El cuento por su autor

Escribí “Ángel de la guarda” a pedido y bajo consigna, hace ya bastantes años. Se publicó en 2007, antes de mi primer libro de cuentos Los peligros de fumar en la cama (que es de 2009) en la antología In Fraganti de Reservoir Books. La propuesta era que unos cuantos escritores “jóvenes” reimaginaran crímenes reales. Una idea muy buena, y anterior de la desesperación actual por el true crime. Leo la lista de mis compañeros en el libro y es bastante impresionante: Leonardo Oyola, Romina Doval, Juan Terranova, Ana Cecchi, Alejandro Parisi, Diego Erlan, Julián Urman, María Molteno, Hernán Vanoli, Maximiliano Matayoshi, Pablo Ali, Violeta Gorodischer, Juan Diego Incardona, Gisela Antonuccio, Pablo Toledo, Marina Kogan, Pablo Plotkin, Patricia Suárez, Germán Maggiore y Federico Falco. Algunos hoy son ineludibles; Marina Kogan murió muy joven y de muchos otros hace tiempo que no sé nada, quizá por mi propia distracción. Aún más impresionante es que el libro costaba 42 pesos.

Yo elegí el caso conocido como el de “las hermanas satánicas”, que ocurrió en el 2000 en el barrio de Saavedra, en Buenos Aires. Me decidí por el punto de vista desquiciado de una de las dos chicas. Nunca lo recopilé por muchas razones, pero me interesa como un primer paso en el terror –con bastante humor negro, creo–, y en escenarios grotescos y violentos que más tarde me ocupé de profundizar. Me encantó recrear un crimen real en una ficción, aunque es la voz lo más ficcional, muchos de los detalles están en las declaraciones de la causa, pero nunca volví a hacerlo de esta manera, tan directa. Hoy incluyo casos, especialmente en mis cuentos pero siempre a propósito de una narrativa mayor. También me entusiasmó investigar los hechos: había muchísimo material y los periodistas de policiales son tan exhaustivos, son mis favoritos.

Hace apenas algunos meses, un psiquiatra amigo me llevó a conocer el hospital Moyano, en especial el Museo Jakob, que merece su propia crónica y su propio cuento. Cuando terminábamos la recorrida me señaló el ex pabellón psiquiátrico penal, la Unidad 27, que ya no funciona, y me dijo que ahí había estado internada una de las hermanas. Es un espacio bastante pequeño, teniendo en cuenta las enormes instalaciones del Hospital. Las dos jóvenes fueron declaradas inimputables. Según la última noticia que encontré, de 2021, la casa de Saavedra nunca pudo volver a alquilarse y ellas, que están vivas, no tienen contacto alguno entre sí.

Ángel de la guarda

La estaban matando entre los dos.

Marisa se quedaba despierta toda la noche hasta que los escuchaba. Inés abría la puerta de su cuarto y lo dejaba pasar, cuando pensaba que mamá ya estaba dormida. Pero mamá dormía menos que Marisa, porque no podía descansar: tenía los pulmones cargados de fluidos, el corazón pesado, la pierna deformada por la hinchazón, la que le habían amputado todavía presente con su dolor fantasma. Obesa, mamá se sentaba en la cama y los escuchaba coger toda la noche, aunque ellos se esforzaban por ser silenciosos. Cuando Marisa le llevaba el desayuno a la cama todas las mañanas y la veía llorar, sabía que su mamá había escuchado todo, cada gemido y cada gruñido, las corridas en puntas de pie, las risas. Y que se callaba porque estaba demasiado horrorizada y enferma y asqueada. A lo mejor también sabía, como Marisa, que no tenían la culpa.

Era ese diablo del techo, pensaba Marisa. Había brotado de una mancha del revoque. Papá siempre estaba por terminar de arreglar las grietas del cielorraso, y subido a una escalera las iba tapando con mezcla. Uno de los arreglos quedaba justo sobre la cama de Marisa, y ella había visto clarísimo cómo se transformaba: primero pareció un pájaro con las alas extendidas, pero después fue cambiando hasta que las alas se transformaron en cuernos y las patitas se unieron en una nariz, y el cuerpo formó la cara del diablo. Cuanto más se parecía la mancha al diablo, más gorda se ponía su mamá. Tanto que hubo que dejarla sola en la cama: papá ya no podía dormir con ella, porque ocupaba todo el colchón; además la molestaba. Se mudó a la habitación al lado de la de Inés, la de los cachivaches. Y cuando a la mancha le salieron cuernos, papá empezó a ir todas las noches a la pieza de Inés.

