Se podría decir que todo empezó con un tambor. En el Gran Buenos Aires, incluida la Capital, algo de la salsa se lo deben a un membranófono. Una piel de animal, por lo general de vaca, búfalo o potro, tensada en la madera o el metal. Cueros que soportan el golpe de las palmas, el ritmo, la velocidad y a la familia de Neshe, en el partido de Ezeiza en zona Sur, desde los setenta y hasta ahora.

Neshe tiene 46 años y por más de 24 ha sido DJ especializado en salsa. Afroargentino por parte del padre, el cantador Horacio Delgadino, conocido como Chingolo. Toda su familia extensa y el núcleo chico son de zona Sur y, se podría decir que, hace más de cincuenta años, fueron los que llevaron la salsa y los ritmos afroantillanos al barrio Villegas, en Ciudad Evita. Neshe dice que todo Villegas es salsero y que se debe a su padre y al tambor porque siempre en cada fiesta familiar y de barrio llevaba uno: una tumbadora, un bongó o un quinto. O todos juntos, porque sí que había quien tocara y quien cantara en esa familia. Entre las primas de su abuela están las cantantes María Elena Lamadrid y Rita Montero.

Justo el pasado 23 de noviembre La Familia –así se llama el grupo en el que están, entre otros, Chingolo y Neshe, padre e hijo– acompañó a María Elena en el concierto del ciclo Tardes del Mundo que se realizó en el Palacio Libertad. Allí la cantante contó algo de la historia musical de Buenos Aires por medio de su relación con el candombe, el tango y lo que se conoce en Argentina como música latina.

Neshe cuenta que la salsa en el barrio Villegas, además de su familia, tiene como origen a Oswaldo Marcial Palavecino, un vecino futbolista que jugó en ocho diferentes clubes en Colombia entre 1975 y 1985 y traía de allá cassettes de salsa. Neshe hace ese recuento porque, aclara, para hablar de cómo él llegó a la salsa hay que hablar de su familia y del barrio. Y entender ese recorrido es entender la movida actual de ese género en Buenos Aires y el Gran Buenos Aires. En eso están de acuerdo músicos, DJ’s y bailarines: dice la colombiana La Candela Viva, una de las DJ legendarias del circuito salsero, que “para hablar de la salsa acá, hay que hablar con Neshe”.

En Caballito, en Belgrano, en Boedo ya se escucha de fondo en alguna cafetería, restaurante o kiosko canciones del newyorrican Frankie Ruiz, del venezolano Óscar de León o de Willie Colón. Ese nuevo paisaje sonoro puede ser gracias al tambor de la familia de Neshe y también a causa de la migración del resto de América Latina que elige la capital porteña como segundo hogar.

La colombiana La Candela Viva, una de las DJs legendarias

LA SALSA ES UN LUGAR

La salsa es un sujeto, un lugar, un personaje complejo. El término “salsa” es comercial. César Miguel Rondón cuenta en El libro de la salsa: Crónica de la música del Caribe urbano (Ediciones B), que esa denominación se le asignó a la mezcla de géneros de la música del Caribe que se empezó a armar desde los cincuenta en Nueva York y se consolidó en los setenta con, entre otros, el sello Fania Records y la orquesta Fania All Stars. En realidad, salsa son varios géneros en una misma canción: conviven varios ritmos comandados, en su mayoría, por la percusión. También es una historia de migración. Puertorriqueños, cubanos, panameños haciendo música en el Harlem de Nueva York. Mezclando géneros que subieron hasta el norte del continente americano desde África, el Pacífico y el Caribe para formar la salsa. Esa sí que viene de los barcos. Los que llevaban esclavos, los que transportaban a los músicos y a la música. Después la salsa se convirtió en una marca: la banda sonora de ciudades, barrios, familias. La historia del vínculo de Neshe que es también historia de varios latinoamericanos que migran y buscan la salsa a donde van, porque ahí está su pasado.

No toda la salsa es igual y no todos llegan a ella ni la sienten de la misma manera. Se podría simplificar y decir que la salsa acá se divide según cómo la gente se la apropie: por la técnica del baile o por el goce de la fiesta y la música. El común de los porteños la ve con desdén. Le ponen el adjetivo de “grasa”, porque la asocian a lo erótico, lo romántico y al baile exagerado y estilístico. Una traducción hollywoodense. Chayanne y Vanessa Williams en Baila conmigo o Ben Stiller y Jennifer Aniston en Mi novia Polly. Lugares como La Salsera o Azúcar en Almagro por lo general ponen salsa rosa, motelera: sus melodías son más suaves y sus letras hablan de romance y desamor. Ahí se pueden escuchar traducciones en salsa de canciones más reconocidas de, por ejemplo, Ricardo Arjona o Alejandro Sáenz. Como si fuera una carne dura que necesita ablandarse para digerir. Los que bailan ahí se preocupan por la técnica. Dice Neshe que ahí van en grupo estudiantes de academia que aprendieron una técnica y esperan una respuesta específica al marcar un paso. Bailan para mostrar lo que aprendieron en clase. Un baile endogámico.

