordado, en los prólogos a las ediciones anteriores (de Carlos Monsiváis, Mario Vargas Llosa, Hugo Achúgar) desde lo letrado: nosotros le agregamos la perspectiva de la ciudad. Gorelik, por otra parte, demuestra que se trata de un libro ya terminado y listo para la publicación; ya que las particulares circunstancias de su salida, meses después de la trágica muerte de Rama, hicieron pensar durante años que se trataba de un libro inconcluso”.

Desde la primera mención del término “ciudad letrada” en un congreso en Harvard en 1980, pasando por el vínculo con Richard Morse y la tendencia a los estudios urbanísticos de finales de los 70 y en el primer lustro de los 80, hasta la invitación por parte de Frank Henney, uno de los fundadores de Ediciones del Norte, a sacar en su sello “lo que quiera”, La ciudad letrada era ya un libro terminado al momento de la muerte de Rama, un proyecto de largo aliento que coincidía con un nuevo tramo en su reflexión crítica, sumado a la existencia concreta de canales que estaban dispuestos a dar a conocer esta obra que fue presentándose en partes en diversos encuentros académicos, comentada con colegas y prácticamente cerrada, como lo prueban la versión mecanografiada presente en su archivo. Un libro terminado antes del fatal accidente que habría de sobrevivirlo, tanto a él como a su tiempo.

PRESO EN MI CIUDAD

La lectura de Rama abrió nuevos espacios de producción crítica acerca de la literatura del continente, pero no por eso dejó de implicar, a su vez, distancias con respecto a varias producciones anteriores, así como despertó también respuestas que veían dificultades en una producción que, sin dudas, apuesta más por el ensayo antes que por el detalle completo de datos de cada región y el arribo a conclusiones probadas. En el Diccionario de términos críticos de la literatura y la cultura en América Latina (Clacso, 2021, de circulación digital y gratuita), la especialista Clara María Parra Triana atiende al tono ensayístico del libro de Rama y considera que por “ciudad letrada” debe entenderse una metáfora que permite ligar a la letra con el poder a lo largo de toda América Latina. Aunque esta autora incluye también en su recuperación críticas que señalan por parte de Rama la rápida equiparación de procesos que deben ser pensados en su rasgo distintivo entre sí, a lo largo del continente, y también con respecto a las experiencias europeas. También destaca que esa separación entre la “ciudad letrada” y la llamada “ciudad real” es un gesto de abstracción que hereda elementos (por el propio autor recobrados en el libro) de la gramática de Port-Royal y de cierto cartesianismo, que opone la experiencia empírica al funcionamiento autónomo de los signos. La letra, garante del poder, en nuestro continente, actúa siempre en tensión con el desarrollo histórico, con los cambios propiciados, muchas veces, por lo rural, por lo iletrado. Pero eso ¿es fruto del análisis o es parte de una intuición ensayística?

Beatriz Colombi, por su parte, resalta que el “caso mexicano” en La ciudad letrada conforma una matriz que rige todo el texto, estableciendo con los ejemplos de los Arcos Triunfales con que Carlos Sigüenza y Góngora y Sor Juana Inés de la Cruz celebraron la llegada de los virreyes de La Laguna al virreinato de la Nueva España una “continuidad” en el rol del letrado y su vocación de poder, una suerte de guía en lo que corresponde a la organización de América Latina. Contrapuesta, en algún sentido, a la experiencia del Río de la Plata, la cual, en esa misma serie continua, parecería ofrecer el complemento a la operación letrada en México. Anota Colombi: “Rama debe dividir los modos operativos de la ciudad letrada en dos polos, México y el Río de la Plata, caracterizado el primero por el elitismo del equipo letrado, y el segundo por la democratización de su clase intelectual”. La existencia de dos polos, aún en un ensayo que tiene su importante cuota de interpretación, rompe la idea de una explicación unívoca.

Aún así, Rama parece ejercer su rol como intelectual demostrando cierto anti-intelectualismo, el cual busca la auténtica novedad latinoamericana en las experiencias orales, rurales y, a duras penas, inserta en la práctica letrada por parte de una elite que siempre ha estado cerca del Poder. ¿Cómo explicar, desde esta perspectiva, la experiencia de los intelectuales críticos, en donde él mismo se podría contar? Aunque los últimos dos capítulos, “La polis se politiza” y “La ciudad revolucionada” parecerían querer dar cuenta de ese tipo, la perspectiva de un letrado en contra del poder parecería más conveniente leerla a contrapelo o, como sostiene Colombi, en otros trabajos del crítico uruguayo.

La ciudad letrada de Ángel Rama no sólo es el fruto de una larga reflexión y de un intento por entender el modo en que se pensó la dinámica del campo o lo rural contra la ciudad, herramienta de colonización del mundo europeo, plegada sobre las construcciones de los pueblos originarios (como sucedió en Cuzco o en Tenochtitlán y la actual Ciudad de México) o impuesta de cero sobre el “desierto” (como Buenos Aires). Los procesos democráticos de la ciudad moderna de finales del 1800 y comienzos del 1900 son vistos con sospecha por Rama, pero no por eso negados e, incluso, insertados en una serie que termina con una muda nota de esperanza por el cambio de contexto, por el regreso de la democracia en el continente sudamericano y por el desarrollo de prácticas académicas que eviten la trampa del letrado. “Este año se cumplen cuarenta de la primera edición de La ciudad letrada y habrá importantes eventos en torno a su vigencia y relecturas, como por ejemplo un congreso internacional en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad de Montevideo, además de la salida de esta edición cotejada con el archivo de Ángel Rama”, cierra Edgardo Dobry para explicar la vigencia de este texto. Una continuidad que se puede comprobar, precisamente, no sólo porque este libro se sigue leyendo, sino porque, como en cualquier ámbito citadino, el bullicio de la discusión y el desacuerdo, la aceptación y la gustosa palabra celebratoria todavía se puede seguir escuchando en sus rincones hechos, en este caso, de papel.