No son malos, se decía Marisa y rezaba debajo de las sábanas porque el diablo la miraba desde el revoque. Mi hermana no es mala, mi papá no es malo. Es el diablo.

Empezó a trabar la puerta, por si a papá se le ocurría visitarla a ella también. Sabía que si la tocaba, le iba a pasar el diablo. Ella ya se daba cuenta cuando su papá no era su papá. Los ojos se volvían de muñeco, como si fueran de plástico, con los párpados rígidos que se cerraban con un “clic” cuando movía la cabeza; hasta las pestañas parecían artificiales. Ella no le hablaba cuando tenía al muñeco adentro. Pero lo abrazaba y lo besaba cuando era normal, para ver si con todo su amor lograba que el diablo se fuera. Con Inés no se atrevía. Ella estaba demasiado atacada. Se peinaba el pelo con Coca Cola y se iba al centro todos los fines de semana en el 45. Los vecinos decían que se quedaba toda la noche allá, levantándose tipos. Eran órdenes del diablo, Marisa estaba segura, y empezó a rezar sobre la cama de su hermana, arrodillada. Pero ella se le burlaba, le gritaba chupacirios y tomaba cocaína sobre la mesa de luz.

Una noche empezaron los martillazos en la pieza de mamá. Siempre eran tres, y sonaban cuando papá entraba a la habitación de Inés. “Yo no sé por qué a los vecinos se les da por clavar cosas a esta hora”, se quejaba mamá, pero no insistía, porque después de todo eran nada más que tres golpes. Marisa quiso averiguar, pero cuando le preguntó amablemente al vecino, él le aseguró que a esa hora en su casa ya estaban todos durmiendo. Marisa le creyó. Pero se calló la boca. Ay, si ella supiera cómo ayudarlos, pero solamente podía rezarle a Dios. Y su mamá estaba peor desde los martillazos. La pierna fantasma le dolía más que nunca. Hubo que llamar a la ambulancia varias noches, porque el corazón le fallaba. Cuando la internaban y no estaba en casa, los golpes paraban.

Desaparecieron del todo cuando murió en el hospital, después de dos semanas de martillazos. Marisa supo que mamá había muerto antes que los demás. Papá estaba trabajando en la bulonería: no podía tomarse días libres ni siquiera para cuidar a su mujer, porque la plata no sobraba. Inés atendía el kiosco del que se había ocupado mamá antes de quedar postrada. Marisa había vuelto a la casa para buscar ropa limpia. Y cuando estaba armando el bolso, escuchó ruidos en el living; primero sólo un batir de alas, pero después un rumor y un estruendo que la obligó a taparse los oídos y gritar. Tuvo mucho miedo pero salió corriendo de la habitación. Y en el living vio cientos de gorriones, una nube marrón y negra, los pájaros que se estrellaban contra los vidrios de las ventanas y las paredes y el televisor, algunos caían muertos sobre el sillón, y gritaban. Marisa se arrodilló y cruzó las manos en cruz padre nuestro que estás en los cielos, y de pronto, como si nunca hubieran estado allí, los gorriones desaparecieron. No huyeron, porque no había ninguna ventana abierta, era pleno invierno. Desaparecieron como si jamás hubieran estado ahí. Pero no estoy loca, para nada, pensó Marisa, y temblando buscó debajo de las sillas y de la biblioteca hasta que encontró un gorrión muerto, esta es la prueba, y lo escondió en el cajón de su mesa de luz. Después deshizo el bolso: ya no le iba a hacer falta a su mamá.

***

Papá trató de contenerla, pero no pudo. Decía cosas como “mamita ya no sufre más” pero Marisa no lo escuchaba. Le rasguñó la cara de muñeco, y después se tiró sobre Inés, bruja bruja, vos la mataste, los dos la mataron. Papá le dio una pastilla y la mandó a dormir. Cuando se despertó, Inés se había ido. Papá le prometió que ahora todo iba a ser distinto. Y le anunció que se mudaban a la Capital, para empezar una nueva vida. Marisa se puso contenta y lo besó en la cara, en el cuello. El muñeco se había ido: papá estaba igual que antes. Gordito y hermoso papito.

