Este día martes 10 de diciembre Javier Milei brindó un discurso por cadena nacional con motivo de cumplirse un año de su gobierno. En los primeros tramos de su alocución, el presidente reprodujo una cita de su admirado Carlos Menem según la cual “el coraje de un pueblo se mide por las verdades que pueda soportar”. Intentemos indagar en la naturaleza de la verdad que el primer mandatario convoca a soportar. Por lo pronto la exposición estuvo enunciada bajo el supuesto de que los empleados públicos --todos los empleados públicos-- son sujetos que se aprovechan de quienes pagan impuestos. En este conglomerado humano apodado “casta” y tildado como pernicioso incluye a “la política” y “los políticos”; los profesores universitarios; los médicos y profesionales de los hospitales; y tantos otros que, además de trabajar en instituciones públicas, también pagan impuestos. Sin embargo, todos ellos y ellas aparecen como responsables de los males que hasta ahora han aquejado a los “argentinos de bien”. No está claro si los héroes que suele recibir en la quinta de Olivos --léase: legisladores y gobernadores que traicionan a sus votantes y al credo político que dijeron representar-- forman parte de la mentada “casta”.
Lo cierto es que, a partir de este supuesto, Javier Milei se erige como el enunciador de la Verdad última y definitiva. La Solución final por la cual esta nación logrará recuperar el rumbo y así transformarse en un país admirado por el mundo libre. De esta manera, a través de arrojar datos falsos o inconexos --tales como una supuesta reactivación de la economía; una generalizada recomposición del salario o la suba en dólares de los haberes de los jubilados--, Milei anuncia que “la recesión ha terminado” y que se vienen tiempos felices”, no sin antes precisar que “cumplimos con nuestra promesa de cuidar a los más vulnerables”. Entre las verdades que debemos soportar para demostrar nuestro coraje, Milei agregó la elaboración de un plan nuclear que incluye la construcción de centrales, sin aclarar que no fue otro que el propio presidente (Milei, o sea) quien paralizó la construcción de las mismas. Tampoco está claro si el mandatario libertario está al tanto de la existencia de la Comisión de Energía Atómica y del papel que la misma juega en el aporte de energía para la marcha del país que le toca gobernar.
Orgulloso por “echar a 34.000 empleados públicos”, el presidente hizo hincapié en la reducción del financiamiento del Inca; la auditoría sobre las universidades cuyos profesores cobran sueldos miserables, sin mencionar el deterioro que la salud pública padece por su afán de repartir verdades a los argentinos de bien. Por lo demás, terminó su alocución con el anuncio de que “asoma el sol de la esperanza”.
Lo cierto es que un breve repaso de este año de gobierno libertario indica que, desde el punto de vista de la administración del Estado, su gestión es un absoluto fiasco. No hay ministerio, subsecretaría o dependencia que pueda lucir algún rendimiento positivo y comprobable en términos de números o pruebas fehacientes. Poco les importa, vinieron para arrasar con la soberanía; destruir el Estado; y disfrutar de su infame tarea. Como suele suceder en estos casos, la euforia bursátil no es más que el correlato del deterioro de la economía real. Más allá de las verdades de Milei, el país está sumido en una parálisis productiva y aislado en el ámbito regional. El desempleo alcanza índices alarmantes al igual que el cierre de empresas, para no hablar de las que retiran sus filiales del país. En este contexto, la situación social es desesperante. Los índices de indigencia y pobreza hablan por sí solos. La reducción de la inflación está sospechada de manipulación y, al respecto, basta acercarse al “chino” de la esquina para corroborar el punto.
Lo cierto es que cada peso sustraído a la atención de los ciudadanos --desde la quita de los medicamentos, la destrucción de los derechos laborales, la desfinanciación de la salud, la ciencia y la educación hasta los alimentos negados a los comedores-- se invierte en armas; viajes; beneficios para los ricos o sobornos para la oposición, tal como quedó expuesto en el escandaloso caso Kueider. En este contexto de desesperanza acumulada, el valor referencial del discurso vale poco y nada. Tal como el martes por la noche Milei dejó demostrado, se puede decir cualquier cosa sin mayores consecuencias. Es más: Milei dice la Verdad. La más infame y mentirosa Verdad. La que por presentarse como única, genera una mortífera fascinación. “Soy el topo que destruye el Estado desde adentro”. Sí, es Verdad. Tan Verdad que reniega de lo principal: “soy el topo que destruye a los ciudadanos”. Vivimos una debacle institucional: de la democracia al estado de excepción. Al respecto, nada mejor que el discurso en la calle para ilustrar la cuestión. “Negros de mierda, fuera de mi barrio”, gritaba hace pocos días un sujeto en esta capital. Y la misma persona, fuera de sí, agregaba a su demencial arenga algo decisivo, tan revelador cuanto más sabido ya era: “Yo soy rico. Y los ricos no vamos presos”. Verdad. Contundente.