DEL UNDER AL ESTADIO

Cuadrados de cemento gris iluminados por una luz tenue roja y azul, paredes decoradas con algunos stickers y afiches con pedidos políticos de los últimos 10 años: “Aborto legal seguro y gratuito”, “Dónde está Tehuel”, “Ni una menos”. Centros culturales pequeños, con improntas políticas, que dejaron entrar a la salsa a escondidas. Se trata de esa otra salsa: la dura, la clásica, la que no necesita ningún ablande. Ray Barreto, Johnny Pacheco, Ismael Riveran sonando en centros culturales chicos y subterráneos, clandestinos porque, después de lo de Cromañón, la habilitación para tener música en vivo o permitir el baile se puso rigurosa. En el 2010 el público interesado en el género era poco. No llenaban los lugares habilitados, entonces las fiestas se armaban donde se podía, para unos pocos, a puerta cerrada y con dirección por privado.

La salsa acá no ha sido constante, depende del público, que por lo general es migrante, y va y viene. En el 2013 sonaban La Sonora Camarón del bajista argentino Bernardo Vázquez, La Timbalaye del trompetista también argentino Nahuel Viola y la pista la calentaban los DJ’s de esa época: unos que ya no están en la ciudad y el venezolano Charly el Malo, aún vigente en la capital y en la salsa, y quien recuerda otras orquestas de la época: La Bembona, La Sandunguera, La Caimanera, La Sancocho. Y en especial a Sindicato Quintana, que es el germen de La Delio Valdez.

De centros culturales chicos, de percutir con la salsa y formarse en la cumbia La Delio pasó a llenar recitales y a ser uno de los referentes actuales de cumbia.

El pasado sábado 23 fue muy musical en la ciudad. Mientas Neshe, su padre y su tía tocaban en el Palacio Libertad, la Delio llenaba Ferro. Desde el campo el nicho salsero veía a virtuosísimos músicos cumplir un sueño: sacarse la música del cuerpo para metérsela a la gente que coreaba, bailaba y gozaba en un estadio repleto. De rojo, de verde, de pollera con la tricolor colombiana e inalcanzables se veían el percusionista Sebastián Agüero, el trompetista Santiago Aragón, el cantante Mambo Méndez, su hermano y sus hijos. La bailarina y cantante colombiana Katiana Pestana, el cantante Pedro Rodríguez. En las historias de Instagram el nicho salsero posteaba videos y etiquetaba a quienes conocían. Como nenes señalando algo, a alguien que conocen, como con un orgullo interno que dice “yo los vi transformarse en eso”.

Así como en los inicios, hoy se ve a los de La Delio en las fiestas chicas, saludan sin pretensiones, están como en su casa, con gente cercana. Van a escuchar a las orquestas de salsa, a saludar amigos, músicos o bailadores. Si se da la oportunidad, se meten en alguna descarga, solo por el hecho de gozar, y hacer gozar. Es común ver a Sebastián pegándole al timbal endemoniado encima de la pequeña tarima de La Quince. A veces se ve a Pedro metiéndose a sonear en la descarga de La Receta en Simona. Una alegría toda junta, que no se sabe a quién le pertenece más, si al público que los vio crecer o si a ellos que hicieron el camino.

Jossy, la bailarina

LEYENDA Y ACTUALIDAD

De esas épocas de inicio de muchas cosas, Fuego en el 23 (por una canción de La Sonora Ponceña) es la fiesta más recordada, hecha por varios colombianos que vinieron a estudiar y se conocieron siendo meseros en La Catedral del Tango. Con nombres tomados de canciones, Juanito Alimaña, Juana Peña, Anacaona Alonso, La Candela Viva a la salida del turno armaban su propia fiesta. En los ratos de hastío, de no saber qué hacer con tanta juventud, se emborrachaban y ponían la música que escuchaban en sus casas: salsa. Repitieron la reunión privada hasta que decidieron abrirla. Se convirtió en una fiesta de casa en un lugar subterráneo.