Lo peor fue desarmar la pieza de mamá, que apestaba a remedios y orín, el colchón hundido por el peso del cuerpo enorme, la pierna ortopédica que no había alcanzado a usar. Los vecinos ayudaron en la mudanza: todos los querían mucho en el barrio, y nadie quería que se fueran, especialmente don Kiselevsky, el polaco que le alquilaba el quiosco a su mamá. “Una mujer tan buena, la pucha”, decía. Él ayudó a sacar el ropero de la pieza de la enferma. Y detrás del mueble, en la pared, Marisa lo vio. Una figura de mujer gorda, una silueta trazada con carbón, que tenía un clavo hundido a la altura del corazón. Abrió la boca y gritó; don Kiselevsky fue a buscar a su padre, qué pasa, qué pasa, esta chica está muy mal, pobrecita, no puede hacerse a la idea de lo de la mamá, y Marisa señalaba la pared, pero el polaco no entendía, no veía nada. Papá le sacó las manos de la cara, porque Marisa se arañaba, se clavaba las uñas en las mejillas. Ya no era papá: tenía los ojos de plástico del muñeco. Ahí, ahí, la mataron, gritaba Marisa, y los párpados rígidos de papá se abrían y se cerraban y le decían hijita es una mancha de humedad, no hay nada no hay nada, pero ése no era papá.

***

La casa nueva quedaba en Saavedra, tan lejos de Lomas de Zamora. Pero a Marisa le gustó. Tenía dos pisos, y aunque quedaba en el fondo de un pasillo, el sol daba en el patio y en las habitaciones de arriba. Sobre todo le gustó porque no había diablos en el techo, ni siluetas pintadas en las paredes. Su papá parecía otra vez el de siempre. Ella lo vigilaba. Lo iba a buscar todos los días al trabajo, y él le presentaba a sus compañeros, orgulloso porque Marisa se había anotado en Derecho. Cuando rindió con 8 las primeras dos materias, papá la llevó a comer a un restaurant muy caro de Barrio Norte. Todas las noches Marisa le rezaba a Dios y le agradecía, aunque a veces también se enojaba: ¿por qué mamá había tenido que sufrir así? ¿Por qué el diablo la había elegido para castigarlos? A lo mejor era una prueba. Se compró un rosario, y decidió que nunca iba a sacárselo del cuello, por si volvían los pájaros.

Nunca volvieron. La que volvió fue Inés. Papá se lo avisó mientras cenaban. Le dijo que tenían que recomponer la familia. Que Inés también había sufrido mucho, pero que era rebelde, y había que entenderla. Que por fin Inés tenía un trabajo y además estudiaba, pero no le alcanzaba para el alquiler, y él no pensaba dejar a su hija en la calle. Que ellas tenían que perdonarse y quererse, porque eran hermanas, y que así lo hubiera querido mamá. Marisa vomitó toda la noche, y rezó. Pero cuando su hermana llegó al día siguiente con las valijas, la recibió con un abrazo. A lo mejor papá tenía razón. No le había hablado con ojos de muñeco.

Hubo peleas las primeras semanas, eso sí. Pero sobre todo porque Inés quería escuchar Metallica, y a Marisa le gustaba Ricky Martin. Papá, riéndose, dijo que iba a comprar otro equipo de música, haya paz, señoritas. Tres días después, papá la fue a buscar a la facultad, y le dijo que tenía una sorpresa. En el asiento de atrás había una caja de cartón y, adentro, el equipo prometido. Pero la sorpresa fue otra: tenía los ojos de muñeco. Marisa se contuvo: no tenía que llorar, ni pegar; no tenían que darse cuenta. A ella le tocaba actuar. Por algo el diablo no la buscaba. Estaba pura. Nunca había tenido un novio. Nadie la había tocado. Tenía que salvar a su familia, aunque no había podido salvar a su mamá.