La verdad del síntoma
Ahora bien, si, tal como observa Lacan, en el discurso capitalista el síntoma está en el lugar de la Verdad (léase: enunciados fundamentalistas), nuestra tarea es prestarle atención y actuar en consecuencia. Esto es: leer el síntoma en el lugar de la Verdad para así llegar a la verdad del síntoma. Esa que se hace efectiva porque primero escucha. La verdad que hace un lugar a la diferencia. Baruch Spinoza decía: “no he creído que erraba alguien a quien, hace poco, oí gritar que su patio volaba sobre la gallina del vecino, a saber, porque me parecía asaz claro su pensamiento (...) de manera que lo que creen ser errores y absurdos en el prójimo, no lo son”[1]. Sí, hay otras maneras de mirar las cosas, de percibir la existencia, otras maneras de escuchar y experimentar, y de estar atentos. Otra sensibilidad. Por eso, gran parte de la tarea consiste en desarmar la brutal naturalización de lo aberrante que hoy campea en la polis cual atroz pandemia. Como siempre, nada mejor que el arte para señalar el camino.
Leónidas Lamborghini aporta un inestimable recurso a la hora de despertar la percepción domesticada por el discurso dominante. Dice el poeta: “Responder a la distorsión con una distorsión multiplicada”[2]. Es que, tal como en el cuento del rey que se pasea sin saber que está desnudo[3], resulta llamativo advertir el rasgo trágico y a la vez bufonesco propio de personajes como Bolsonaro, Trump o Milei y sus adláteres (al respecto, recordar las notables tonterías de Sturzenegger sobre la libertad; el matrimonio y otras cuestiones; o simplemente prestar atención a la arenga matutina del inefable vocero presidencial).
En su texto “La risa canalla (o la moral del bufón)”, dice Lamborghini: “–La Verdad del Modelo es su propia/caricatura, y ésta revela/la mentira de su falsa perfección (...). Desde el reír , lo trágico mirado;/la tragedia que empieza en la parodia,/sigue en caricatura y da en grotesco (...) el croar de la época: un griterío,/que expresa nuestro horror que causa risa/y nuestra risa que provoca horror/ Así, el torniquete de la historia/sentir nos hace su chiste a carcajadas,/ que devolvemos con más locura y crimen (…) la moral del bufón: sus comiqueos.”[4] Lamborghini agrega, “hay política porque esa risa, ambigua, paródica ... paisana, digamos, opera contra la fachada de lo serio”[5].
Lo cierto es que, a expensas de una absurda sacralización de la libertad, el anarconeoliberalismo imprime en la subjetividad prioridades que distorsionan los pilares de la convivencia civilizada. Se trata entonces, mediante el procedimiento de la caricatura, el grotesco y la parodia, de poner en evidencia la degradación de la Verdad con que estos fantoches pretenden enseñarnos en qué consiste la libertad: “la risa del bufón expresando de ese modo la condición humana en situaciones límite. Risa que sangra por la herida”[6].
Sergio Zabalza es psicoanalista. Doctor en Psicología por la Universidad de Buenos Aires.
Notas:
[1] Spinoza, Baruch, “Ética demostrada según el orden geométrico”, México, FCE, 2002, pp. 93 y 94.
[2] Leónidas Lamborghini, “Entre la reescritura y la poesía”, (Entrevista con Miguel Angel Zapata).
[3] Hans Christian Andersen, El traje nuevo del emperador.
[4] Leónidas Lamborghini, “La risa canalla (o la moral del bufón), Buenos Aires, Paradiso, 2004, pp. 11 y 12.
[5] “La Risa, en la poesía y en la política”, en Las Ranas N° 3. noviembre 2006, entrevista con Américo Cristófalo y Guillermo Saavedra.
[6] Leónidas Lamborghini, “Entre la reescritura y la poesía”, (Entrevista con Miguel Angel Zapata).