Acabo de inventar una nosología trucha: el síndrome de Walter White. El síndrome de Walter White afecta a personas talentosas, creativas y ambiciosas que en su mediana edad se encuentran en una situación desesperada de estancamiento y desvalorización en lo económico, afectivo y social. Para salir adelante, crean microemprendimientos en los cuales tienden a asociarse con personas buenas pero desesperadas, marginadas y con problemas de salud mental y/o adicciones (Jesse Pinkman), o con profesionales truchos (Saul Goodman) o con personas calculadoras y explotadoras que disimulan su maldad bajo un semblante afable (Gus Fring), o con gente cruel, marginal y delincuente con ideas políticas inaceptables y que no disimulan nada (Jack Welker el neonazi y su banda). El síndrome de Walter White incluye la incapacidad de sostener vínculos estables con otra clase de personas: gente que los quiere de verdad, aunque no los trate bien (Skyler), que los admira (Walter White Jr.), o colegas con quienes se llevan bien (Gretchen y Elliott Schwartz: sus ex socios en Gray Matter, o Gale). Puede haber una excepción (Mike Ehrmantrout; o el hombre de las aspiradoras, Ed), pero la sensación constante es la de soledad. El único objeto de amor, el objeto sobreinvestido al que jamás abandonan, al que son fieles hasta la muerte, termina siendo el producto de su trabajo, la obra, el magnum opus ("Special love I had for you, my baby blue..."). Solo el Estado puede salvar a estas personas, las ballenas orca de la naturaleza humana. Y lo hace. No siempre, no siempre a tiempo, pero lo hace. Si es que hay un Estado. Si no...
Si no, ¿qué? ¿Es una tragedia el síndrome de Walter White? Sí, una tragedia de carácter. Para quienes todavía en todos estos años no se hicieron aún fans enfermizos de la serie emitida por cable desde 2008 hasta 2013, y que puede verse en Netflix, explico: Walter White, encarnado magistralmente por Bryan Cranston, es el protagonista de Breaking Bad, una obra de arte de la televisión del siglo XXI, una tragedia fáustica (guiño: no en vano su amor de juventud se llama Gretchen, como la amada de Fausto, el héroe trágico de la obra homónima de Goethe que pacta con las fuerzas oscuras a cambio de gloria) y he nombrado más arriba a algunos de sus personajes. La descubrí tarde, en streaming, y no ceso de retornar a ese Albuquerque lleno de sol y de sangre donde transcurre. El síndrome de Walter White pide marco teórico. En mi ciencia salvaje, hurgo en la galería de fotos del teléfono buscando aquellas que tomé una tarde en un bar y librería de zona sur (Pasaje Raffo y Regimiento 11, no recuerdo el nombre) de un puñado de páginas de un descubrimiento que hice ese día: "Neurosis de clase. Trayectoria social y conflictos de identidad", de Vincent De Gaujelac. Luego sabré que es un autor de la sociología clínica.
De Gaujelac, autor además de un libro entero sobre la vergüenza, tiene en este otro todo un capítulo sobre las personas "en descenso", aquellas que "abandonan el grupo familiar y social de pertenencia, sin por ello integrarse a otro... no puede decirse que cambiaron subjetivamente de clase, en la medida en que esa no-pertenencia es la que les permite, de algún modo, existir".
Volviendo al personaje, el arco dramático de la transformación del humilde profesor de secundaria y lavacoches en narco no se explica sin una caída que hubo en el pasado. En el pasado, como se nos muestra en un diploma enmarcado que constituye un detalle en un plano del episodio piloto de la serie, Walter White estudiaba física en CalTech y allá por 1985 hizo un descubrimiento que llevó a otros a obtener un premio Nobel. Va a volver varias veces sobre aquella juventud. En el episodio 3, mientras lava y junta los pedazos de su primer muerto a medias disuelto en ácido, le vienen flashbacks remotos de una conversación galante con Gretchen sobre la composición química del cuerpo humano. Es un pasado feliz, eterno y ya inaccesible.