Inés se mudó a la habitación de su papá porque, decía, en la suya se escuchaban ruidos. Marisa también los escuchaba. Corridas en la escalera, los martillazos otra vez. Y los gemidos de papá por la noche, pendeja sos tan divina, y después Inés, papito comeme toda, comeme la conchita. Aunque Marisa se tapara los oídos, los seguía escuchando. Hasta distinguía el chapotear de los besos y las lenguas, los rugidos de papá un rato después de que decía, en voz baja, chupámela, hijita, chupámela. ¿Qué podía hacer? Lo ignoraba.

Una semana después, se empezó a pudrir la comida. Hasta la que estaba guardada en el freezer. No podían cocinar. Tenían que comprar comida hecha en el supermercado, y comer rápido, porque hasta en el plato empezaba a apestar. Papá insistía con que era la heladera de mierda, pero sin convicción, tímidamente, por decir algo. Cuando no tenía al muñeco en los ojos, parecía asustado. Marisa lo convenció de rezar. Dale papi, recemos, pasan cosas raras a veces, y también podemos rezar por mamá. Los tres arrodillados en la habitación, con el rosario de Marisa, todas las noches. Pero los ruidos seguían. Y a veces, incluso después de rezar, papá se volvía a meter en la cama de Inés.

Ayudarlos, ayudarlos. A la mañana, papá miraba a Marisa con los ojos verdaderos, que parecían rogarle. Lo había visto llorar en un rincón del living, diciendo en voz baja qué nos pasa Dios mío. Para ayudarlos, Marisa se tomó un colectivo hasta el centro. Buscaba la dirección de un Centro de Angeología. El folleto, que había encontrado pegado en una pared de la facultad, decía que ahí ayudaban a expulsar demonios, a encontrar el Ángel de la Guarda, a cortar daños y encontrarse con La Luz Divina. Se inscribió sin pensarlo cuando vio el lugar, lleno de velas blancas, silencioso, lleno de paz.

En la primera clase, el profesor dijo que cada persona era un ser de luz, y que todos eran capaces de expulsar la oscuridad. Marisa tomó apuntes. Era posible ayudar a quienes transitaban las tinieblas, sea por un daño o maleficio, porque el diablo acechaba en todas partes, pero no era invisible. Escuchó historias maravillosas de gente que había sufrido tanto tanto, y ahora era libre, por la gracia de Dios. Era fundamental invocar y encontrar al ángel. Todos tenemos uno que nos acompaña en silencio, pero se puede aprender a hablarle. El profesor dijo que incluso podía ver a unos cuantos, flotando sobre los hombros de los alumnos. Marisa le preguntó si veía al de ella. El profesor le dijo que todavía no, pero que con unas indicaciones que él iba a darle, pronto lo conocería. También quiso saber cómo se hacía para llegar a la luz. El profesor le entregó personalmente, en mano, un librito, apenas fotocopias dobladas, pero que contenía el método de Purificación. “Con fe y la ayuda del Ángel, siempre funciona”, y le apretó el hombro con verdadero afecto. Marisa volvió a casa con su libro y sus instrucciones apretadas contra el pecho.

Subió corriendo las escaleras y se puso a leer sentada sobre la cama. ¡Había tantos ángeles para contactar! Eso no se lo esperaba. Miguel, Gabriel, Rafael, Uriel, Chamuel, Jofiel, Zadkiel. Tenía que elegir uno. Tomó nota del rito de purificación. Lo copió entero en su anotador, para recordarlo, como hacía con los textos de la facultad. Le llamó la atención que, al final, la explicación del rito dijera: “A veces da miedo”. Ella tenía mucho miedo. Pero tenía que ayudarlos, ayudarlos.

Antes de dormir, invocó a Zadkiel.

“Que el espíritu maligno sea definitivamente aniquilado

y que el amor reine entre nosotros

así como Tu amor se nos manifiesta pleno e inagotable.

Amen”.

***

Se lo encontró a la mañana, a los pies de la cama. No tenía el aspecto que esperaba. Ni manto ni alas ni juventud. Parecía de unos cuarenta años, con el cabello oscuro y engominado, traje azul oscuro y camisa blanca.

–¿Zadkiel? –dijo Marisa, y se dejó caer de la cama al piso. Ahí, arrodillada, rezó.

–Pero querida, hace años que esperaba tu llamado. De pie, por favor. O sentate en la cama, da igual.