Esa fiesta fue breve y legendaria. Luego vino a reemplazarla la Yambeque, la Guachafita, la Tumbatecho. Pero ninguna la igualó. Quedó, eso sí, un formato como de milonga. Fiestas con clase de baile, como para que el que no conocía el género pudiera entender el ritmo, DJ y orquesta en vivo. Y centros culturales que le apuestan a la salsa: La Paz Arriba, La Quince, Simona, La Tangente, el Surco. Le apuestan a las orquestas creadas por una mezcla de argentinos y migrantes.

La migración es ingrata, deja a gente y a lugares atrás. Y acá deja a la música, al baile. Hoy no hay fiestas con nombre propio porque pasaron a ser más importantes las orquestas. Aunque las fiestas cambian de lugar, conservan su público. El de antes, el que cuenta la leyenda de Fuego en el 23 o de La Delio, y el nuevo, el que hizo que hoy se llenen los lugares habilitados para el baile: los migrantes.

A pesar de las oleadas, la salsa siempre ha permanecido y sigilosa se ha venido abriendo espacio. En los Wuawuancó, en los cincuenta, hubo algo de salsa. Makumaguela en los ochenta era pura salsa. Hoy Flexatons & La Jazz Mambo, La Cuarta Dimensión, Pachito Melao, La Malanga, La Big Mambo, entre otras, son pura salsa, salsa dura, salsa porteña y bonaerense. Salsa de acá, salsa de barrio.

El DJ El Caribeño

CALLE LUNA, CALLE SOL

Para Neshe la salsa estuvo siempre. Es la banda sonora de su vida. Empezó como DJ haciéndose cargo de la música en las fiestas con sus amigos, ponía salsa, la mezclaba con cumbia colombiana. Desde esas épocas esa es su impronta. Desde hace 12 años arma la fiesta más grande de salsa en zona Sur en un centro de jubilados. Se llama la Fiesta Social y la hace cinco o seis veces en el año. Se llena. Más de 300 personas asisten. Empieza a las 12 y se termina a las 7 de la mañana. Empezó esa fiesta por el mero hecho de replicar las fiestas de su familia.

Desde que surgió en el Harlem, la salsa es malandra, barrio bajera. “Calle luna calle sol”, “Pedro Navaja”, “Pa’ bravo yo”, “Ana Milé” son historias del barrio, del robo, del ladrón, de la muerte, de una adolescente quedó embarazada y terminó siendo madre soltera. Historias del barrio, del vecino, de la familia. La salsa es popular.

Del sótano de Fuego en el 23 a la calle, al barrio. El camino desde la familia de Neshe, pasando por los migrantes itinerantes y por los se quedan, por los músicos argentinos que estudian hasta el agotamiento a artistas de ese género y los mezclan con las bases del tango, del rock nacional, del Jazz, del candombe la salsa llega hoy a la calle en Boedo.

Santiago Aragón, trompetista, productor y director de La Cuarta Dimensión y del ciclo de improvisación y descarga La Receta hizo realidad un sueño propio y colectivo: Salsa de Barrio. Un festival hecho para juntar gente a gozar a bailar a escuchar salsa toda una tarde. Porque ya hay una salsa porteña, porque se cierra una parte de la Avenida Boedo para que todo aquel que quiera se sume. Salsa de Barrio para que la gente escuche la salsa de acá, la que arranca con una intro diciendo “cambio dólares, troco reais”.

Todo el circuito de músicos y orquestas de la escena de la salsa actual se conocen, se quieren, se entrecruzan. Hoy en el corte de calles de Boedo e Independencia se presentarán las cinco orquestas más reprsentativas de la escena, además de Neshe, Charly el Malo y La Candela Viva. Luis de Picó el Caribeño explicará ese asunto del Picó barranquillero, otro tema igual de grande que la salsa y Josselyn, bailarina peruana, explicará el pasito tun tun. Al final, todos los músicos de las orquestas se van a subir al escenario a cerrar la noche. A encajar, a ser todos parte de una misma cosa. Migrantes y argentinos, músicos y bailadores, dando un espectáculo para gente que solo quiere escuchar música, para el que justo pasa por Boedo y para todos los bailadores fieles que los bancan desde hace años. Todos en el mismo escenario, sin importar de dónde se es. Estando juntos en la música, en la salsa.

Integrantes de las bandas del festival Salsa de Barrio (Foto: Pablo Mehanna)

El festival Salsa de Barrio se realiza hoy en Boedo e Independencia, de 15 a 21. La entrada es gratuita, pero se recibirá la donación de alimentos no perecederos para la olla popular de autoconvocados de Boedo. En caso de lluvia se posterga para el próximo domingo.