Todavía en tono de comedia negra, "Gray Matter", el quinto episodio de la primera temporada, lo muestra avergonzado junto a su esposa Skyler dando un paso en falso social tras otro en el cumpleaños de Elliot Schwartz, esposo actual de Gretchen, ambos multimillonarios gracias a la empresa que cofundaron los tres y de la cual Walter se retiró a una vida de pobreza en un acto impulsivo, el único acto que él no se perdona. Los White llegan tarde, con ropas demasiado elegantes del siglo pasado, a una mansión llena de sol y de ricos distendidos en atuendo casual beige y blanco. Su diminuto regalo debe competir con una guitarra firmada y dedicada por Eric Clapton. Es un paquete de ramen, los fideos baratos que alimentaron a Schwartz ("negro", en alemán) y a White ("blanco", en inglés) mientras mezclaban los colores de sus apellidos investigando el átomo y (siguiendo un chiste de Walter) creaban Gray Matter Technologies, que la IA diligentemente traduce como "tecnologías de materia gris". Más que regalo es una revancha, una mezcla de recordatorio nostálgico y de intento de humillar al ricachón.
Más cerca del fin de la serie ("Buyout", episodio 6 de la temporada 5) sabremos que no pasa un día sin que White se informe sobre la cotización de Gray Matter. La culpa de haber vendido su parte lo consume: se parece a aquella viñeta freudiana de "los que delinquen por culpa". "Vendí la herencia de mis hijos por unos meses de alquiler", se lamenta ante un inoportuno Jesse, con amargura pero sin moverse del sillón de su casa, que parece un trono imperial. "Frente al proceso de descenso social, la vivienda sigue siendo un medio para compensar, reparar, ocultar el fracaso social o profesional", nos explica De Gaujelac.
En la serie, hay dos versiones sobre el fracaso de Walter. El episodio "Peekaboo" (el quinto de la segunda temporada) pone a Walt y Gretchen frente a frente en una discusión más que incómoda. Él acusa a los Schwartz de robarle el producto de su trabajo y lucrar con eso. Ella, de haberla abandonado: "Hiciste las valijas y te fuiste sin decir palabra. Era un 4 de julio, estaban de visita mis padres". La escena detonante de la huida no se muestra, pero podemos imaginar a esos padres burgueses haciendo un comentario filoso capaz de herir profundamente el narcisismo del estudiante no tan privilegiado. Los ricos suelen ser crueles con los pobres en ascenso que se les acercan.
La amarga pelea ¿final? se prefigura en ese mismo episodio cuando Walter logra captar la atención de sus apáticos alumnos contándoles la historia del inventor del diamante sintético, una historia real (está en Wikipedia el nombre que anotó en el pizarrón) que tiene una pizca de ficción: la empresa sólo le dio diez dólares y amasó millones con su invento. Pudo ser una lección sobre el robo de la plusvalía al trabajador por el capital.
Walter White es un hombre ahogado en el rencor y en la inhibición de expresar su ira. Sus pulmones acusan recibo y le regalan como síntoma un cáncer de fumador, a él que no fuma, que sólo arroja fósforos encendidos a la pileta para que el agua los apague. El cáncer cede gracias al tratamiento y a su transformación secreta en otro, en el narco, en Heisenberg. Ha triunfado y tiene más dinero del que puede contar, pero debe ocultarlo y ocultarse. Y no puede legarlo a un hijo que no quiere nada del padre delincuente. Es una victoria pírrica, mortífera. Hay un careo más con los Schwartz en el capítulo final de la serie, "Felina". Encontronazo gatillado por lo que Walter, ya en las últimas, ve por azar en el noticiero que pasan en un bar: los Schwartz negando toda participación de él en la empresa, borrándolo de la historia como científico (penúltimo capítulo, "Granite Slate"). "Sólo el nombre, sólo nos dio el nombre", dice Elliott, fiel a su ocurrencia de estudiante.
"Tienden a hundirse en un aislamiento cada vez más radical, medio extremo para afrontar la profunda herida narcisista que representa el sentimiento de su propia decadencia", apunta De Gaujelac. Y ahí está el nudo del síndrome de Walter White. La vergüenza, la ansiedad social, el temor a ser juzgados como inferiores o incapaces por nuestra pobreza: todo eso nos aleja de quienes hubieran podido ser nuestros pares.