–¿Zadkiel?

–No, él está ocupado. Yo soy Nicolás.

– “Que tu amor…”

–Gracias, querida, pero no hace falta tanta ceremonia.

El ángel resopló. Tenía ojos verdes y la frente amplia. Miró alrededor mientras esperaba que Marisa dejara de llorar y se sentara en la cama.

–Ay Lucifer, Estrella de la Mañana, estás obsesionado con este barrio, ¿no es verdad? ¡Sos tan obvio! Es claro que tu pecado fue la soberbia. ‘Existe una región fronteriza donde la urbe y el desierto se juntan en un abrazo combativo, tal dos gigantes empeñados en singular batalla. Saavedra es el nombre que los cartógrafos asignan a esa región misteriosa, tal vez para eludir su nombre verdadero, que no debe ser proferido’. La geografía ha cambiado un poco, la verdad. No es que te importe, lo sé.

Marisa lo miraba embelesada, aterrada.

–Perdón por la digresión, querida mía. Pero a quién se le ocurre vivir en Saavedra, me pregunto. En fin, al trabajo. ¿Cuántos años tenés?

–Veintiuno.

–La vida por delante. Bien. Lucifer Estrella de la Mañana se ha encarnizado con tu familia, ¿verdad?

–Necesitamos tu ayuda, amado Zadkiel…

–Nicolás. Claro que la necesitan.

El ángel se paró. Era muy alto, y delgado. No irradiaba luz.

–Va a ser duro, Marisa. Bien, al trabajo. Soy Nicolás, el Purificador. Y debemos actuar juntos hasta el final. Atención: tu padre y tu hermana están poblando la ciudad de íncubos y súcubos con su lujuria. Desde hace mucho tiempo. Ni siquiera lo saben. Yo voy a guiarte, en cada paso.

Marisa lloraba de agradecimiento. Tanto lloraba que pronto comenzaron los golpes en la puerta. Hija estás bien, qué pasa hija, decía papá. Marisa miró al ángel, que se encogió de hombros.

–Que pase –le dijo–. No puede verme. Soy tu ángel de la guarda. Invisible para los demás.

Marisa abrió y, temblando, comprobó que el ángel decía la verdad. Allí estaba todavía, sentado en la cama; su padre se sentó a su lado, y no notó su presencia en absoluto.

–¿Qué pasa, hija?

Tenía los ojos del muñeco. Marisa miró al ángel, que asintió.

–Papito, tenemos que rezar.

–Hija, basta con eso. ¡Basta! –y se levantó enojado, con los párpados rígidos. Marisa lo siguió, dejame en paz hija, voy al baño, y Marisa lo siguió. Cuando entró, vio reflejado en el espejo al muñeco verdadero, al que antes sólo había visto en la cara del padre, sonriendo. Ahí está, ahí está el diablo, gritó, y papá, enojado, le dio un puñetazo al espejo, que se rompió. Entonces apareció Inés, semidesnuda, y Marisa empezó a gritar y llamar a Nicolás.

El ángel flotó sobre Marisa, que gritaba acostada en el piso del baño.

–A la cama –le dijo, y por primera vez su voz sonó poderosa, llenó el mundo, hizo temblar el espejo roto en el piso–. Mañana será el día.

***

El ángel Nicolás le dijo que él se encargaría de que ninguno de los dos se resistiera. Llevó a papá y a Inés al cuarto que compartían a la noche. Parecía haberles quitado la voluntad. Con un gesto los obligó a arrodillarse y rezar, y ellos lo hicieron. Después mandó a Marisa a hablar con los vecinos. No tenemos que ser interrumpidos, le explicó. Ella ensayó la excusa: “Con mi familia empezamos a ir a un centro religioso y vamos a hacer algunas oraciones”.

Doce horas, dijo Nicolás, hasta la Purificación final. Le indicó que cerrara todas las puertas y ventanas, y que abriera todas las canillas de la casa: hacía falta mucha agua, fluir, le dijo. Los tres tomados de la mano, desnudos en la habitación, los colchones en el piso. Marisa sentía la fuerza y veía los pies de Nicolás, suspendidos a la altura de sus ojos. Él mismo encendió velas en todas las habitaciones del piso de arriba y en la planta baja. Hablaba, pero Marisa no le entendía, salvo cuando le daba órdenes secas. Los salmos, ordenaba. Y Marisa y su hermana y su padre oraban, con la Biblia abierta.

