Desde El Cairo al oasis de Siwa, las nueve horas de monótono asfalto a través del Sahara se deshacen en la arena. El único obstáculo, cincuenta camellos marrones que se resisten a liberar la ruta. A la izquierda, la frontera incierta con Libia: a los cuatro lados, planicies de arena y piedra casi sin arbustos, donde el escorpión vive un año entre una comida y la siguiente –hidratado con la sangre de su única presa-- y se oculta bajo la arena eludiendo el sol. El 96% de Egipto es esto: Sahara. Y Siwa es una esquina nororiental de este desierto del tamaño de EE.UU.