Como escorias hiciste consumir a todos los impíos de la tierra;

Por tanto, yo he amado tus testimonios.

Mi carne se ha estremecido por temor de ti,

Y de tus juicios tengo miedo.

Juicio y justicia he hecho.

Justicia para mamá, fuera Lucifer, gritaba Marisa y lloraba cuando veía que su padre se excitaba aunque cada vez que quería acercarse a Inés recibía una patada del ángel que flotaba. La cara de papá, la del muñeco, ahora empezaba a desfigurarse por los golpes, pero el ángel insistía esto no es real, cuando termine tendrás a tu familia de vuelta como debe ser. Rezaron de la mano hasta que el ángel los detuvo y volvió a tomar a papá y a Inés en sus brazos: tenía tanta fuerza, podía cargarlos a los dos. Ellos estaban como muertos, tan relajados que de entre sus piernas chorreaban excrementos y orina, y todo el pasillo apestó enseguida, a pesar de las velas y las hierbas aromáticas.

Marisa supo que tenía que ser valiente.

Inés sólo observaba, aunque no parecía ver.

Marisa fue hasta la cocina, y trajo un cuchillo, el primero que encontró, uno pequeño, mango de madera, de filo serrucho. Observó al ángel, que tenía los ojos cerrados. Y le clavó el cuchillo en la cara al muñeco. Una vez, otra vez.

Saldrá por el pecho, dijo el ángel, aunque no movió los labios.

Papito perdón, pensó Marisa y, con el cuchillo, trazó un círculo sobre el pecho de piel fláccida.

–Y ahora el cuello –ordenó el ángel, y dejó caer a papá, y Marisa recibió el chorro de sangre en la cara y patinó en la sangre que cubría el piso. Sintió cómo el líquido caliente le empapaba la entrepierna, y también sufrió un escalofrío desconocido. Esto es lo que siente Inés, pensó, cuando papá es el muñeco.

Otra vez la cara, para que el muñeco se fuera. Los párpados fijos, pensó, y los arrancó. Papá tenía la boca abierta. ¿Estaría gritando? Ella sólo podía escuchar al ángel que ahora estaba al lado de Inés, sosteniéndola. Su hermana parecía despierta. No importaba. El ángel la soltó. Inés cayó sobre la sangre y se revolcó. Se reía. ¡Vamos! Y Marisa se arrodilló y mordió al muñeco, para arrancarlo de una vez, de una vez. Volvió a sentir la humedad cálida entre las piernas. Es la sangre, es la sangre, pensó, y escupió carne, mejilla, labios. Se dio vuelta, con los dientes apretados. Y vio al muñeco en la cara de Inés, que se pasaba la sangre por los pechos, tan sucia, tan impura, puta, asesina de mamá.

Entonces el ángel abrió los ojos. Intrusos, supo Marisa. ¿Cómo habían podido abrir la puerta?

–¡Váyanse! ¡Esto no es real! –gritó el ángel. Y cuando los intrusos intentaron detener a Marisa, se interpuso, y con un golpe de su mano los hizo volar hasta el otro extremo de la habitación, una y otra vez. Ella seguía con el cuchillo en alto.

–¡Soy el Purificador!- gritó el ángel–. ¡Esto no puede detenerse!

Pero Marisa sintió que se le aflojaban las rodillas. Intentó resistirse a los intrusos que querían atarle las manos a la espalda; intentó dar un salto y clavar el cuchillo en la cara de Inés, que era la del muñeco; el ángel que ya no flotaba, tocaba el suelo con los pies, cabizbajo, y le decía estúpida, débil, pero sin furia, resignado. Marisa miró a los intrusos, y dijo:

–El diablo estaba en papá. Mamita, mamita, ahora papito va a volver bueno.

Los intrusos la empujaron a la calle. Gritó el nombre del ángel, pero no tuvo respuesta. Lo último que vio, antes de que la taparan con una frazada, antes de que la encandilara el sol del mediodía, fue el techo lleno de sangre, y los ojos del muñeco, risueños, en los ojos de su hermana.